sábado, 25 de diciembre de 2010

Fiebre

La fiebre está subiendo por momentos. O eso creo. Llevo dormido dos meses o quizás dos horas, no logro saber cuánto tiempo llevo tumbado en esta posición. Quizás no esté dormido, no lo sé. La fiebre no para de subir. Oigo voces. Nadie me llama. El frío se apodera de mí. Crece como un bloque gigante de hielo en medio de un riachuelo. Está secándome por momentos. Llega el dolor con su triste balada. Oigo una música repetitiva y monótona. "Pa-pum-pa-pum..."y un susurro calamitoso. Yo soy el que susurra. Creo que me cuesta mantener la respiración. No puedo moverme. No puedo abrir los ojos. Tal vez el problema sea que no logro cerrarlos. Siento un punzante dolor en la cabeza. Noto como crecen mi pelo y mis uñas. Me raspan y me pinchan. Las sienes me palpitan y me arde la frente.

Estoy encerrado entre cuatro paredes blancas. No las veo, pero sé que están ahí. A solas con el olvido. No corre el viento. Intento pedir ayuda pero cuando mi voz, rota por el dolor, intenta articular una palabra se derrumban en el silencio que me atormenta. La fiebre no para de subir. Intento ponerme de pie. Vencer los puñales que se clavan en cada poro de mi piel. Y cuando creo haberlo conseguido vuelvo a caer de espaldas por enésima vez. Tengo la boca seca. Tengo los labios cortados. Este maldito frío está acabando conmigo. Sé que hay agua por aquí cerca. La huelo. A tientas alcanzo un vaso. Pesa muchísimo. Uso mis dos brazos para conseguir llevarlo a la boca. Cargando con todo el peso de mi cuerpo para conseguirlo. Estoy muy débil. Mis manos no aguantan la presión. Cuando el agua está a punto de mojar mis labios, ésta se evapora. El vaso se cae y se rompe en mil añicos. Desaparecen. Pero sé que hay otro vaso cerca. El agua que contenía comienza a expandirse. En cuestión de segundos todo se llena de agua. Está congelada. El nivel no para de subir hasta que me sobrepasa. Intento nadar pero no puedo moverme. Me estoy ahogando por momentos. Cuando estoy a punto de morir, el mar desaparece y caigo al suelo desde lo alto del techo.
Todo está oscuro. Pero las paredes son blancas. Yo las veo. No hay luz. Pero sé que son blancas. Sé que hay un vaso de agua. Sin embargo no puedo. No puedo luchar. Con las pocas fuerzas que tengo me llevo las manos al rostro. Comienzo a emitir lastimeros sonidos y a intentar llorar. Pero cuando las lágrimas están a punto de brotar para sanar mi llanto, vuelven hacia adentro y desaparecen. Dejándome en el cruel limbo previo de forma ilimitada.

No tengo hambre. Si comiese algo vomitaría. Pero de pronto tengo la boca llena de algo que detesto. No sé qué es. Pero no me gusta su sabor. Sin saber por qué comienzo a masticar y a tener nauseas. No quiero tragar. No quiero tragar. Toso y me atraganto. Se provoca una arcada. Pero no logro vomitarlo. Me arde el estómago. Siento como se contrae de forma violenta. Intento llorar. Intento gritar. Pero ni las lágrimas ni la voz acudieron a mi velada con el dolor. Quiero que esto se acabe. Rezo porque todo acabe. Así lo parece, cuando de pronto se abre al fondo una puerta. Veo luz. Una luz blanca. Pero la habitación blanca sigue a oscuras. Esta vez si consigo ponerme en pie y avanzo hacia la salida. Cada paso que doy se me clava como una daga afilada en cada centímetro de mi pecho. Se hunden hasta la espalda. Pero cada vez estoy más cerca. Lo estoy consiguiendo. Cuando estoy a medio palmo del umbral, me derrumbo. Me derrumbo entre un terrible sufrimiento. Mi voz consigue arañar un graznido. Y de nuevo vuelven las ganas de llorar al comprobar que ahora me encuentro de nuevo tan alejado de la puerta como al principio. Esta vez incluso más alejada. Sigo intentándolo. Una y otra vez. Una y otra vez. Sigo callendo. La puerta se sigue alejando cada vez más. Hasta que se pierde en la lejana oscuridad. Una mano me golpea con fuerza el pecho y ruedo entre gemidos. No sé que he hecho para merecer algo así. La música y las voces siguen sonando. Esta vez más fuerte. Me retumban en los oídos. Los intento tapar. Pero cuando lo consigo se vuelve más intenso todavía. Me arde el cuerpo. No logro escapar de esta pesadilla. No logro saber cuánto tiempo llevo así. Ni quién me ha llevado a este sitio.

Ahora estoy desnudo. Completamente desnudo. Y oigo unas risas estridentes. Me señalan con el dedo y gritan. Se ríen de mí. Rezo porque venga la muerte. Pero solo vienen los ecos de las carcajadas a ahondar mi profundo y enterrado cerebro. El frio no deja de perseguirme. Araño mi cara. Me produce un dolor indescriptible. Creo que he comenzado a sangrar. Oigo unos pasos que se acercan. Quizás sea ayuda. Quizás acaben con mi dolor. Pero cuando están tan cerca de mi que casi podría tocar los pies que producen ese sonido, desaparece. ¿Por qué no desaparezco yo? la eternidad me aguarda. Me lo está diciendo al oído. Me dice que no me lo merezco. Pero que me ha tocado a mí. A continuación unos labios me besan arrancándome cualquier esperanza por intentar salir de aquí. Y se esfuman, junto con mis pocos recuerdos de la felicidad. Me aguarda una noche infinita. Entre cuatro paredes blancas. No sé si estoy tumbado. No sé si estoy de pie. No recuerdo mi cara. No sé he muerto. No sé si volveré. No sé dónde está la salida. Sólo sé... que la fiebre no para de crecer.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Campo

Me educaron para ser libre. Me educaron en los remolinos de luz que hay en los molinillos de entre el centeno. Y la espada entre la pared muda y hueca, donde ya nadie cabe, donde ya nadie habla. Ataúd con ataúd. Piedra con piedra. Me educaron para ser libre, señor. En tierra de yuntas. En tierra de martillo y pan de hogaza. Me educaron para ser como el viento, fluido, transparente y con ganas de soplar siempre. Para tener la felicidad en la frente y la dulzura en los balcones de mis pestañas cuando me atrevo a mirar, no hace falta nada más, que un corazón que quiera latir. Del campo soy, del campo vengo y contando las veredas, entre el trigo, yo me entretengo. Señor, soy indomable. Y si al yugo me quiere someter, ha de saber que con mi cayado se encontrará. Cara a cara. Que no hay más que lo que uno pueda perder, que no se pueda soñar. Y aunque no tenga dinero como usted, señor, en esto del soñar no me gana ni dios. Me educó el Sol de la jornada, y mi piel en bronce tornó. Labios deshechos por la fuerza del adiós de quiénes me rodearon. Ojos forjados a fuego de la fragua y al acero de las palabras. Lágrimas que jamás vieron nacer una penuria mía al alba. Soy el hijo del trueno, la centella relampagueante del que interponerse ose. El azote del mar cuando con su fuerza rompe las rocas de su señorío, señor.
Me compré unos zapatos raídos, con el sudor del amor de mis padres, señor. Y los zapatos que usted calza, no son más que pura lisonja, de capricho que en su egoísmo aloja y no quiere sentir. La sangre de los míos, jamás verá perecer. Pues es pura e inagotable, es incorruptible y es noble. Me río de sus lisonjas, del atropello que me provocan sus limosnas. En el campo mis manos aprendieron los colores y mis oídos rozaron las nubes. Y usted, llegado de la gran urbe, de esa nubosa y ponzoñosa sierpe gris. Usted educado por maestros nulos, por gente que no sabe nada y se creen que sí. No le queda nada más que un semblante, aparentemente majestuoso y un recuerdo luctuoso. Yo me críe así, víctima del mandil, de las mulas, del molino. Martir incansable de mi labor, porque a diferencia de usted, señor, a mí me sigue latiendo el corazón.

Porque yo nací de la cebada soñando, de la cochiquera medrando y usted, señor, no.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Miedo

Era ya casi de noche, cuando decidí entregarte una caja transparente con todo lo que soy dentro. Tenía miedo a que alguien la robase sin pedir permiso. Tú tampoco lo pediste. Abriste la puerta de un empujón. Yo simplemente sostenía la caja con los brazos extendidos al otro lado. Con los brazos extendidos y una sonrisa leve. Pero la cogiste con firmeza y la arrancaste de mi cuerpo de madera. Sin despeinarte y tan bonita como de costumbre.

-¿Qué es?-me preguntaste con curiosidad.
-Es un pedazo importante de mí-dije sin titubear-guardo el calor de unos besos, el sabor de unos abrazos y la eternidad de un te quiero efímero. Tan efímero como su pronunciación. Y algunas cosas más...
-¿Y por qué me la das?-tus ojos, siempre tan increíbles, escudriñaban lo que me acababas de quitar.
-Yo no te lo he dado, tú has querido cogerlo... solo... solo ten cuidado con ella, ¿vale?
-¿Cómo no voy a tener cuidado, tonto?-sonreías de esa forma que tanto me gusta-confía en mí.

Sellamos el intercambio con un cruce de miradas. Esos cruces donde todo queda a la imaginación, hasta que salta la chispa que lo enciende todo. Y es entonces dónde nuestros labios se encuentran y todo vuelve a tener sentido.

Pero debes de tener en cuenta, que no sólo te he dado una caja de cristal. Es mucho más importante que eso. Es lo único que me mantiene aferrado a la vida, es mi felicidad entera. No es un juego cualquiera. Antes tenía miedo de perderla... ahora tengo miedo de perderte a tí. Tengo miedo de despertar y no encontrarte a mi lado. Tengo miedo de que venga un huracán y te lleve lejos de aquí con un soplo. Tengo miedo de que desaparezcas tú, contigo mi caja y mis ganas de vivir. Algo mayor que el miedo a la muerte: es el miedo de no volver a verte. Mira dentro. Mira bien, porque lo que encontrarás dentro del arca, no es otra cosa que tú. Y el miedo... el miedo desaparece, cuando vienes y con tu sonrisa apagas la luz.

No te vayas y déjame contemplar tu oscuridad a solas un rato más. Déjame aquí contigo, que de todo el miedo, lo único que conseguí olvidar, fueron los amargos besos de la vacía soledad.
Y la caja... la caja es simplemente nada comparado con lo que me haces sentir.


lunes, 1 de noviembre de 2010

Una cara

Con la luz apagada. Una estrella azul de fondo. Recuerdo que yo te besaba, recuerdo que me mirabas y todo volvía a empezar. Solo piel contra piel. Con el mejor de los escudos: el hechizo de tu sombra y su sabor. La noche se escurría entre mis dedos casi sin poder tocarla. Como mi pluma en el papel. Como mi corazón cuando te ve. Comenzamos a besarnos sin que nos importara nada. El unico mundo que conocíamos eran las paredes de la habitación. Tú y yo. Y el resto, daba igual.

El reloj intentaba darnos patadas en la espalda, mientras yo me dedicaba a pintarte corazones en la tuya. Eran caricias convertidas en cuchillas. Notaba su filo en mi cuello, yo simplemente me dejaba cortar. La respiración era cada vez más intensa y el sudor comenzaba a bañar nuestras caras. De pronto me cogiste de la mano y me llevaste a ese lugar donde todo tiene sentido. Estábamos los dos completamente desnudos. Recuerdo que no quería pintar otras palabras que no fuesen las de tu cuerpo.

La luz de plata que entraba por la ventana bañaba tu pecho desnudo. Nos pusimos a volar sin despegarnos del suelo por un instante. Y aunque era pleno otoño, en ese mismo momento apareció la primavera y arrasó el paisaje de hojas secas. Con un soplo de viento. Con el aire que exhalaba tu boca, más fuerte que el rugir de cien huracanes. Nuestras manos jugaban a perderse y a encontrarse constantemente. Nos mirábamos fijamente con los ojos cerrados sin saber muy bien dónde estábamos. Pero con la seguridad de que encontraríamos todo lo que quisiéramos. Ya no recuerdo demasiado bien si estaba sobre tí cuando llegó la tormenta. Porque sin previo aviso, de la nada apareció una tempestad, llegaba el momento de lanzarse al mar. Llegaba el momento de abrazarnos sin más. Clavabas tus dedos en mi espalda. Mis oídos escuchaban como el temporal azotaba nuestros cuerpos. Y de como aquella noche, nos dejamos llevar en el más enfurecido de los océanos.

Muerta la tormenta, quedaban solo dos cuerpos despedazados del amor. Dos cuerpos simples y desnudos, esclavos mutuos. Inseparables y frágiles. La estrella azulada que nos iluminaba iba dejando paso a un sol dorado. Esta vez nos encontró amándonos tras las sábanas. Esta vez, cuando amaneció, el cielo vio dos caras. Yo veía solamente una. La tuya. La más bonita que jamás vi. La única a la que quise. La única que querré.





miércoles, 27 de octubre de 2010

Una bandera

-¿Qué haces?-me preguntó
-En el pecho, una bandera bordar.
-¿Y qué pone?
-Libertad.

Yo tengo en el pecho una bandera
y en el puño rojo, una azul calavera
Yo tengo en el pecho una bandera
Y en tu recuerdo llevo la escombrera

Yo llevo en el alma bien escrita
y en los ojos de borrar la tinta
Yo llevo una palabra distinta
Y en tu recuerdo,por ser tú
la más bonita.




domingo, 24 de octubre de 2010

Le Grande Jazz Band

Como se pierden las estrellas en la espesura de un cielo de verano, yo me perdí en aquel antro. Ya no recuerdo demasiado bien las copas que llevaba. Todo pasaba demasiado deprisa. El cuello de mi camisa oyó a mi voz pedirle otro whisky con hielo a la camarera morena de detrás de la barra. Y mis manos fueron testigo mudo del impacto de las monedas en la mesa. Pero mis ojos comenzaron a perderse cuando sin previo aviso, las luces se vinieron abajo.

Al fondo se empiezan a mover.Andan de forma vaga. Son espíritus en traje. Un foco de luz blanca impacta contra el escenario. Un hombre con sombrero, se inclina sobre el micrófono y comienza a hablar en voz baja.
Sean bienvenidos-dice entre susurros-somos Le Grande Jazz Band y espero que les guste la velada.
Sin más dilación y como por arte de magia, comienzan a correr por el escenario. El tiempo se ralentizaba. Un piano viejo y carcomido. Una batería tosca y oxidada. Un contrabajo astillado y descolorido. Un, dos, un, dos, tres y... todo cambia de golpe.

Las yemas de los dedos del pianista percuten la primera nota. Y yo le doy otro trago al whisky. Impaciente. Ansioso. Una segunda nota. Todo va bien-insinúa el contrabajista con la mirada-todo va bien. Con la tercera nota, el batería entra de forma frenética. Me sumerjo. El de las cuatro cuerdas espera un compás...espera otro... y al tercero irrumpe con fuerza. La gente aplaude. Y yo me desabrocho la gabardina. Y la noche... amigos, la noche no sabe del frenesí que nace de ese escenario. Se miran. Cómplices del ritmo. Se mueven. Bailarines de las cinco líneas. Todo salta en mil pedazos cuando el contrabajo comienza a solear. La batería y el piano callan. Escuchan. Esperan pacientemente. Un tipo con sombrero está haciendo vibrar el diapasón a golpe de jazz. Un tipo con sombrero y tirantes blancos.

Bebo whisky al ritmo de los pasos del contrabajo. Agacho la mirada. Cierro los ojos. Y observo. Observo todos los colores que está pintando en la pared de ladrillo de mi cabeza. La misma pared que hay detrás del escenario. Turno del piano. Se sale del guión. Se escapa del ritmo marcado en un principio por el hombre del sombrero. Impone el suyo. Impone su ley. Es su momento. Hay un viejo justo en primera fila. Un viejo con traje. Golpea sus piernas al compás. Comienzo a sudar. La gente pega su cabeza a la mesa y escucha boquiabierta. El piano deja morir el ultimo acorde. El escenario se tiñe de rojo justo en el momento en el que comienza a funcionar el charles. Un señor con turbante y barba larga golpea con sus baquetas de forma magistral. Una lección de cordura a la desatada noche, a ritmo de bombo y platillo. Me imagino nadando en el mar. Me azotan las olas que son del mismo color que el sonido del timbal. Pienso que estoy parado durante minutos, quizás horas mientras el señor del turbante investiga en nuevos sitios.

La luz se vuelve azul. Los tres se unen al vendaval. Efímeros. Desnudos de cara al público. Arrastran su piel con forma de semicorchea por la tarima. Cogen un sonido púrpura. Lo dan la vuelta, lo transforman. Lo tornan verde. Lo amasan en sus manos y lo lanzan al público y lo llenan de color. Escucho las salpicaduras dentro de mi mente. Me termino de quitar la gabardina. Me cambio de ropa. Ahora estoy tan desnudo como ellos. Arrojo mi cuerpo hacia su creatividad. Conocen todos los acordes. Para ellos no hay más armadura que la de sol mayor. El Sol que estaba naciendo de sus manos. Los espectadores mueven el cuello y los hombros. Un nuevo vaso de whisky llega a mis manos. No paro de temblar. El ritmo era ahora caótico. El señor de las baquetas sudaba. Sudaba mucho. Pero tenía dos varitas mágicas en la mano. Las usaba para crear sonidos realmente oníricos. Los pies le acompañaban en su misión. El pianista fumaba. Lo hacía mientras tocaba. En las frases más cortas acompañaba cada calada con una corchea. Y una sonrisa. La sonrisa de saber que está haciendo lo que le da la gana.

Todo transcurre con normalidad. Pero un foco se mueve y se ve pasar a tres hombres negros. Trompeta. Saxo tenor. Saxo soprano. Irrumpen en el sonido dando una patada en la puerta. No llaman. En el jazz nunca se puede llamar a la puerta. Ahora la gente aplaude y se pone en pie. Llega el éxtasis, lo noto. Me quito el sombrero. Fumo y bebo. Y la boca me sabe a su sudor. De repente, el trompetista se acerca al micro y comienza a decir: "dubi, dubi, dubi, damdamdam" y cada vez más despacio y cada vez más bajo. Y se va agachando mientras lo hace. Y el resto de los músicos también. Solo quedan la batería y el contrabajo sonando cada vez menos, siguiendo el mismo ritmo. Una pareja de jóvenes espectadores está apunto de besarse, justo en el momento en el que un aluvión de sonido hace que cejen en su empeño. El amor no entiende de escalas pentatónicas. Todos entran al mismo tiempo. Todos saltan. Incluido el público. Están gritando. Se desata la euforia. Llega el momento del orgasmo. Realmente es frenético. No dejo de beber y de sudar. Estoy excitado. El del saxo tenor se movía con violencia, hacia todos los lados. Agarraba firmemente el instrumento. Al trasluz podían verse las gotas de saliva chocando contra el aire. Como gotas de vapor de agua en un espejo. El humo del tabaco inundaba los rincones. Era el banquete. Opulento. Lujurioso. Y nosotros los invitados de lujo del arte.

La trompeta y el saxo soprano se retan a duelo. Intercambian frases. Cada vez más deprisa. Hasta cansarse y morir extenuados al final del mismo compás. La música va muriendo de forma tenue. Todo va demasiado despacio. Tengo la sensación de haber estado años parado frente al escenario. Poco a poco, los instrumentos van desapareciendo en orden. Van silenciándose. Quedan de nuevo los tres del principio. Cada vez más despacio. Cada vez más lento. Se queda sólo el pianista. Percuten tres notas. Las luces se apagan. Llegaba la hora de la noche. La noche de Le Grande Jazz Band. La felicidad reflejada sobre una partitura. La vida escrita en el libro de acordes.

La vida escrita en clave de jazz.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Luna

Dos lobos caminan de noche. Oscuros y solitarios. Lo hacen lentamente por una frondosa senda de la serranía de Córdoba. Uno flaco, otro joven. Un carnero viejo y sosegado, sale de noche a pastar, cerca del lago. Alza la cabeza y ve, el brillo plateado de la redonda Luna. Sonríe confiado y sigue pastando.
Los lobos hambrientos e impacientes. Con la cabeza agachada. A penas vislumbran lo que hay en el suelo. Olfatean. Se miran fijamente por un instante infinitesimal y echan a correr.
El carnero siente frío, sabe que es el frío de la noche. Sabe que ésta es su noche. Su cornamenta oxidada y sus ojos, negros y cansados lo han visto saltar y crecer. Las pezuñas polvorientas sólo saben de kilómetros y sus patas de cargar con el peso de la vida. Pero ya estaban extenuadas. El tiempo.

-Debe estar por aquí cerca-apunta uno de los lobos-debe estar por aquí.
-No te queda mucho tiempo infeliz-sonríe con sorna el otro.
Cuando de pronto, al final de la senda, un claro emerge bajo sus patas. Al fondo un lago hilvanado en negro y con remaches de luz. La luz que suda la Luna en el reflejo del agua, se elevaba, descarada y desnuda al fondo. Entre las tupidas montañas. Al fondo del lago se ve un minúsculo punto blanco alzado entre la suave hierba. Sabe que lo han visto.

Sigue pastando pacientemente. Recuerda cuando era joven y correteaba junto con sus hermanos. Recuerda todas y cada una de sus camadas. Pero también sabe que los recuerdos son efímeros. Como una brisa de aire de madrugada, una vez que pasan no volverán. No está triste. Esta noche le ha dado el trago a la libertad con la que su vida queda totalmente saciada. La libertad que da escribir tu propio punto y final. Se acerca al agua y da un sorbo. Vuelve a mirar a la Luna. Se acercan.

Corren más aprisa. El hambre apremia. Notan el calor de la carne en su paladar y el olor de la sangre. Y este pensamiento no hace más que excitarlos más. Ya queda poco-jadea uno de los lobos-ya queda menos. El carnero siente los pasos a cincuenta metros, a veinte... ya están a su lado. Se da la vuelta pacientemente y saluda de forma cortés.
-Buenas noches amigos ¿qué les trae por aquí?
-Hemos venido a traerte la muerte-dice de forma fría el lobo más flaco.
-Hemos venido a comerte-dice su compañero.

Lejos de amedrentarse, el carnero da un paso hacia adelante.
-Y bien, aquí tenéis mi cuerpo. Tomadlo. Pero antes dejadme disfrutar de la hierba un poco más.
Los lobos se miran y asienten de forma paciente. Se posan sobre sus cuartos traseros y contemplan al carnero comer. Mientras lo hace, el de los cuernos habla:
-¿Apreciáis la vida?
-¿Qué quieres decir?-pregunta el joven con intriga.
-Vosotros, vuestra forma de vida en parte se debe a la muerte de otros. ¿Apreciáis de verdad la vida?-insiste el que fue morueco.
-Claro que la apreciamos. El que no debe sentir aprecio eres tú, que no estás resistiéndote a tu destino.-Dice el joven
-¿A caso sirve de algo resistirse al destino? Aprecio a la vida tanto, que voy a dejar darme muerte por vosotros.
-No digas tonterías, estás completamente viejo y tu cabeza ya no es lúcida.-Vuelve a intervenir el ultimo lobo.
-Vosotros no apreciáis la vida. Tenéis la conciencia de la muerte, la utilizáis para sobrevivir. No os culpo por ello-aclaró-es vuestra naturaleza. Es vuestro instinto. Pero vosotros sufriréis toda la carga de un destino que pensáis que nunca llegará.

Los lobos permanecían en silencio, observando a su inminente presa. El carnero continuaba su soliloquio.
-Cuando sólo te dedicas a matar, no sabes lo que verdaderamente significa la vida. Solo entendéis de muerte. Cuando os llegue moriréis frustrados.
-Estás empezando a hartarme-espetó de forma insolente el lobo flaco-se te acaba el tiempo viejo, tengo mucha hambre.
-Termina tu ultima cena y acabemos con ésto-replica el otro-.
-Yo tengo conciencia de la vida. Sé lo que significa. Sé lo que es el amor hacia otras cosas. Vosotros sois asesinos, pero se os escapa que también algún día debéis morir.
-No digas chorradas, viejo. ¿Quién va a poder con nosotros? somos fieros y peligrosos. Tenemos por instinto el saber matar-se explica el joven.
-¿Qué es la Luna?-pregunta el de la lana.
-¿Y eso a qué viene?-pregunta de forma agresiva el lobo flaco.
-La he visto tantas veces dentro de mi cabeza. Las tinieblas son solo anécdotas cuando viene la Luna y las aparta con la mirada. Con un simple gesto de su suave pecho. Vosotros, que no habéis visto el Sol, no sabéis apreciar el brillo de la noche. La noche brillante.
-Nosotros sí hemos visto el Sol y la Luna-intenta aclarar el joven-.
-Vosotros solo entendéis de cielos sin estrellas. De cosas que no brillan. Estáis apagados por dentro. Cuando intentéis ver el Sol, entonces una Luna siniestra y oscura os apartará. Y la noche de vuestra historia llegará de forma dolorosa. La diferencia entre vosotros y yo, reside en que para mí la Luna que alumbra la noche de mi muerte tiene un resplandor dulce. Yo he vivido viviendo. Vosotros moriréis matando.

Los lobos no parecían entender. El hambre los cegaba.
-Viejo, llegó tu momento, no aguanto más tus estupideces-el lobo flaco estaba furioso-.
-Acabad conmigo cuando queráis. Yo ya estoy preparado. Llevo preparado toda la noche, para mí no hay nada más que pueda hacer. Pero recordad que vuestra muerte no hablará con vosotros.
Mientras el carnero, con mirada tierna y cansada alzaba la vista parar mirar a la dama de las estrellas por ultima vez, los lobos se lanzaban rabiosos a por su presa. Un reguero de sangre llora hacia el lago. Sus ojos no lloran ni lágrimas. Tras acabar la fiesta, los lobos aúllan satisfechos tras el convite.

Se ve la Luna rielar en el cielo, guardiana muda del carnero muerto. La Luna ciega a los ojos de los lobos. Las piernas abiertas encima de la mesa encarando a la muerte con valentía. La muerte reconstruyendo los pedazos deshechos del tiempo. Y la vida, frágil escudo roto de los sonidos sordos del viento en sus cuerpos.



martes, 12 de octubre de 2010

La ultima gota II

Estaba atrapado en la oscuridad de la tenue luz salida de una raída lámpara de mesa. Alumbraba varias cosas: las paredes de yeso cerosas por el paso del tiempo, como magnesita; la mesa de madera vetusta y astillada de cedro; al fondo, mi maltrecha y cetrina cama, deshecha, como siempre. También alumbraba un cuadro de un jarrón de flores amarillas, oxidado y polvoriento. La suave luz, lo acariciaba todo. Menos mi negra alma.

El ventanal de mi sórdida celda, anunciaba la tempestad de la noche. Lluvia. Y deseé tenerla a mi lado, más que nunca en esa noche. Más que nunca en mi vida. Pero jamás vendría. El silencio de mi tormento, sólo se veía empañado por cuatro gotas que se inmolaban contra el cristal y el rasgar de mi pluma en un cuaderno viejo y marrón. Intenté algún soneto triste en forma de despedida. Intenté recordar cuando ella estaba, pero en mi interior sólo había frustración, rabia y dolor. Sólo recuerdo que escribí y bramé a la vez "¡VUELVE!". A continuación un alarido desgarró mis cuerdas vocales y mientras arrancaba la hoja de su espiral, comencé a llorar de forma tormentosa. Golpeé, la mesa con el puño cerrado, arañé mi cara y sentí el fuego del averno quemando mi vacío estómago. El dolor se apoderaba de cada músculo de mi cuerpo, la piel fría como el acero que me atravesó las entrañas el día que se fue.

Comencé a temblar, a toser y a blasfemar. La boca me sabía a sangre y cada vez me costaba más respirar. Pero nada era comparable al dolor que me producía el rememorar el brillo de sus ojos, cuando se despertaba a mi lado. Cada vez quedaba menos tiempo y yo lo sabía. Me puse en pie por ultima vez para intentar desvanecerme. Si abrazaba a la muerte, quizás pudiese contemplarla desde las brasas del infierno, feliz y risueña, en su nube azul. Bendije el veneno del ofidio que había llenado de ponzoña mi ser. Por un momento me hizo olvidarla.

La noche me abrazaba, llegaba con paso firme, señalándome con su acusador dedo. Por fin me uniría al silencio, quizás así la volviese a ver.
Mi cuerpo se desplomaba como por prestidigitación. Caí de bruces contra el suelo, ya no podía moverme y el dolor desaparecía por momentos.

Noté que volvía el calor de sus besos, el tacto de su piel y el olor de su pelo. Escuché su voz y contemplé absorto su silueta en el umbral de la puerta. Cerré los ojos y la ví. La última gota resbalaba por mi mejilla, transparente, burlona y atrevida.

jueves, 30 de septiembre de 2010

La ultima gota.

La ultima gota que rozó mi garganta, me recordó que se me acabó la botella. La última gota... era amarga, era tan amarga como el recuerdo de sus labios. Me incliné sobre el escritorio para vomitar con mis manos en el papel. Y lo que ví me gustó menos todavía. Lo que antes eran bellas palabras sobre sus ojos, ahora eran turbios pensamientos de los cristales que caían por los míos. Todo moría ahogado en un mar de lágrimas. Solo la tenue luz de una lámpara, una silla de madera roída por el paso del minutero y un vaso vacío me acompañaban aquella noche. Momento del papel y la pluma.

El leve tintineo de mi maltrecho corazón me recordó que me estaba parapetando sobre una losa trasparente de felicidad. Vacía de todo ingenio. Colmada de soledad. Ella se marchó aquella mañana y yo me derrumbaba aquella noche. Cuando creí haberla atrapado, se me escapó de nuevo y para siempre. Ahora yace mi cuerpo en la celda de mi mente, prisionero de su deseo. Condenado a la cadena perpetua de su pérdida y al impasible latir del reloj, que marcaba cada segundo. Segundos que se clavaban en mi dolor, como una eternidad. Entre las cuatro paredes de mi cuarto, lo único que quedaba con vida eran las palabras que lloraban mis manos.

La ultima gota abrasaba todo mi ser. Ya no recordaba nada: si comencé a beber porque ella me dejó... o si me dejó por comenzar a beber.


lunes, 20 de septiembre de 2010

Sum

Soy cada segundo de aire respirado. Soy cada amanecer observado y cada gramo de cal. Soy la luz que toqué con la punta de los dedos después de besar la oscuridad. Soy el abrazo frío de la cálida soledad. Soy cada segundo que pasa esa puerta cerrada...pero también lo soy cuando la abres. Soy un mar en calma enfurecido por un Dios que no existe. Soy las ganas de llorar en medio de la contienda. Soy el fragor de la batalla y el rugido del cañón cuando por la boca sólo se disparan palabras. Soy prosa, pero me torno verso cuando veo tu cuerpo desnudo. Soy cada milímetro de tu piel, soy cada gota que vive en tu boca. Soy cada anochecer compartido, soy cada efímero latido. Soy lo que debo ser cuando no me conviene. Soy cayado que rechina contra el suelo, en ecos de silencios sordos. Soy sórdidos amaneceres con piernas quebradas y tristes sonrisas. Soy vástago y miel. Soy tarugo y hiel. Soy el perdido, el desaparecido entre la incertidumbre de tu ayer. Soy el que sólo se encuentra, en la esperanza de encontrarte mañana. Soy cada palabra escrita, cada marioneta rota. Soy un juguete de sólida porcelana, más blanco que tu insana pupila. Soy cada vez que tengo ganas de ser quien es tu lánguido cielo. Soy cetrino y sobrio, cuando pintas de luz mis raídos rincones. Soy la tiniebla de tu despertar. Soy al que nunca debiste hablar. Soy cada persona que conocí, soy quien quiso hacerme daño. Soy aquel que me ayudó a levantarme. Y soy el que volveré a caer. Soy culpable del verdugo, soy soldado y coronel. Soy de los labios la sonrisa, de la sonrisa el entristecer. Soy inocente de ser. Soy muerto rodeado de vivos. Soy un vivo que entre la gente no sabe correr. Soy cada impulso preciso que dicta que me calle. Soy cada sabor de un alboroto y las ganas de saltar. Soy lo que al dia le sobra de la noche. Soy lo poco que de mí se deba extrañar. Soy naufrago perdido cuando se pierde, solo en mitad de tu mar. Soy la música que de mis pálpitos el reloj hace sonar. Soy caricia. Soy amar. Soy la más dulce mentira, soy la más dolorosa verdad. Soy el odio. Soy mi pelo. Soy el susurro que me hace despertar.

Soy lo que debiste olvidar cada vez que me recuerdo. Soy lo que recuerdo que debí olvidar. Soy el tiempo impasible, enemigo de tu escudo roto. Soy la vejez añorando retornar. Soy años de suplicio y penas por contar. Soy penas abrazadas y largos tragos de sal. Soy la abierta herida. Soy lo que la noche le pide al día. Soy la última bala de mi recámara. Soy mi peor aliado y mi mejor enemigo.

Soy lo que soy...
¿O no?

martes, 14 de septiembre de 2010

No volverá



No volverá a caer la fría gota
de mis cansados ojos negros.
No volverá a ser la noche rota,
ni a pronunciar mis labios sonetos.

No despuntarán albas sordas
del oscuro compás mis latidos.
No velará mi alma triste y sola
ni a despertarme del gris olvido.

No será quién me venza a mí
porque de todo, fui ya vencido.
Ni a colorear de rojo el olivino
del corazón que solo sabe latir.

No volverán mis blancas manos
a consolar tu rizada y afilada piel.
No caeré, sino he caído ya, en vano
ni a caminar cuando estoy en pie.

No se volverán mis ojos a abrir,
para contemplar tu desnudo abril
arropado por mi gélido invierno.
Ni volveré a soñar, pues sueño de tí.

No intentará mi pecho desierto
a tu pelo, cavar trincheras de miel.
No seguirá el incombustible embrujo,
de tu boca, que es fría como la hiel.

No tendré que repetir estas líneas,
ni a prometerte que siempre te amaré.
No tendré que esconderme de tu idea,
ni a sobrevivir para de nuevo perder.

No tendré esta noche del viento nada,
pues lo único que de ti tenía,
eran las suaves y cálidas madrugadas.

No llevaré puesta nunca de ti nada,
pues lo único que tenía de tí
era la sonrisa falsa, y la cara marcada.

No caerá de la luna un reguero de tinta
pues lo único que escribí,
eran versos marcados en mi tosca frente.

No será mi vida ya la que sea distinta
pues lo único que sentí
era dejar escapar versos y a la gente
por tí.








miércoles, 1 de septiembre de 2010

Aunque jamás haya pasado

Añoro volver a escuchar tu voz. Y volver a dejarme llevar entre esas sábanas blancas. Como un blanco recuerdo. Aunque jamás haya pasado.
Añoro volver a jugar en tu pelo. Y volver a dejarme llevar entre las zarzas de tus susurros. Como perderme en una maraña de sensaciones grises. Aunque jamás haya pasado.
Añoro volver a tocar tus manos. Y que sean ellas las que envuelvan mi cuello. Como querer escapar de una muerte ya sentenciada. Aunque jamás haya pasado.
Deseo volver a observarte desde el silencio, agazapado. Como un predador que espera encerrado en su libertad la oportunidad de vencer para sobrevivir. Para verte sonreír. Añoro volver de tí, de cualquier parte. Y hacia ningun lugar. Aunque jamás haya pasado.
Añoro la oportunidad de poder compartir dos segundos de cordura y los más de locura. Añoro aquel dia en el que por fin te pueda escuchar. En el que sepas quién soy yo de verdad.
Añoro tus abrazos, tu cálida piel morena y tus oscuros y suaves ojos. Y el tacto de esos labios que jamás he probado. Porque pienso y eres tú... aunque jamás haya pasado.

Añoro poder hablar contigo, porque desde que te ví... ya nada es igual. Porque nada es igual, aunque en realidad, de todo, jamás ha pasado.

jueves, 12 de agosto de 2010

Hay días...

Hay días en los que mataría por tener ese segundo de conexión extra, con ese mundo que no es el que me rodea. Hay días que quemaría todo lo que tengo, solo por poder encontrar el camino corto y la puerta abierta.
Hay días que me escaparía a perpetuidad...hay otros en los que me quedaría. Hay días en que escribes: algunas veces nada, otras veces todo. Hay días en que no puedes expresar lo que tienes dentro de la cabeza. Hay días en los que te atreverías a dar el primer paso y acercarte. Pero cuando te acercas, ELLA no está. Ella nunca está.
Hay días en los que crees que es el momento idóneo para despegar... pero resulta que llega el temporal y no lo puedes detener. Hay días en los que estás tan cansado que no te apetece hablar a solas contigo mismo, de esa manera tan sincera y transparente con lo que lo sueles hacer... y mucho menos escribir.
Hay días donde todo es color y euforia. Y un baile frenético de ilusiones. Hay días donde todo es gris y melancolía. Agridulce melancolía. Hay días en los que te devora la vaciedad. Hay días donde te escondes y otros donde te encuentran.
Hay días para pensar...porque en este mundo y en el que sea, todo se mide en días. Los días que pasan para que yo me olvide de ELLA.

Hay días para pensar... y darte cuenta de que todo es mejor así.

martes, 27 de julio de 2010

Desde la cuarta línea



Todo empieza cuando te das cuenta de que hay algo en tu cabeza que no es como las demás. Que pasas la vida moviéndote de un lado para otro, a toda velocidad, queriendo estar en todos los sitios a la vez, conociendo a todas las personas al mismo tiempo, con los ojos abiertos de par en par. Pero te paras a mirar y a masticar cada momento. Es como el ritmo de un frenético jazz que se mete de repente en un tranquilo blues. Y ya no te hace gracia algunas cosas que al resto de la gente sí. Ya no persigues tener dinero, o una casa gigante en la playa, o un deportivo de lujo. Ya no eres como el resto. Ahora persigues ser feliz con lo que haces, sin importarte lo que piense el resto, persigues ser feliz por dedicarte a serlo. Ya no sueñas con ser un importante arquitecto, abogado o científico. Buscas transmitir sensaciones, buscas transmitir sentimientos y que la gente te comprenda y te entienda y sepan de lo que hablas. Cuando todo esto pasa, debes buscar otra forma de expresar lo que sientes, simplemente por estar vivo, por vivir así. Es la música.

Al cabo del tiempo, te percatas de que solo hace falta un puñado de pensamientos (también valen sueños), coger aire con mucha fuerza y una chispa, una infinitesimal chispa.

Y entonces, todo vuela en mil pedazos y se desata el huracán. Sientes como la furia de la explosión entra por tus manos y recorre todo tu cuerpo y lo llena todo de un color invisible a los ojos de cualquiera. Tu cabeza se eleva por encima del resto del mundo, como si fueses superior. Es difícil de entender, pero lo es mucho más de explicar.

En ese mismo instante, comienza a juntarse todas esas cosas en las que piensas: sabes que en el fondo eres distinto, porque eres feliz y eres feliz de una forma distinta. Eso es al fin y al cabo lo que te hace diferente. Lo que te hace volar. Estas suspenso sobre la cuarta línea del pentagrama, nadando sin saber muy bien a dónde ir.

El siguiente paso es escucharse entre tanto ruido, encontrarse en un mar revuelto y enfurecido. Es entonces cuando saboreas cada nota, cada verso, cada palabra y cada silencio. Sientes que es como un huracán que se desata y te arrastra, pero que también es una manta en una fría noche de invierno.

Vives, sabes que estás vivo porque sientes. Es algo adictivo, es la mayor de las drogas y el mejor de los pecados. Es la armonía, es la belleza, es sobre lo que se apoya toda melodía. Sobre lo que descansan el virtuosismo y la luz. Son los cimientos de la felicidad. Es la clave de Fa. Es vivir sobre la cuarta línea.

Algo golpea tu cabeza, sabes que ha llegado el momento en el que hay que recoger los escombros de la sacudida. Suele hacerse sobre papel. Nacen cosas que jamás hubieses sospechado. Tú no eliges la clave, la clave te elige a tí.

Y luego llega la calma, una euforia injustificada, la felicidad. Lo mejor de todo, es que sabes que va a volver, tarde o temprano. Porque una vez que se prueba, siempre vuelve y cada vez con más fuerza, porque cada vez te vas convenciendo de que eso es tu felicidad y que todo se resume a eso.

Qué fácil es cantar y qué difícil es sentir algo así.



sábado, 19 de junio de 2010

Noche.


Siempre soñé con la oportunidad.
Todos soñamos con ella. Nos da vigorosidad, nos vuelve distintos. Yo sigo soñando con mi oportunidad.
Siempre quise tener una noche, cerrada, solo al pensamiento y a la imaginación. Al querer y no poder. Al tener... y no saber.
Siempre supe que las palabras no son más que meros fragmentos de lo que pensamos. Y eso siguen siendo sentimientos, en la mayoría de los casos ¿no?
¿Y los recuerdos? los recuerdos también son sentimientos, encontrados a veces. Yo siempre recordaré aquella noche, como algo más que un sentimiento.
Tener frío, no es más que una sensación a veces desagradable. ¿Por qué tener frio cuando quizás estés acompañado de alguien especial?

Hablar de nada en particular, un gesto... y nada más


domingo, 23 de mayo de 2010

Te imaginas que...

Unas pisadas que se acercan. Una luz que se apaga. Un motor que se enciende. Dos miradas se encuentran. Una explosión masiva. Millones de años luz. Una estrella que colapsa. Cuatro sombras, tres campanadas, dos parpadeos, una noche.

Unos pasos que se alejan. El tic-tac del reloj. El relámpago imborrable. Cien años de suplicio. Un ladrido, medio suspiro. Una puerta que se abre, otra que se cierra. Campo verde, primavera siniestra.

Un "adios". El sigilo de la aurora. Tal vez, mil meses de tempestad. El alivio. Una gota de sudor frio. Olor de gasolina y a correr.

Hablar de nada en particular. Un café, dos cucharadas de azucar. Tres de sal. Mañana, ayer. Próximo, lejano. Una ducha de agua fria. Un minuto de silencio. Rayos de sol. Se colma el alma. Lucided.

Tintineo de cascabeles. Clamor de reyes. Temor de dioses. Campo negro. Tibio invierno. El sabor de unos labios. El "tal vez" de un "hasta luego". Tú. Quizás otro día. Frio y calor.

Noche soleada. Sonido de zapatos en una calle desierta. Desierto de luz. Alma, corazón. Masa. Un árbol. Al fondo el valle. Al fondo la nada. De la nada, todo.

Hambre. Sed. Opulencia. Crispación. Velocidad. Quietud.

Una maleta. Un andén. Un abrazo. Un tren. Años de sonrisa. Sí. No. Vida. Muerte. Olor a yerbabuena. Tacto de escarcha. Alquitrán. Unas lineas blancas. Una carretera negra. Buscar. No encontrar. Regresar. ¿Por qué?

Imaginar. Estar. Ver. Sentir. Querer. ¿Dónde estoy?. ¿Qué hago aquí?. Inspiración. Poemas, musas vivas. Papel muerto. Desahogo.

Instinto. Televisiones, con sus señores. Necedad. Arrasar. Se acabó.

Tarde lenta. Años después. Meses, semanas, dias, horas, años, minutos, segundos.

Unas pisadas que regresan. Una luz que se enciende. Un motor que se apaga...

¿Te imaginas?

martes, 27 de abril de 2010

Virtuosismo Absoluto: Reconversión

I. Introducción: La reconversión

El virtuosismo absoluto es aquella forma de vida, aplicada por el hombre virtuoso, que ha abrazado el arte como patrón de conducta. Es superior a todos los hombres, pues es el unico que goza de Libertad Absoluta.

La libertad conocida como la "capacidad de tomar decisiones" es una falacia. Los unicos seres libres son los animales pues construyen su propia moralidad sin hacer caso al conjunto.


1) El arte es la unica forma de libertad absoluta que conoce el hombre
2) No te quedes atrapado entre 2 decisiones. Escapa de ellas a través del arte
3) La imaginación es el arma más poderosa del hombre
4) Nunca te creas superior a tí, pero parte de la idea de que lo eres
5) La perfección existe, el hombre perfecto es el del Virtuosismo Absoluto
6) Una vez reconvertido, no hay punto de retorno

La reconversión es el proceso por el cual el hombre escapa y se transforma en Virtuoso Absoluto.

Continuará...




jueves, 11 de marzo de 2010

190 Espinas, 1 rosa

Jueves 11 de marzo de 2004
Parece que aquel día la muerte decidió ir al trabajo en transporte público. Fatalidad.

Suena el despertador. Las 7:30 de la mañana. Una luz que se enciende: "Vamos Álvaro que llegas tarde.". Un zumbido, seco, sordo, a lo lejos. ¿Qué ha sido eso? ¿Las obras?. Dos minutos más tarde, otro ruido igual. No, eso no son obras.

Desayuna, trágate la leche, las galletas. Coge el bocata, la mochila, el abrigo. Sal a la calle. Dia de lluvia, la calle ferrocarril cortada. Había algo en el ambiente que no era igual que siempre.

Mirar al otro ladod e la calle. El paseo de las Delicias era un delirio continuado de luces y sirenas. ¿Qué ha pasado?

Llega a clase, sientate, espera a la profesora de matemáticas, que entra por la puerta con la cara sombría: "Han explotado unos trenes en atocha y en vallecas".
Quédate pálido.

Segunda hora, entra el jefe de estudios: "parece que una niña de la clase de al lado iba en esos trenes, si alguien sabe algo de ella que lo diga". Pregunta quién es la desafortunada. Sanae. SANAE.

Frustración. Miedo. Qué coño está pasando. Televisiones. Llegar a casa. Mamá y papá llorando. No para de llover.

Comienza el desfile de políticos incompetentes por la televisión intentando excusarse. Levantate al dia siguiente, desayuna otra vez, y vuelta a empezar.

Los profesores te confirman lo peor. Sanae estaba muerta. Ohdiosmio nopuedesercierto.

Y ahora qué? minutos de silencio, recuerdos a las víctimas, por qué? para qué? por qué siempre pagan los mismos?

Murieron 190 personas y un niña de 12 años. Donde quiera que estés, no me he olvidado de tí.
Murió una rosa y 190 espinas. Espinas clavadas en los corazones de los muertos que quedaron vivos. Clavadas en los corazones de los que aun lloran por la noche. Clavadas en los corazones que no pararán de sufrir. Porque han arrancado esas flores del jardín antes de que les llegase su otoño. Porque ese dia la muerte no debía haber cogido el tren.

No os olvidamos.

Jueves 11 de marzo de 2010.

martes, 16 de febrero de 2010

En el camino

Hace un año más o menos, comencé a leer un libro. Creía que era tópico aquello de que hay libros que pueden cambiarte la vida, pero este lo hizo. Una frenética aventura del asfalto en plenos años 50.
Me atraparon sus frases cortas y directas como un gancho de derecha sobre mi, hasta entonces, embotada cabeza. Frenesí, velocidad, alcohol, sexo, demencia...ángeles al fin y al cabo.

Gracias a Jack Kerouac, por abrirme los ojos, los ojos a la carretera, la larga carretera que es la vida. La cual da igual que recorras rapido o despacio, jamás llegarás a saber lo que hay al final, o quizás sí. ¿Quién sabe?

Vivir todo tan intensamente...
Una sensación extraña, medianamente eufórica, recorre tu piel y entonces dices "¡Sí, sí, sí...!" te paras a saborear el aire y el momento, recorres con tu vista el mundo que te envuelve, te arrascas la barriga con una mano y continuas tu viaje, hablando, sin parar de hablar, porque hablando conoces todo.

Vivir intensamente, es como viajar aferrado al volante mientras aceleras en una recta kilométrica, es sentir el viento en la cara, es analizar cada segundo, porque un despiste puede resultar fatal, son colores, olores, sonidos... simplemente es la carretera.

Desde entonces tengo anhelos de coger el coche, una canción, una ruta hacia ningun lugar... y desaparecer.


Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida, mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.

Soñar con una carretera infinita, un coche veloz y unos ojos de mujer al final del camino.

Gracias Maestro.

domingo, 31 de enero de 2010

El infinitésimo bohemio (II)




2. Máximas precauciones

Beatriz se levantó aquella mañana, como todas las mañanas, posando sus dos pies en el suelo al mismo tiempo. No por superstición, era una manía que tenía desde que era bien pequeña. Sus padres no estaban, como pudo comprobar cuando abrió la puerta de su cuarto. Lo suficientemente grande para lo que requería una mujer de su edad. Las paredes eran de color verde claro, al fondo estaba el escritorio con un ordenador portatil, pegado a una pared que daba a la calle de un blanco pueblo de granada. A la izquierda una cama, completamente desecha y justo en frente, un armario y una estanteria donde había fotos, libros y toda clase de recuerdos.
No se lo pensó dos veces y esquivando a su gato negro, llamado Llagui, atravesó el salón y encendió la cafetera. El reloj de pared que había encima del ventanal, marcaba las diez en punto.

Minutos después introdujo su cuerpo en la ducha, recordaba a Dani, recordaba la tarde de ayer, recordaba que hoy hacía seis meses que se conocían. No tenía intención de dejar de sonreir, hasta que se percató que sonaba su teléfono. Pensó que sería Daniel. Sin embargo no fue así, no era su novio el que llamaba, era Él.

-¿Qué quieres?-lo dijo tan cetrina que ni si quiera parecía una pregunta.
-Tengo que verte- dijo él- tenemos que hablar.
-Tú y yo no tenemos nada de que hablar, ya quedó todo claro.
-Todo no, si nos vemos hoy, será la ultima vez que me veas en tu vida. Te lo prometo.

La propuso verse a las seis de la tarde, ese mismo dia, en el parque del Centro. Beatriz no le dio una contestación.
Un terremoto sacudía los cimientos de su mente, la cual llevaba mucho tiempo sin verse perturbada. ¿Qué tendría que decirle? desde el día en que decidió cortar la relación con él, muchos recuerdos la asaltaron, sentimientos encontrados: tristeza, melancolía, restos de amor...
pero sabía que tenia que cortar. No era del todo un mal tipo, pero tenía demasiados vicios y escasas virtudes. Para tratarse de un hombre de 25 años, se comportaba como un crío de 15, era infantil, rencoroso, tenía prejuicios a casi todas las cosas. No era celoso, en absoluto, incluso se diría que era poco cariñoso, algo despegado. Era alto, pálido y delgado; mirada oscura y un tanto perdida. Beatriz todavía no sabía que había visto en él para enamorarse. Nunca la trató mal, en absoluto, pero sus personalidades no cuadraban.

Era testarudo, orgulloso y para más inri, era susceptible a cualquier adicción: juego, alcohol y otro tipo de substancias. Sorprendentemente para Beatriz, esto último no mermó la relación, de hecho ya era un hombre más o menos formal cuando empezaron a salir, solo se emborrachaba de vez en cuando y desperdiciaba unos pocos euros jugando a las tragaperras del bar de su padre algunos domingos por la mañana.

La curiosidad despertó en ella recuerdos apagados por Daniel, no sabía que le quería decir, además la promesa de no volver a verle era un plato de buen gusto para ella, ya que sabía que si se alejaba para siempre su vida cobraría un nuevo y nítido color. Aceptó a regañadientes consigo misma. Escribió un mensaje: "A ls 6 n l park. bss". Escogió el destinatario, sin saber como ni por qué, a parte de marcar el número de su ex, también marcó el de Dani. Ella no se dió cuenta.
Encendió su portatil Toshiba de color negro, el cual apenas tenia un mes de vida. Se conectó a internet y actualizó su fotolog, una foto con un corazón rojo y un 6 blanco en el centro, con un mensaje de amor en la descripción. Sin embargo no podía parar de pensar en qué querría decirla el otro. Con su novio actual había quedado, o eso creía ella, a las 9 en punto en su casa para cenar y celebrar su medio año de relación. Sin embargo había fallado en lo más importante: las máximas precauciones. Tres corazones estaban en juego.


Eran las dos menos cuarto de la madrugada y Dani se sentía morir, había tomado una cantidad de alcohol suficiente para matar a cualquier persona no acostumbrada a beber. Él lo comenzaba a notar, seguía con la espalda apoyada contra el puente y la cabeza dandole vueltas en todos los ángulos y direcciones. Todavía no podía explicarse lo sucedido aquella tarde, le parecía absurdo y ridículo. Al menos eso fue lo que pensó antes de comenzar a vomitar hacia su izquierda. Cuando terminó tal esperpéntica escena, se desplomó del todo hacia el lado contrario donde yacía la última copa de whisky que había tomado. Apoyó la cabeza en la botella de vino, se limpió los labios con un pañuelo y recostándose en el suelo, notó como brotó la primera lágrima. Tenía que hablar con ella otra vez.


sábado, 16 de enero de 2010

El infinitésimo bohemio

1. Las raíces

... La una y media de la madrugada en el reloj del bar.
¡Hora de cerrar!- gritó el camarero, de cara bonachona y bigote tosco. Tuvo que apurar lo que le quedaba de whisky, cuando logró ver el fondo del vaso limpio, se dió cuenta de que la marea etílica le había arrancado lo poco que le quedaba de garganta... y las menos ganas de vivir.
"Pobre infeliz"- se repetía sin cesar- "pobre infeliz..."
Dando tumbos, como un elefante al que le falta una pata, se despegó de la barra americana, de aspecto rústico, se dio la vuelta para contemplar por ultima vez las cuatro ventanas que daban a la calle, la máquina tocadiscos de atrezo, que no pegaba para nada con la estética del bar, pero que estaba alli por algún extraño motivo. A la izquierda y a la derecha, sillas de madera de pino, al lado de mesitas de cristal.

Sólo había tres personas en el bar, el camarero; el jefe, algo mayor y desgastado como para intentar echar a un borracho, probablemente problemático y "el pobre infeliz". Justo antes de tambalearse contra la puerta de salida, el camarero le gritó que si quería ayuda. Se limitó a emitir algo que parecía un gruñido y atravesó el umbral que lo separaba de la fria calle.
Setecientos cincuenta centilítros de whisky, una botella entera, recorrían sus venas abrasando cada milímetro de su piel. Había llegado al punto, a ese al que quería llegar, a ese al límite de la oscuridad total y la lucided extrema. Ahora podría, por fin, hablar con él mismo. Sin interrupciones. Delante de sus ojos solo había un solar vallado, el cual parecía que iba a ser transformado en un bloque de pisos en breve.
"¿Izquierda o derecha?"- pensó. A la izquierda del bar, subía una callejuela que discurría a lo largo del entramado de edificios blancos y farolas amarillas. A la derecha, un puente de piedra
que llevaba al mar, el mar de Granada, el mar por el cual lo había dejado todo. El mar de los ojos de ella. Le quedaba algo de dinero, volvió sobre sus pasos y entró en el establecimiento.
Si necesita usted ayuda no dude en pedirla-le dijo de forma amable el camarero. El triste caballero logró articular un sonido que parecía una frase completa. "...me... orra.. po..potecha.. orr...faó...". El dueño del bar lo entendió e intentó decirle que no debería beber más. Parece que su avanzada edad le había hecho olvidar, lo dificil que es intentar razonar con un hombre que se acaba de fumar una botella entera de whisky. El borracho prosiguió: "...engo...el...inero..." y sacando un billete de diez euros se los entregó al camarero. "Po...te...lla...de...vino..." lo dijo tan alto y contundente e iba tan bien vestido, que parecía mentira que un hombre con ese porte bebiese de tal manera. Al dueño del bar le dió mala espina, para evitar problemas, aceptó el dinero, y decidió darle una botella de vino. Se quedó con el cambio. "Grrrcias...".

Se lanzó a por la puerta como un león hacia una gacela, botella en mano. Se dirigió hacia el puente, demasiado rápido, tan rápido que trastabilló y calló al suelo. Por suerte para él su botella y su traje permanecía intacto. No sintió dolor al estar anestesiado, el mundo le daba vueltas. Destapando la botella, comenzó su apasionada y tan esperada conversación con él mismo. La mejor manera de comenzar a hablar, cuando estás solo, es pensar que te ha hecho llegar a esa situación. Empezó desde el principio.

Se llamaba Daniel, tenía 23 años, una mirada oscura y afilada, como las facciones de su cara, el pelo castaño y algo rizado. Un metro setenta y cinco de estatura, complexión normal. Ni barriga, ni fibra, en general, era un jóven atractivo a simple vista. Era el invierno de 2005 y se encontraba en Granada, a 600km. de su hogar en Madrid. Hacía ya meses de aquel día, el día que cambió todo para siempre.
Durante el verano del año pasado, mientras estaba de vacaciones con sus compañeros de universidad, conoció a Beatriz. Andaluza de pura cepa, un año mayor que Daniel, ojos oscuros, melena negra, tenía hasta un lunar encima del labio junto a la nariz, que no hacía otra cosa más que realzar más sus ojos negros. Un metro sesenta de cuerpo. Un cuerpo al que Daniel juró tributo, pues nunca en su vida habia visto una mujer así, hasta esa noche. Tenía que hablar con ella, como fuese.
Aquella noche correspondía a la segunda de las vacaciones, que iban a durar aun diez dias más. La atracción fue mutua desde el primer momento y a la noche siguiente, Beatriz consiguió apartar a Daniel para ir a dar un paseo nocturno por la playa, de esos que siempre terminan "mal".
Fueron callados todo el camino, los dos lo sabían, sabía que todo era inminente, ya estaba todo hablado desde la primera vez que se miraron a los ojos. Se sentaron a escasos metros de la orilla. Se miraron, saltó una chispa. Una chispa que incendió sus labios. Daniel paso su mano por detrás de la nuca de la chica y la enredo en su pelo. En el momento en el que sus bocas se encontraron, comenzó a brillar una luz blanquecina en medio de la noche. Aquello no podía terminar. Se besaban apasionadamente, mientras se desnudaban por la arena. Beatriz no era una chica que se acostase con cualquiera, de echo su historial sexual era escaso, solo habia tenido relaciones con dos chicos, en dos relaciones largas. Pero esta vez era diferente, su cuerpo y su corazón la pedían que se dejase llevar. Daniel no se ponía freno... se estaba enamorando. Sus manos se perdían por sus cuerpos, cada milímetro de piel estaba al rojo vivo, sudaban, se llenaban de arena, suspiraban. Hicieron el amor en la playa y después se fueron a dormir al apartamento de él.
Al despertar, los dos abrazados, se dieron cuenta de lo que pasó: se habían enamorado.

Las vacaciones terminaron, fue un dia triste, pero no iba a ir a más. Tenían sus correos electrónicos y ambos tenían ya edad como para poder viajar con frecuencia. La relación continuó, sin ninguna complicación.
A los dos meses y dejándose llevar por su espíritu y sus sentimientos, Daniel se fue a vivir a Granada. Abandonó la universidad y a sus amigos y se fue sin más a vivir en una habitación de alquiler, puesto que Beatriz vivía con sus padres. Ella trabajaba. ¿Una temeridad? es posible, pero Daniel sentía que si dejaba escapar la ocasión, él ya nunca sería feliz.

En el puente, nuestro borracho protagonista soltó una carcajada a gritos... "¿...tiemerridazz? HAHAHAHA... be rio cho..." (¿Temeridad? jaja, me rio yo).
Todo el mundo tiene raíces... y si no se riegan, la planta se muere. Daniel comenzó a darse cuenta de que quizás la planta no murió por no regarla, sino porque la segaron el tallo.

Continuará

viernes, 8 de enero de 2010

Los poetas han muerto...

De los ríos que suenan, del árbol de hoja perenne, de la fina lluvia mojando cuerpos desnudos que se dejan llevar...
¿Qué ha pasado?
Vivir en Madrid, te enseña varias cosas, la primera y más importante: la ciudad es la ciudad y debes quererla tal y como es.
Vivir en Madrid te enseña a respirar, aunque el aire esté compuesto de alquitrán. Te enseña a esquivar obstáculos, aunque no los tengas que esquivar. Te enseña a no dejar de confiar en ti mismo, ni dejar de confiar en los demás, puesto que cada individuo está solo, estando rodeado de muchedumbre.

Cada mañana me hace gracia, como en algunas ocasiones, el gris suelo se agrieta y crece hierba. Sórdido contraste. Eso dice mucho de la ciudad y de sus personas.
Paseo por sus calles y a veces pienso en que vertemos el tiempo en reinventarnos un recuerdo gris, una sonrisa cetrina, una caricia en blanco y negro. Pero son tan válidas como las que se ven ahora, en televisiones digitales, a todo color y sonido estéreo.
Un torbellino de luces de neon se ha llevado a las personas y ha dejado a individuos de plástico.
Madrid.. el rápido movimiento de Madrid y su cielo, a veces te da un respiro para poder mirar y darte cuenta de que cada día todo es más frenético.
Pasamos del tono sepia-granulado, al tecnicolor y a las televisiones de LED, y Madrid sigue ahi, impune al trasiego de la gente que va cambiando de color cual camaleón.
Qué importa que le crezcan flores... el progreso las arrancará por usted. Pero la ciudad se calla y todo el mundo sigue en pie.

Pero merece la pena pararse a mirar todo esto, merece la pena darse cuenta de la reacción, cómo se te eriza la piel con un sentimiento entre tanto viandante. Aunque parezca que las cuchillas del futuro van cortando los tallos del pasado, merecerá la pena siempre que exista una historia que contar entre tanto ordenador, coche, restaurantes de comida rápida y gente en trajes con maletines imponentes.

A veces nos olvidamos de lo realmente auntentico para mimetizarnos en un mar de gente que deambula, de un lado para otro, con un movimiento hipnótico que te arrastra hasta el vértice de una parábola, que desciende desde la autosuficiencia, se refleja contra la ignorancia y asciende hacia la alienación.

Los poetas han muerto
y las bondades
y las bonitas canciones
no queda nada,
de la belleza infundada

no quedan noches con luna
ni la vida
y la luz del oscuro cielo
buscando su cuna
niña de ojos de aceituna

no existen las pasiones
y las verdades
han sido vistas en ordenadores
y los ojos verdes
han muerto en negras tempestades

la música se ha acabado
caballo alado
recorre sus quietudes
y la juventud
de su sangre se ha marchado

los poetas ya no existen
ni sus inspiraciones
ni sus ideales
y el romántico despertar
ya de nada sirve

cuando ya nada queda...
¿cómo se llamaba aquella antigua canción?

lunes, 4 de enero de 2010

La última estación

Desde hacía ya un tiempo soñaba con trenes, trenes constantemente. Trenes en marcha, trenes estrellados, trenes del revés, trenes parados, trenes que no eran trenes, trenes desde dentro, trenes desde fuera.

Sencillamente pensaba que su vida era como una frenética estacion: llena de subidas, bajadas, reencuentros, despedidas. Sin cesar.

Lo que no hizo nunca fue retroceder, ¿acaso los trenes daban media vuelta a mitad del camino?. Pero sí, a veces se paraba a saborear la situación, lo contemplaba todo, con los ojos como platos, se los frotaba, los abría aun más. Se rascaba la parte de atrás de la cabeza y decía "Sí sí sí". Y excitado volvía a caminar.

Tampoco quitó ninguna traviesa de las vías. "¿Para qué?"-se preguntaba. En el fondo sabía que las cosas que vienen atravesadas son necesarias en la vida y procuraba no darle mucho protagonismo. Solo recorrer con sus dos pies esas dos líneas paralelas(a veces de sólido metal y otras de un cristal exquisito) que se unían en el horizonte como infinitesimales luces de posición.

Mientras se enfriaba el café la contaba todo esto y sudaba y gritaba y estaba excitado, como poseído por una euforia que quién sabía de donde venía. Ella se limitó a sonreir y a decirle:
Estás como una cabra.
Y el la contestó mientras se daba unos golpes en la barriga:
Estaré loco, pero los locos somos los únicos que no descarrilamos.


Trenes desde dentro,

trenes desde fuera,

el café que se enfría

y aquel final de la vía

que nunca llega.