

Todo empieza cuando te das cuenta de que hay algo en tu cabeza que no es como las demás. Que pasas la vida moviéndote de un lado para otro, a toda velocidad, queriendo estar en todos los sitios a la vez, conociendo a todas las personas al mismo tiempo, con los ojos abiertos de par en par. Pero te paras a mirar y a masticar cada momento. Es como el ritmo de un frenético jazz que se mete de repente en un tranquilo blues. Y ya no te hace gracia algunas cosas que al resto de la gente sí. Ya no persigues tener dinero, o una casa gigante en la playa, o un deportivo de lujo. Ya no eres como el resto. Ahora persigues ser feliz con lo que haces, sin importarte lo que piense el resto, persigues ser feliz por dedicarte a serlo. Ya no sueñas con ser un importante arquitecto, abogado o científico. Buscas transmitir sensaciones, buscas transmitir sentimientos y que la gente te comprenda y te entienda y sepan de lo que hablas. Cuando todo esto pasa, debes buscar otra forma de expresar lo que sientes, simplemente por estar vivo, por vivir así. Es la música.
Al cabo del tiempo, te percatas de que solo hace falta un puñado de pensamientos (también valen sueños), coger aire con mucha fuerza y una chispa, una infinitesimal chispa.
Y entonces, todo vuela en mil pedazos y se desata el huracán. Sientes como la furia de la explosión entra por tus manos y recorre todo tu cuerpo y lo llena todo de un color invisible a los ojos de cualquiera. Tu cabeza se eleva por encima del resto del mundo, como si fueses superior. Es difícil de entender, pero lo es mucho más de explicar.
En ese mismo instante, comienza a juntarse todas esas cosas en las que piensas: sabes que en el fondo eres distinto, porque eres feliz y eres feliz de una forma distinta. Eso es al fin y al cabo lo que te hace diferente. Lo que te hace volar. Estas suspenso sobre la cuarta línea del pentagrama, nadando sin saber muy bien a dónde ir.
El siguiente paso es escucharse entre tanto ruido, encontrarse en un mar revuelto y enfurecido. Es entonces cuando saboreas cada nota, cada verso, cada palabra y cada silencio. Sientes que es como un huracán que se desata y te arrastra, pero que también es una manta en una fría noche de invierno.
Vives, sabes que estás vivo porque sientes. Es algo adictivo, es la mayor de las drogas y el mejor de los pecados. Es la armonía, es la belleza, es sobre lo que se apoya toda melodía. Sobre lo que descansan el virtuosismo y la luz. Son los cimientos de la felicidad. Es la clave de Fa. Es vivir sobre la cuarta línea.
Algo golpea tu cabeza, sabes que ha llegado el momento en el que hay que recoger los escombros de la sacudida. Suele hacerse sobre papel. Nacen cosas que jamás hubieses sospechado. Tú no eliges la clave, la clave te elige a tí.
Y luego llega la calma, una euforia injustificada, la felicidad. Lo mejor de todo, es que sabes que va a volver, tarde o temprano. Porque una vez que se prueba, siempre vuelve y cada vez con más fuerza, porque cada vez te vas convenciendo de que eso es tu felicidad y que todo se resume a eso.
Qué fácil es cantar y qué difícil es sentir algo así.
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