Los lobos hambrientos e impacientes. Con la cabeza agachada. A penas vislumbran lo que hay en el suelo. Olfatean. Se miran fijamente por un instante infinitesimal y echan a correr.
El carnero siente frío, sabe que es el frío de la noche. Sabe que ésta es su noche. Su cornamenta oxidada y sus ojos, negros y cansados lo han visto saltar y crecer. Las pezuñas polvorientas sólo saben de kilómetros y sus patas de cargar con el peso de la vida. Pero ya estaban extenuadas. El tiempo.
-Debe estar por aquí cerca-apunta uno de los lobos-debe estar por aquí.
-No te queda mucho tiempo infeliz-sonríe con sorna el otro.
Cuando de pronto, al final de la senda, un claro emerge bajo sus patas. Al fondo un lago hilvanado en negro y con remaches de luz. La luz que suda la Luna en el reflejo del agua, se elevaba, descarada y desnuda al fondo. Entre las tupidas montañas. Al fondo del lago se ve un minúsculo punto blanco alzado entre la suave hierba. Sabe que lo han visto.
Sigue pastando pacientemente. Recuerda cuando era joven y correteaba junto con sus hermanos. Recuerda todas y cada una de sus camadas. Pero también sabe que los recuerdos son efímeros. Como una brisa de aire de madrugada, una vez que pasan no volverán. No está triste. Esta noche le ha dado el trago a la libertad con la que su vida queda totalmente saciada. La libertad que da escribir tu propio punto y final. Se acerca al agua y da un sorbo. Vuelve a mirar a la Luna. Se acercan.
Corren más aprisa. El hambre apremia. Notan el calor de la carne en su paladar y el olor de la sangre. Y este pensamiento no hace más que excitarlos más. Ya queda poco-jadea uno de los lobos-ya queda menos. El carnero siente los pasos a cincuenta metros, a veinte... ya están a su lado. Se da la vuelta pacientemente y saluda de forma cortés.
-Buenas noches amigos ¿qué les trae por aquí?
-Hemos venido a traerte la muerte-dice de forma fría el lobo más flaco.
-Hemos venido a comerte-dice su compañero.
Lejos de amedrentarse, el carnero da un paso hacia adelante.
-Y bien, aquí tenéis mi cuerpo. Tomadlo. Pero antes dejadme disfrutar de la hierba un poco más.
Los lobos se miran y asienten de forma paciente. Se posan sobre sus cuartos traseros y contemplan al carnero comer. Mientras lo hace, el de los cuernos habla:
-¿Apreciáis la vida?
-¿Qué quieres decir?-pregunta el joven con intriga.
-Vosotros, vuestra forma de vida en parte se debe a la muerte de otros. ¿Apreciáis de verdad la vida?-insiste el que fue morueco.
-Claro que la apreciamos. El que no debe sentir aprecio eres tú, que no estás resistiéndote a tu destino.-Dice el joven
-¿A caso sirve de algo resistirse al destino? Aprecio a la vida tanto, que voy a dejar darme muerte por vosotros.
-No digas tonterías, estás completamente viejo y tu cabeza ya no es lúcida.-Vuelve a intervenir el ultimo lobo.
-Vosotros no apreciáis la vida. Tenéis la conciencia de la muerte, la utilizáis para sobrevivir. No os culpo por ello-aclaró-es vuestra naturaleza. Es vuestro instinto. Pero vosotros sufriréis toda la carga de un destino que pensáis que nunca llegará.
Los lobos permanecían en silencio, observando a su inminente presa. El carnero continuaba su soliloquio.
-Cuando sólo te dedicas a matar, no sabes lo que verdaderamente significa la vida. Solo entendéis de muerte. Cuando os llegue moriréis frustrados.
-Estás empezando a hartarme-espetó de forma insolente el lobo flaco-se te acaba el tiempo viejo, tengo mucha hambre.
-Termina tu ultima cena y acabemos con ésto-replica el otro-.
-Yo tengo conciencia de la vida. Sé lo que significa. Sé lo que es el amor hacia otras cosas. Vosotros sois asesinos, pero se os escapa que también algún día debéis morir.
-No digas chorradas, viejo. ¿Quién va a poder con nosotros? somos fieros y peligrosos. Tenemos por instinto el saber matar-se explica el joven.
-¿Qué es la Luna?-pregunta el de la lana.
-¿Y eso a qué viene?-pregunta de forma agresiva el lobo flaco.
-La he visto tantas veces dentro de mi cabeza. Las tinieblas son solo anécdotas cuando viene la Luna y las aparta con la mirada. Con un simple gesto de su suave pecho. Vosotros, que no habéis visto el Sol, no sabéis apreciar el brillo de la noche. La noche brillante.
-Nosotros sí hemos visto el Sol y la Luna-intenta aclarar el joven-.
-Vosotros solo entendéis de cielos sin estrellas. De cosas que no brillan. Estáis apagados por dentro. Cuando intentéis ver el Sol, entonces una Luna siniestra y oscura os apartará. Y la noche de vuestra historia llegará de forma dolorosa. La diferencia entre vosotros y yo, reside en que para mí la Luna que alumbra la noche de mi muerte tiene un resplandor dulce. Yo he vivido viviendo. Vosotros moriréis matando.
Los lobos no parecían entender. El hambre los cegaba.
-Viejo, llegó tu momento, no aguanto más tus estupideces-el lobo flaco estaba furioso-.
-Acabad conmigo cuando queráis. Yo ya estoy preparado. Llevo preparado toda la noche, para mí no hay nada más que pueda hacer. Pero recordad que vuestra muerte no hablará con vosotros.
Mientras el carnero, con mirada tierna y cansada alzaba la vista parar mirar a la dama de las estrellas por ultima vez, los lobos se lanzaban rabiosos a por su presa. Un reguero de sangre llora hacia el lago. Sus ojos no lloran ni lágrimas. Tras acabar la fiesta, los lobos aúllan satisfechos tras el convite.
Se ve la Luna rielar en el cielo, guardiana muda del carnero muerto. La Luna ciega a los ojos de los lobos. Las piernas abiertas encima de la mesa encarando a la muerte con valentía. La muerte reconstruyendo los pedazos deshechos del tiempo. Y la vida, frágil escudo roto de los sonidos sordos del viento en sus cuerpos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario