Al fondo se empiezan a mover.Andan de forma vaga. Son espíritus en traje. Un foco de luz blanca impacta contra el escenario. Un hombre con sombrero, se inclina sobre el micrófono y comienza a hablar en voz baja.
Sean bienvenidos-dice entre susurros-somos Le Grande Jazz Band y espero que les guste la velada.
Sin más dilación y como por arte de magia, comienzan a correr por el escenario. El tiempo se ralentizaba. Un piano viejo y carcomido. Una batería tosca y oxidada. Un contrabajo astillado y descolorido. Un, dos, un, dos, tres y... todo cambia de golpe.
Las yemas de los dedos del pianista percuten la primera nota. Y yo le doy otro trago al whisky. Impaciente. Ansioso. Una segunda nota. Todo va bien-insinúa el contrabajista con la mirada-todo va bien. Con la tercera nota, el batería entra de forma frenética. Me sumerjo. El de las cuatro cuerdas espera un compás...espera otro... y al tercero irrumpe con fuerza. La gente aplaude. Y yo me desabrocho la gabardina. Y la noche... amigos, la noche no sabe del frenesí que nace de ese escenario. Se miran. Cómplices del ritmo. Se mueven. Bailarines de las cinco líneas. Todo salta en mil pedazos cuando el contrabajo comienza a solear. La batería y el piano callan. Escuchan. Esperan pacientemente. Un tipo con sombrero está haciendo vibrar el diapasón a golpe de jazz. Un tipo con sombrero y tirantes blancos.
Bebo whisky al ritmo de los pasos del contrabajo. Agacho la mirada. Cierro los ojos. Y observo. Observo todos los colores que está pintando en la pared de ladrillo de mi cabeza. La misma pared que hay detrás del escenario. Turno del piano. Se sale del guión. Se escapa del ritmo marcado en un principio por el hombre del sombrero. Impone el suyo. Impone su ley. Es su momento. Hay un viejo justo en primera fila. Un viejo con traje. Golpea sus piernas al compás. Comienzo a sudar. La gente pega su cabeza a la mesa y escucha boquiabierta. El piano deja morir el ultimo acorde. El escenario se tiñe de rojo justo en el momento en el que comienza a funcionar el charles. Un señor con turbante y barba larga golpea con sus baquetas de forma magistral. Una lección de cordura a la desatada noche, a ritmo de bombo y platillo. Me imagino nadando en el mar. Me azotan las olas que son del mismo color que el sonido del timbal. Pienso que estoy parado durante minutos, quizás horas mientras el señor del turbante investiga en nuevos sitios.
La luz se vuelve azul. Los tres se unen al vendaval. Efímeros. Desnudos de cara al público. Arrastran su piel con forma de semicorchea por la tarima. Cogen un sonido púrpura. Lo dan la vuelta, lo transforman. Lo tornan verde. Lo amasan en sus manos y lo lanzan al público y lo llenan de color. Escucho las salpicaduras dentro de mi mente. Me termino de quitar la gabardina. Me cambio de ropa. Ahora estoy tan desnudo como ellos. Arrojo mi cuerpo hacia su creatividad. Conocen todos los acordes. Para ellos no hay más armadura que la de sol mayor. El Sol que estaba naciendo de sus manos. Los espectadores mueven el cuello y los hombros. Un nuevo vaso de whisky llega a mis manos. No paro de temblar. El ritmo era ahora caótico. El señor de las baquetas sudaba. Sudaba mucho. Pero tenía dos varitas mágicas en la mano. Las usaba para crear sonidos realmente oníricos. Los pies le acompañaban en su misión. El pianista fumaba. Lo hacía mientras tocaba. En las frases más cortas acompañaba cada calada con una corchea. Y una sonrisa. La sonrisa de saber que está haciendo lo que le da la gana.
Todo transcurre con normalidad. Pero un foco se mueve y se ve pasar a tres hombres negros. Trompeta. Saxo tenor. Saxo soprano. Irrumpen en el sonido dando una patada en la puerta. No llaman. En el jazz nunca se puede llamar a la puerta. Ahora la gente aplaude y se pone en pie. Llega el éxtasis, lo noto. Me quito el sombrero. Fumo y bebo. Y la boca me sabe a su sudor. De repente, el trompetista se acerca al micro y comienza a decir: "dubi, dubi, dubi, damdamdam" y cada vez más despacio y cada vez más bajo. Y se va agachando mientras lo hace. Y el resto de los músicos también. Solo quedan la batería y el contrabajo sonando cada vez menos, siguiendo el mismo ritmo. Una pareja de jóvenes espectadores está apunto de besarse, justo en el momento en el que un aluvión de sonido hace que cejen en su empeño. El amor no entiende de escalas pentatónicas. Todos entran al mismo tiempo. Todos saltan. Incluido el público. Están gritando. Se desata la euforia. Llega el momento del orgasmo. Realmente es frenético. No dejo de beber y de sudar. Estoy excitado. El del saxo tenor se movía con violencia, hacia todos los lados. Agarraba firmemente el instrumento. Al trasluz podían verse las gotas de saliva chocando contra el aire. Como gotas de vapor de agua en un espejo. El humo del tabaco inundaba los rincones. Era el banquete. Opulento. Lujurioso. Y nosotros los invitados de lujo del arte.
La trompeta y el saxo soprano se retan a duelo. Intercambian frases. Cada vez más deprisa. Hasta cansarse y morir extenuados al final del mismo compás. La música va muriendo de forma tenue. Todo va demasiado despacio. Tengo la sensación de haber estado años parado frente al escenario. Poco a poco, los instrumentos van desapareciendo en orden. Van silenciándose. Quedan de nuevo los tres del principio. Cada vez más despacio. Cada vez más lento. Se queda sólo el pianista. Percuten tres notas. Las luces se apagan. Llegaba la hora de la noche. La noche de Le Grande Jazz Band. La felicidad reflejada sobre una partitura. La vida escrita en el libro de acordes.
La vida escrita en clave de jazz.
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