-¿Qué es?-me preguntaste con curiosidad.
-Es un pedazo importante de mí-dije sin titubear-guardo el calor de unos besos, el sabor de unos abrazos y la eternidad de un te quiero efímero. Tan efímero como su pronunciación. Y algunas cosas más...
-¿Y por qué me la das?-tus ojos, siempre tan increíbles, escudriñaban lo que me acababas de quitar.
-Yo no te lo he dado, tú has querido cogerlo... solo... solo ten cuidado con ella, ¿vale?
-¿Cómo no voy a tener cuidado, tonto?-sonreías de esa forma que tanto me gusta-confía en mí.
Sellamos el intercambio con un cruce de miradas. Esos cruces donde todo queda a la imaginación, hasta que salta la chispa que lo enciende todo. Y es entonces dónde nuestros labios se encuentran y todo vuelve a tener sentido.
Pero debes de tener en cuenta, que no sólo te he dado una caja de cristal. Es mucho más importante que eso. Es lo único que me mantiene aferrado a la vida, es mi felicidad entera. No es un juego cualquiera. Antes tenía miedo de perderla... ahora tengo miedo de perderte a tí. Tengo miedo de despertar y no encontrarte a mi lado. Tengo miedo de que venga un huracán y te lleve lejos de aquí con un soplo. Tengo miedo de que desaparezcas tú, contigo mi caja y mis ganas de vivir. Algo mayor que el miedo a la muerte: es el miedo de no volver a verte. Mira dentro. Mira bien, porque lo que encontrarás dentro del arca, no es otra cosa que tú. Y el miedo... el miedo desaparece, cuando vienes y con tu sonrisa apagas la luz.
No te vayas y déjame contemplar tu oscuridad a solas un rato más. Déjame aquí contigo, que de todo el miedo, lo único que conseguí olvidar, fueron los amargos besos de la vacía soledad.
Y la caja... la caja es simplemente nada comparado con lo que me haces sentir.
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