Hace un año más o menos, comencé a leer un libro. Creía que era tópico aquello de que hay libros que pueden cambiarte la vida, pero este lo hizo. Una frenética aventura del asfalto en plenos años 50.Me atraparon sus frases cortas y directas como un gancho de derecha sobre mi, hasta entonces, embotada cabeza. Frenesí, velocidad, alcohol, sexo, demencia...ángeles al fin y al cabo.
Gracias a Jack Kerouac, por abrirme los ojos, los ojos a la carretera, la larga carretera que es la vida. La cual da igual que recorras rapido o despacio, jamás llegarás a saber lo que hay al final, o quizás sí. ¿Quién sabe?
Vivir todo tan intensamente...
Una sensación extraña, medianamente eufórica, recorre tu piel y entonces dices "¡Sí, sí, sí...!" te paras a saborear el aire y el momento, recorres con tu vista el mundo que te envuelve, te arrascas la barriga con una mano y continuas tu viaje, hablando, sin parar de hablar, porque hablando conoces todo.
Vivir intensamente, es como viajar aferrado al volante mientras aceleras en una recta kilométrica, es sentir el viento en la cara, es analizar cada segundo, porque un despiste puede resultar fatal, son colores, olores, sonidos... simplemente es la carretera.
Desde entonces tengo anhelos de coger el coche, una canción, una ruta hacia ningun lugar... y desaparecer.
Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida, mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.
Soñar con una carretera infinita, un coche veloz y unos ojos de mujer al final del camino.
Gracias Maestro.
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