martes, 12 de octubre de 2010

La ultima gota II

Estaba atrapado en la oscuridad de la tenue luz salida de una raída lámpara de mesa. Alumbraba varias cosas: las paredes de yeso cerosas por el paso del tiempo, como magnesita; la mesa de madera vetusta y astillada de cedro; al fondo, mi maltrecha y cetrina cama, deshecha, como siempre. También alumbraba un cuadro de un jarrón de flores amarillas, oxidado y polvoriento. La suave luz, lo acariciaba todo. Menos mi negra alma.

El ventanal de mi sórdida celda, anunciaba la tempestad de la noche. Lluvia. Y deseé tenerla a mi lado, más que nunca en esa noche. Más que nunca en mi vida. Pero jamás vendría. El silencio de mi tormento, sólo se veía empañado por cuatro gotas que se inmolaban contra el cristal y el rasgar de mi pluma en un cuaderno viejo y marrón. Intenté algún soneto triste en forma de despedida. Intenté recordar cuando ella estaba, pero en mi interior sólo había frustración, rabia y dolor. Sólo recuerdo que escribí y bramé a la vez "¡VUELVE!". A continuación un alarido desgarró mis cuerdas vocales y mientras arrancaba la hoja de su espiral, comencé a llorar de forma tormentosa. Golpeé, la mesa con el puño cerrado, arañé mi cara y sentí el fuego del averno quemando mi vacío estómago. El dolor se apoderaba de cada músculo de mi cuerpo, la piel fría como el acero que me atravesó las entrañas el día que se fue.

Comencé a temblar, a toser y a blasfemar. La boca me sabía a sangre y cada vez me costaba más respirar. Pero nada era comparable al dolor que me producía el rememorar el brillo de sus ojos, cuando se despertaba a mi lado. Cada vez quedaba menos tiempo y yo lo sabía. Me puse en pie por ultima vez para intentar desvanecerme. Si abrazaba a la muerte, quizás pudiese contemplarla desde las brasas del infierno, feliz y risueña, en su nube azul. Bendije el veneno del ofidio que había llenado de ponzoña mi ser. Por un momento me hizo olvidarla.

La noche me abrazaba, llegaba con paso firme, señalándome con su acusador dedo. Por fin me uniría al silencio, quizás así la volviese a ver.
Mi cuerpo se desplomaba como por prestidigitación. Caí de bruces contra el suelo, ya no podía moverme y el dolor desaparecía por momentos.

Noté que volvía el calor de sus besos, el tacto de su piel y el olor de su pelo. Escuché su voz y contemplé absorto su silueta en el umbral de la puerta. Cerré los ojos y la ví. La última gota resbalaba por mi mejilla, transparente, burlona y atrevida.

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