El leve tintineo de mi maltrecho corazón me recordó que me estaba parapetando sobre una losa trasparente de felicidad. Vacía de todo ingenio. Colmada de soledad. Ella se marchó aquella mañana y yo me derrumbaba aquella noche. Cuando creí haberla atrapado, se me escapó de nuevo y para siempre. Ahora yace mi cuerpo en la celda de mi mente, prisionero de su deseo. Condenado a la cadena perpetua de su pérdida y al impasible latir del reloj, que marcaba cada segundo. Segundos que se clavaban en mi dolor, como una eternidad. Entre las cuatro paredes de mi cuarto, lo único que quedaba con vida eran las palabras que lloraban mis manos.
La ultima gota abrasaba todo mi ser. Ya no recordaba nada: si comencé a beber porque ella me dejó... o si me dejó por comenzar a beber.
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