sábado, 16 de enero de 2010

El infinitésimo bohemio

1. Las raíces

... La una y media de la madrugada en el reloj del bar.
¡Hora de cerrar!- gritó el camarero, de cara bonachona y bigote tosco. Tuvo que apurar lo que le quedaba de whisky, cuando logró ver el fondo del vaso limpio, se dió cuenta de que la marea etílica le había arrancado lo poco que le quedaba de garganta... y las menos ganas de vivir.
"Pobre infeliz"- se repetía sin cesar- "pobre infeliz..."
Dando tumbos, como un elefante al que le falta una pata, se despegó de la barra americana, de aspecto rústico, se dio la vuelta para contemplar por ultima vez las cuatro ventanas que daban a la calle, la máquina tocadiscos de atrezo, que no pegaba para nada con la estética del bar, pero que estaba alli por algún extraño motivo. A la izquierda y a la derecha, sillas de madera de pino, al lado de mesitas de cristal.

Sólo había tres personas en el bar, el camarero; el jefe, algo mayor y desgastado como para intentar echar a un borracho, probablemente problemático y "el pobre infeliz". Justo antes de tambalearse contra la puerta de salida, el camarero le gritó que si quería ayuda. Se limitó a emitir algo que parecía un gruñido y atravesó el umbral que lo separaba de la fria calle.
Setecientos cincuenta centilítros de whisky, una botella entera, recorrían sus venas abrasando cada milímetro de su piel. Había llegado al punto, a ese al que quería llegar, a ese al límite de la oscuridad total y la lucided extrema. Ahora podría, por fin, hablar con él mismo. Sin interrupciones. Delante de sus ojos solo había un solar vallado, el cual parecía que iba a ser transformado en un bloque de pisos en breve.
"¿Izquierda o derecha?"- pensó. A la izquierda del bar, subía una callejuela que discurría a lo largo del entramado de edificios blancos y farolas amarillas. A la derecha, un puente de piedra
que llevaba al mar, el mar de Granada, el mar por el cual lo había dejado todo. El mar de los ojos de ella. Le quedaba algo de dinero, volvió sobre sus pasos y entró en el establecimiento.
Si necesita usted ayuda no dude en pedirla-le dijo de forma amable el camarero. El triste caballero logró articular un sonido que parecía una frase completa. "...me... orra.. po..potecha.. orr...faó...". El dueño del bar lo entendió e intentó decirle que no debería beber más. Parece que su avanzada edad le había hecho olvidar, lo dificil que es intentar razonar con un hombre que se acaba de fumar una botella entera de whisky. El borracho prosiguió: "...engo...el...inero..." y sacando un billete de diez euros se los entregó al camarero. "Po...te...lla...de...vino..." lo dijo tan alto y contundente e iba tan bien vestido, que parecía mentira que un hombre con ese porte bebiese de tal manera. Al dueño del bar le dió mala espina, para evitar problemas, aceptó el dinero, y decidió darle una botella de vino. Se quedó con el cambio. "Grrrcias...".

Se lanzó a por la puerta como un león hacia una gacela, botella en mano. Se dirigió hacia el puente, demasiado rápido, tan rápido que trastabilló y calló al suelo. Por suerte para él su botella y su traje permanecía intacto. No sintió dolor al estar anestesiado, el mundo le daba vueltas. Destapando la botella, comenzó su apasionada y tan esperada conversación con él mismo. La mejor manera de comenzar a hablar, cuando estás solo, es pensar que te ha hecho llegar a esa situación. Empezó desde el principio.

Se llamaba Daniel, tenía 23 años, una mirada oscura y afilada, como las facciones de su cara, el pelo castaño y algo rizado. Un metro setenta y cinco de estatura, complexión normal. Ni barriga, ni fibra, en general, era un jóven atractivo a simple vista. Era el invierno de 2005 y se encontraba en Granada, a 600km. de su hogar en Madrid. Hacía ya meses de aquel día, el día que cambió todo para siempre.
Durante el verano del año pasado, mientras estaba de vacaciones con sus compañeros de universidad, conoció a Beatriz. Andaluza de pura cepa, un año mayor que Daniel, ojos oscuros, melena negra, tenía hasta un lunar encima del labio junto a la nariz, que no hacía otra cosa más que realzar más sus ojos negros. Un metro sesenta de cuerpo. Un cuerpo al que Daniel juró tributo, pues nunca en su vida habia visto una mujer así, hasta esa noche. Tenía que hablar con ella, como fuese.
Aquella noche correspondía a la segunda de las vacaciones, que iban a durar aun diez dias más. La atracción fue mutua desde el primer momento y a la noche siguiente, Beatriz consiguió apartar a Daniel para ir a dar un paseo nocturno por la playa, de esos que siempre terminan "mal".
Fueron callados todo el camino, los dos lo sabían, sabía que todo era inminente, ya estaba todo hablado desde la primera vez que se miraron a los ojos. Se sentaron a escasos metros de la orilla. Se miraron, saltó una chispa. Una chispa que incendió sus labios. Daniel paso su mano por detrás de la nuca de la chica y la enredo en su pelo. En el momento en el que sus bocas se encontraron, comenzó a brillar una luz blanquecina en medio de la noche. Aquello no podía terminar. Se besaban apasionadamente, mientras se desnudaban por la arena. Beatriz no era una chica que se acostase con cualquiera, de echo su historial sexual era escaso, solo habia tenido relaciones con dos chicos, en dos relaciones largas. Pero esta vez era diferente, su cuerpo y su corazón la pedían que se dejase llevar. Daniel no se ponía freno... se estaba enamorando. Sus manos se perdían por sus cuerpos, cada milímetro de piel estaba al rojo vivo, sudaban, se llenaban de arena, suspiraban. Hicieron el amor en la playa y después se fueron a dormir al apartamento de él.
Al despertar, los dos abrazados, se dieron cuenta de lo que pasó: se habían enamorado.

Las vacaciones terminaron, fue un dia triste, pero no iba a ir a más. Tenían sus correos electrónicos y ambos tenían ya edad como para poder viajar con frecuencia. La relación continuó, sin ninguna complicación.
A los dos meses y dejándose llevar por su espíritu y sus sentimientos, Daniel se fue a vivir a Granada. Abandonó la universidad y a sus amigos y se fue sin más a vivir en una habitación de alquiler, puesto que Beatriz vivía con sus padres. Ella trabajaba. ¿Una temeridad? es posible, pero Daniel sentía que si dejaba escapar la ocasión, él ya nunca sería feliz.

En el puente, nuestro borracho protagonista soltó una carcajada a gritos... "¿...tiemerridazz? HAHAHAHA... be rio cho..." (¿Temeridad? jaja, me rio yo).
Todo el mundo tiene raíces... y si no se riegan, la planta se muere. Daniel comenzó a darse cuenta de que quizás la planta no murió por no regarla, sino porque la segaron el tallo.

Continuará

1 comentario:

  1. joer... pues a ver si llega pronto el continuara.

    sin lugar a dudas eres un escritor nato!!!

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