El reloj intentaba darnos patadas en la espalda, mientras yo me dedicaba a pintarte corazones en la tuya. Eran caricias convertidas en cuchillas. Notaba su filo en mi cuello, yo simplemente me dejaba cortar. La respiración era cada vez más intensa y el sudor comenzaba a bañar nuestras caras. De pronto me cogiste de la mano y me llevaste a ese lugar donde todo tiene sentido. Estábamos los dos completamente desnudos. Recuerdo que no quería pintar otras palabras que no fuesen las de tu cuerpo.
La luz de plata que entraba por la ventana bañaba tu pecho desnudo. Nos pusimos a volar sin despegarnos del suelo por un instante. Y aunque era pleno otoño, en ese mismo momento apareció la primavera y arrasó el paisaje de hojas secas. Con un soplo de viento. Con el aire que exhalaba tu boca, más fuerte que el rugir de cien huracanes. Nuestras manos jugaban a perderse y a encontrarse constantemente. Nos mirábamos fijamente con los ojos cerrados sin saber muy bien dónde estábamos. Pero con la seguridad de que encontraríamos todo lo que quisiéramos. Ya no recuerdo demasiado bien si estaba sobre tí cuando llegó la tormenta. Porque sin previo aviso, de la nada apareció una tempestad, llegaba el momento de lanzarse al mar. Llegaba el momento de abrazarnos sin más. Clavabas tus dedos en mi espalda. Mis oídos escuchaban como el temporal azotaba nuestros cuerpos. Y de como aquella noche, nos dejamos llevar en el más enfurecido de los océanos.
Muerta la tormenta, quedaban solo dos cuerpos despedazados del amor. Dos cuerpos simples y desnudos, esclavos mutuos. Inseparables y frágiles. La estrella azulada que nos iluminaba iba dejando paso a un sol dorado. Esta vez nos encontró amándonos tras las sábanas. Esta vez, cuando amaneció, el cielo vio dos caras. Yo veía solamente una. La tuya. La más bonita que jamás vi. La única a la que quise. La única que querré.
Increible! (L)
ResponderEliminar