lunes, 29 de agosto de 2011

Memento II

Verano se marchó, igual que Amor, el día que apareció Soledad. Ya no sabía cuánto tiempo llevaba tirado en la cama cual muñeco roto. Todo estaba a oscuras, no me apetecía moverme. Me dolían los huesos, estaba sudando y tenía la boca seca. Me encontraba vacío y además estaba comenzando a llover. Prendí una vela con la única intención de no hacerme daño en las pupilas.
Resulta irónico ver como los humanos hacemos lo mismo con el amor. Después de años a oscuras nos atrevemos a iluminarlo todo con una ignorancia invencible. Presos de nuestras convicciones, de nuestras ilusiones, encendemos velas cuando creemos que todo se puede arreglar. Se nos olvida que es un arma de doble filo: puede iluminar, pero también puede quemar. A mí me habían quemado tantas veces, que ni en las yagas de mi piel surtía efecto el duro golpear de la sal. La sal de la espera, la sal de querer llenarlo todo de luz y no tener ni un triste fósforo. Pero no debemos culparnos por ello, lo llevamos en nuestra condición. Eso es lo que nos hace vulnerables y a la vez invencibles.

El candelabro dio luz a todo aquello que recordaba. Todo estaba en su sitio. Tras la pared los ronquidos de Soledad retumbaban en mi sien. La aparente calma me hizo sentir en la boca del lobo, tenía que escapar de allí pero no dejaba de llover. Abrí un cajón en busca de papel, una bala o cualquier otra cosa que me ayudase a escapar de la realidad en la que estaba sumergido. Encontré los llantos de Tristeza guardados en un tarro de cristal. Me los bebí como elixir, para evitar el dolor... pero fue mucho peor.

Acariciaban mi garganta con su calor, pero a cada paso que daba me desgarraba por dentro. Y entonces sucedió: un mar negro de olas de piedra saltó de mis ojos al vacío. Noté liberar la furia de un ánima enjaulada para la eternidad. Estaba desgarrado, retorcido y solo. Solo. Tan solo que Soledad calmó su insoportable roncar. Abrí la puerta y las escuché reír. Tristeza había dejado esas lágrimas guardadas hacía tiempo y ahora me esperaba con su amiga. Se reían de mí, estaba desnudo, indefenso.
-Mírale, tan endeble-apuntilló Soledad-todo por ese estúpido manzano del patio.
-Tan endeble como todos, Soledad. No hace falta ver su cara, ni saber lo que piensa. Débil. Débil.
Acto seguido empezaron a cuchichear y a reírse de forma estridente.
-Vencido por Amor, abandonado a Otoño sin el calor de su piel-mascullé casi sin vida-y vosotras sois tan amargas...

Después me derrumbé por completo sobre mis piernas y caí al suelo, desplomado, sin aliento. Se callaron. Saboreé el silencio, el dulce silencio que me recordaba a la marejada de sus pupilas. El fuego del averno que escapó de Satanás y se encadenó a mi piel el día que apareció Amor estaba apagado. La lluvia lo mojaba todo dentro de la casa, todo menos a esas dos.
-Levántate maldito imbécil, eres igual que el resto. Nosotras hacemos lo que queremos con vosotros. Estáis a merced de nuestras olas-dijo Tristeza.
-Mira tu estúpido manzano, sigue en pie pese a la lluvia. ¿Y tú? ¿no deberías ser feliz? consigues que algo artificial se mantenga pese a la tormenta. ¿No es eso lo que os gusta a todas las personas? lo artificial, lo que no es verdad. Lo que os empeñáis en maquillar y no veis. Sois ciegos y cuando veis las consecuencias de vuestra superficialidad, deseáis la muerte. Nos dais pena.-espetó Soledad.
-Dejadme aquí. Dejadme morir. Dejadme recordar... dejadme encerrado dentro de mí.

Y Otoño se descargaba contra el manzano que no dejaba de sonreír. Otoño se encargaba de deshojarme por dentro como una margarita. El viento arrancó el collar de sonrisas desdibujadas que tenía atado al cuello. Pintó de gris mi desencanto y a cada desencuentro le salió un cuervo, preparados para atacarme los ojos. Los ojos que antes brillaban por Amor y que alguien, no sé quién se encargó de apagar.

Recordar tu sabor, dejarme llevar por tu olor. Merodear cada palmo de tu piel, Amor. El dolor se apoderaba de cada gota de sudor de mi frente. Cerrada la mente, la imaginación muerta y mi cuerpo... Alguien llamó a la puerta.
Decidí no levantarme en años.
Para nunca más decir adiós.


lunes, 8 de agosto de 2011

Memento

Soledad llegó a las 9 de la mañana. Vestida con harapos, despeinada, maloliente y desnutrida. No llamó al timbre, entró con su aire tosco, como un disparo de sal. Dejó las maletas en el umbral de la puerta y atravesó el salón sin pestañear, sin mediar palabra. ¿Qué demonios haces ahí sentado?-espetó-He venido a hacerte compañía. Esgrimió después una de sus grises sonrisas y sacó del bolso una petaca de ese licor tan sumamente adictivo al que llaman Melancolía. No quería beber, pero mis labios dieron el primer sorbo cuando Amor cruzó esa misma puerta que había cruzado Soledad en sentido contrario. Lo sirvió en el vaso más vacío y sucio de la mesa.
-Se ha secado el manzano del patio de luces, Soledad-expliqué-no sé si fue por dejar sus semillas marchitar, o si mi profunda ansiedad no me dejó ver su primavera y el panal que colgaba de sus frondosas ramas.
-¿Por qué tan triste? Se ha marchado. Bebe y calla-ordenó mientras se rascaba su sucio pelo.-No necesitas más explicación. Hasta al más sano arbol caduco le llega su octubre.
-¿Por qué llegas tú? al cabo del tiempo, cuando menos te necesitaba, vuelves y me golpeas con tu fétido semblante.
-Estoy aquí porque soy lo ultimo que te queda. El refugio de las horas muertas de tu cerebro, el filo del hilo que separa tu mente de la desesperación de la pérdida. Soy tu frustración y créeme, te he acompañado de lejos hasta cuando el manzano estaba en flor. Muchacho... la Melancolía es un licor muy caro y es la resaca de Amor.
-Amor se fue hace años... pero el arbolito parecía sano...-una lágrima calló de mis ojos al vaso.
-Parecía sano porque te mantenías en prorrogar su agonía con estúpidos y artificiales cuidados.
Te empeñabas en mantener vivo algo que no era Amor, era un simple arbol... por muy dulce que fuese la miel de su panal.
-Era todo tan parecido... se marchó.-En ese mismo instante, mientras cerraba los ojos buscando una respuesta que generaba, si cabe, más preguntas, Soledad besó mis labios. Fue como besar la boca a la muerte. Fue como arrancar una parte de mi interior, de lo más profundo. Fue desterrar el recuerdo de Amor para siempre.
-Y ahora que te he besado-concluyó-recuerda que esta noche, dormirás solo.

Y se marchó. Igual que se marchitó el manzano. Igual que se fue Amor. Cerrar el balcón de sus ojos.
Para nunca más decir adiós.

viernes, 17 de junio de 2011

Los viajeros


Un nuevo cruce de miradas, bastó esta vez para encender la tormenta. La chispa iluminó la habitación. Pared con pared. Y un sonido seco. Sordo. Las puertas abiertas manchaban mis manos de gris y de aquel olor a tierra mojada que jamás olvidaré. Locos. Haciendo eso que tan sólo sabíamos hacer, llenarlo todo de color.
Y el reloj corre y el tiempo grita. Presos del insomnio redecoramos la vida a nuestro antojo. Amantes de la calle, como si fuésemos gatos callejeros: quizás ella estuviese en ese antro. En la autopista de la vida nos colocábamos en primera posición día tras día, teníamos una baraja de sensaciones, donde la euforia era la carta más repetida. Vivíamos sin control como la bala que sale del cañón de un borracho, sin rumbo fijo. Todo daba vueltas noche tras noche. Teníamos el ímpetu de un león y la piel del lobo que se ha comido tres corderos.
Sonando en el compacto la canción Freedom de aquel guitarrista negro que grabó su nombre en la historia de la música. Enroscábamos el coche a 200 por hora en cualquier callejuela, frenábamos, dábamos marcha atrás y saboreábamos el aire. Por si acaso, al ir tan deprisa, nos hubiésemos perdido algo. El ácido recorría mis venas como un corredor de maratón. Todo era color, los sesenta jamás acabaron dentro de mi cabeza. Y cada vez que cogía un vaso era para ver su cara en el fondo. Al querer besarla, a cada beso que le daba, el vaso se terminaba, sin querer. Y por besarla me embriagaba y sólo nos dedicábamos a correr. A correr y a sudar. La Luna nos miraba y nos decía que nos esperaba, que nos acostásemos con ella, pero yo sólo la quería a ella.
Pero no había tiempo que perder, la noche, cuanto más joven parece, más pronto muere. Y yo soy joven y tengo la sensación de estar muriendo, tan, tan deprisa, que no me quiero perder nada. Quiero viajar sin despegarme del suelo. Como viajaron aquellos héroes. El sonido inunda mis sienes. A cada latido que va y viene, cambia de color. A veces es blues, a veces es jazz, a veces es rock.
Necesitamos respirar el aire cortando nuestra cara a toda velocidad. Necesitábamos cualquier papel para fumarnos la felicidad y el Sol... el Sol sólo significaba que teníamos que irnos a nuestro ataúd. Vampiros del orgasmo. Muertos de la soledad. Aunque en mi cabeza sólo estuviese yo. Aunque en mi cabeza sólo estuviese ella y todo lo demás... todo lo demás jamás me ha importado. Tan sólo saber... tan sólo, que mañana la volveré a ver. El tren nunca frena.
Éramos como piedras lanzadas de la mano del mejor postor. Y como la noche, pensábamos que aquello nunca, nunca terminaría.
Como lo que siento cada vez que bebo y la veo. Como lo que siento noche tras noche desde que no la veo. Y aunque jamás te lo haya dicho, yo también, yo también te sigo queriendo.

Y ahora... sólo quedan restos de éste cartón deshecho, chupado por algún viajero del tiempo.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Seré

En los momentos difíciles, yo seré tu amuleto, seré tu escudo, seré la luz que nunca se apague. Seré las alas que te ayuden a sortear los abismos que te tenga reservada la vida. Tendré siempre una palabra, o dos, o tres, o las que tú quieras, para tí. Tendré una hora, o dos, o tres, o las que tú quieras, porque de mi tiempo eres dueña. Y de mi vida entera.

Seré los brazos que te abracen, seré los hombros donde apoyarse. Seré las piernas para aguantar el peso de tu pena cuando estés triste. Seré la sonrisa que decorará tu alegría cuando seas feliz. Seré los ojos que te miren, seré los oídos que te escuchen. Porque nunca he contemplado algo tan suave como tus ojos. Porque nunca he escuchado una voz que brillase tanto.

Seré tu sombra en verano, seré tu refugio preferido en invierno. Pues yo quiero ser tu primer y único pasatiempo. Estaré ahí cuando tropieces, estaré allá donde caigas. Sólo para asegurarme de que te vuelves a levantar. Seré la calma y la tempestad cuando nos amamos a oscuras. Tendré cada milímetro de mi piel reservado para tí. Tendré cada gota de mi alma en tarros de miel para tí, para endulzarte la boca con cada mordisco que me des.

Seré el camino cuando quieras andar. Seré el sauce y la sombra cuando quieras descansar. Me volveré tu canción preferida, me volveré tu paisaje preferido. Voy a aprenderme de memoria tu cuerpo. Seré el manto que cubra tus sueños, porque sé que estás soñando conmigo. Cuando te miro y duermes, cuando te miro y sonríes. Seré la vela que espante tus pesadillas.

Seré la espada con la que disipes las tinieblas, tendré mi filo preparado para acabar con cualquier cosa que quiera hacerte daño. Quiero ser la virtud de tus defectos, quiero ser los defectos de tu virtud. Porque yo, al igual que tú, no soy perfecto. Porque tú para mí eres el mundo.

Y yo seré el mundo por tí.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Fiebre

La fiebre está subiendo por momentos. O eso creo. Llevo dormido dos meses o quizás dos horas, no logro saber cuánto tiempo llevo tumbado en esta posición. Quizás no esté dormido, no lo sé. La fiebre no para de subir. Oigo voces. Nadie me llama. El frío se apodera de mí. Crece como un bloque gigante de hielo en medio de un riachuelo. Está secándome por momentos. Llega el dolor con su triste balada. Oigo una música repetitiva y monótona. "Pa-pum-pa-pum..."y un susurro calamitoso. Yo soy el que susurra. Creo que me cuesta mantener la respiración. No puedo moverme. No puedo abrir los ojos. Tal vez el problema sea que no logro cerrarlos. Siento un punzante dolor en la cabeza. Noto como crecen mi pelo y mis uñas. Me raspan y me pinchan. Las sienes me palpitan y me arde la frente.

Estoy encerrado entre cuatro paredes blancas. No las veo, pero sé que están ahí. A solas con el olvido. No corre el viento. Intento pedir ayuda pero cuando mi voz, rota por el dolor, intenta articular una palabra se derrumban en el silencio que me atormenta. La fiebre no para de subir. Intento ponerme de pie. Vencer los puñales que se clavan en cada poro de mi piel. Y cuando creo haberlo conseguido vuelvo a caer de espaldas por enésima vez. Tengo la boca seca. Tengo los labios cortados. Este maldito frío está acabando conmigo. Sé que hay agua por aquí cerca. La huelo. A tientas alcanzo un vaso. Pesa muchísimo. Uso mis dos brazos para conseguir llevarlo a la boca. Cargando con todo el peso de mi cuerpo para conseguirlo. Estoy muy débil. Mis manos no aguantan la presión. Cuando el agua está a punto de mojar mis labios, ésta se evapora. El vaso se cae y se rompe en mil añicos. Desaparecen. Pero sé que hay otro vaso cerca. El agua que contenía comienza a expandirse. En cuestión de segundos todo se llena de agua. Está congelada. El nivel no para de subir hasta que me sobrepasa. Intento nadar pero no puedo moverme. Me estoy ahogando por momentos. Cuando estoy a punto de morir, el mar desaparece y caigo al suelo desde lo alto del techo.
Todo está oscuro. Pero las paredes son blancas. Yo las veo. No hay luz. Pero sé que son blancas. Sé que hay un vaso de agua. Sin embargo no puedo. No puedo luchar. Con las pocas fuerzas que tengo me llevo las manos al rostro. Comienzo a emitir lastimeros sonidos y a intentar llorar. Pero cuando las lágrimas están a punto de brotar para sanar mi llanto, vuelven hacia adentro y desaparecen. Dejándome en el cruel limbo previo de forma ilimitada.

No tengo hambre. Si comiese algo vomitaría. Pero de pronto tengo la boca llena de algo que detesto. No sé qué es. Pero no me gusta su sabor. Sin saber por qué comienzo a masticar y a tener nauseas. No quiero tragar. No quiero tragar. Toso y me atraganto. Se provoca una arcada. Pero no logro vomitarlo. Me arde el estómago. Siento como se contrae de forma violenta. Intento llorar. Intento gritar. Pero ni las lágrimas ni la voz acudieron a mi velada con el dolor. Quiero que esto se acabe. Rezo porque todo acabe. Así lo parece, cuando de pronto se abre al fondo una puerta. Veo luz. Una luz blanca. Pero la habitación blanca sigue a oscuras. Esta vez si consigo ponerme en pie y avanzo hacia la salida. Cada paso que doy se me clava como una daga afilada en cada centímetro de mi pecho. Se hunden hasta la espalda. Pero cada vez estoy más cerca. Lo estoy consiguiendo. Cuando estoy a medio palmo del umbral, me derrumbo. Me derrumbo entre un terrible sufrimiento. Mi voz consigue arañar un graznido. Y de nuevo vuelven las ganas de llorar al comprobar que ahora me encuentro de nuevo tan alejado de la puerta como al principio. Esta vez incluso más alejada. Sigo intentándolo. Una y otra vez. Una y otra vez. Sigo callendo. La puerta se sigue alejando cada vez más. Hasta que se pierde en la lejana oscuridad. Una mano me golpea con fuerza el pecho y ruedo entre gemidos. No sé que he hecho para merecer algo así. La música y las voces siguen sonando. Esta vez más fuerte. Me retumban en los oídos. Los intento tapar. Pero cuando lo consigo se vuelve más intenso todavía. Me arde el cuerpo. No logro escapar de esta pesadilla. No logro saber cuánto tiempo llevo así. Ni quién me ha llevado a este sitio.

Ahora estoy desnudo. Completamente desnudo. Y oigo unas risas estridentes. Me señalan con el dedo y gritan. Se ríen de mí. Rezo porque venga la muerte. Pero solo vienen los ecos de las carcajadas a ahondar mi profundo y enterrado cerebro. El frio no deja de perseguirme. Araño mi cara. Me produce un dolor indescriptible. Creo que he comenzado a sangrar. Oigo unos pasos que se acercan. Quizás sea ayuda. Quizás acaben con mi dolor. Pero cuando están tan cerca de mi que casi podría tocar los pies que producen ese sonido, desaparece. ¿Por qué no desaparezco yo? la eternidad me aguarda. Me lo está diciendo al oído. Me dice que no me lo merezco. Pero que me ha tocado a mí. A continuación unos labios me besan arrancándome cualquier esperanza por intentar salir de aquí. Y se esfuman, junto con mis pocos recuerdos de la felicidad. Me aguarda una noche infinita. Entre cuatro paredes blancas. No sé si estoy tumbado. No sé si estoy de pie. No recuerdo mi cara. No sé he muerto. No sé si volveré. No sé dónde está la salida. Sólo sé... que la fiebre no para de crecer.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Campo

Me educaron para ser libre. Me educaron en los remolinos de luz que hay en los molinillos de entre el centeno. Y la espada entre la pared muda y hueca, donde ya nadie cabe, donde ya nadie habla. Ataúd con ataúd. Piedra con piedra. Me educaron para ser libre, señor. En tierra de yuntas. En tierra de martillo y pan de hogaza. Me educaron para ser como el viento, fluido, transparente y con ganas de soplar siempre. Para tener la felicidad en la frente y la dulzura en los balcones de mis pestañas cuando me atrevo a mirar, no hace falta nada más, que un corazón que quiera latir. Del campo soy, del campo vengo y contando las veredas, entre el trigo, yo me entretengo. Señor, soy indomable. Y si al yugo me quiere someter, ha de saber que con mi cayado se encontrará. Cara a cara. Que no hay más que lo que uno pueda perder, que no se pueda soñar. Y aunque no tenga dinero como usted, señor, en esto del soñar no me gana ni dios. Me educó el Sol de la jornada, y mi piel en bronce tornó. Labios deshechos por la fuerza del adiós de quiénes me rodearon. Ojos forjados a fuego de la fragua y al acero de las palabras. Lágrimas que jamás vieron nacer una penuria mía al alba. Soy el hijo del trueno, la centella relampagueante del que interponerse ose. El azote del mar cuando con su fuerza rompe las rocas de su señorío, señor.
Me compré unos zapatos raídos, con el sudor del amor de mis padres, señor. Y los zapatos que usted calza, no son más que pura lisonja, de capricho que en su egoísmo aloja y no quiere sentir. La sangre de los míos, jamás verá perecer. Pues es pura e inagotable, es incorruptible y es noble. Me río de sus lisonjas, del atropello que me provocan sus limosnas. En el campo mis manos aprendieron los colores y mis oídos rozaron las nubes. Y usted, llegado de la gran urbe, de esa nubosa y ponzoñosa sierpe gris. Usted educado por maestros nulos, por gente que no sabe nada y se creen que sí. No le queda nada más que un semblante, aparentemente majestuoso y un recuerdo luctuoso. Yo me críe así, víctima del mandil, de las mulas, del molino. Martir incansable de mi labor, porque a diferencia de usted, señor, a mí me sigue latiendo el corazón.

Porque yo nací de la cebada soñando, de la cochiquera medrando y usted, señor, no.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Miedo

Era ya casi de noche, cuando decidí entregarte una caja transparente con todo lo que soy dentro. Tenía miedo a que alguien la robase sin pedir permiso. Tú tampoco lo pediste. Abriste la puerta de un empujón. Yo simplemente sostenía la caja con los brazos extendidos al otro lado. Con los brazos extendidos y una sonrisa leve. Pero la cogiste con firmeza y la arrancaste de mi cuerpo de madera. Sin despeinarte y tan bonita como de costumbre.

-¿Qué es?-me preguntaste con curiosidad.
-Es un pedazo importante de mí-dije sin titubear-guardo el calor de unos besos, el sabor de unos abrazos y la eternidad de un te quiero efímero. Tan efímero como su pronunciación. Y algunas cosas más...
-¿Y por qué me la das?-tus ojos, siempre tan increíbles, escudriñaban lo que me acababas de quitar.
-Yo no te lo he dado, tú has querido cogerlo... solo... solo ten cuidado con ella, ¿vale?
-¿Cómo no voy a tener cuidado, tonto?-sonreías de esa forma que tanto me gusta-confía en mí.

Sellamos el intercambio con un cruce de miradas. Esos cruces donde todo queda a la imaginación, hasta que salta la chispa que lo enciende todo. Y es entonces dónde nuestros labios se encuentran y todo vuelve a tener sentido.

Pero debes de tener en cuenta, que no sólo te he dado una caja de cristal. Es mucho más importante que eso. Es lo único que me mantiene aferrado a la vida, es mi felicidad entera. No es un juego cualquiera. Antes tenía miedo de perderla... ahora tengo miedo de perderte a tí. Tengo miedo de despertar y no encontrarte a mi lado. Tengo miedo de que venga un huracán y te lleve lejos de aquí con un soplo. Tengo miedo de que desaparezcas tú, contigo mi caja y mis ganas de vivir. Algo mayor que el miedo a la muerte: es el miedo de no volver a verte. Mira dentro. Mira bien, porque lo que encontrarás dentro del arca, no es otra cosa que tú. Y el miedo... el miedo desaparece, cuando vienes y con tu sonrisa apagas la luz.

No te vayas y déjame contemplar tu oscuridad a solas un rato más. Déjame aquí contigo, que de todo el miedo, lo único que conseguí olvidar, fueron los amargos besos de la vacía soledad.
Y la caja... la caja es simplemente nada comparado con lo que me haces sentir.