Resulta irónico ver como los humanos hacemos lo mismo con el amor. Después de años a oscuras nos atrevemos a iluminarlo todo con una ignorancia invencible. Presos de nuestras convicciones, de nuestras ilusiones, encendemos velas cuando creemos que todo se puede arreglar. Se nos olvida que es un arma de doble filo: puede iluminar, pero también puede quemar. A mí me habían quemado tantas veces, que ni en las yagas de mi piel surtía efecto el duro golpear de la sal. La sal de la espera, la sal de querer llenarlo todo de luz y no tener ni un triste fósforo. Pero no debemos culparnos por ello, lo llevamos en nuestra condición. Eso es lo que nos hace vulnerables y a la vez invencibles.
El candelabro dio luz a todo aquello que recordaba. Todo estaba en su sitio. Tras la pared los ronquidos de Soledad retumbaban en mi sien. La aparente calma me hizo sentir en la boca del lobo, tenía que escapar de allí pero no dejaba de llover. Abrí un cajón en busca de papel, una bala o cualquier otra cosa que me ayudase a escapar de la realidad en la que estaba sumergido. Encontré los llantos de Tristeza guardados en un tarro de cristal. Me los bebí como elixir, para evitar el dolor... pero fue mucho peor.
Acariciaban mi garganta con su calor, pero a cada paso que daba me desgarraba por dentro. Y entonces sucedió: un mar negro de olas de piedra saltó de mis ojos al vacío. Noté liberar la furia de un ánima enjaulada para la eternidad. Estaba desgarrado, retorcido y solo. Solo. Tan solo que Soledad calmó su insoportable roncar. Abrí la puerta y las escuché reír. Tristeza había dejado esas lágrimas guardadas hacía tiempo y ahora me esperaba con su amiga. Se reían de mí, estaba desnudo, indefenso.
-Mírale, tan endeble-apuntilló Soledad-todo por ese estúpido manzano del patio.
-Tan endeble como todos, Soledad. No hace falta ver su cara, ni saber lo que piensa. Débil. Débil.
Acto seguido empezaron a cuchichear y a reírse de forma estridente.
-Vencido por Amor, abandonado a Otoño sin el calor de su piel-mascullé casi sin vida-y vosotras sois tan amargas...
Después me derrumbé por completo sobre mis piernas y caí al suelo, desplomado, sin aliento. Se callaron. Saboreé el silencio, el dulce silencio que me recordaba a la marejada de sus pupilas. El fuego del averno que escapó de Satanás y se encadenó a mi piel el día que apareció Amor estaba apagado. La lluvia lo mojaba todo dentro de la casa, todo menos a esas dos.
-Levántate maldito imbécil, eres igual que el resto. Nosotras hacemos lo que queremos con vosotros. Estáis a merced de nuestras olas-dijo Tristeza.
-Mira tu estúpido manzano, sigue en pie pese a la lluvia. ¿Y tú? ¿no deberías ser feliz? consigues que algo artificial se mantenga pese a la tormenta. ¿No es eso lo que os gusta a todas las personas? lo artificial, lo que no es verdad. Lo que os empeñáis en maquillar y no veis. Sois ciegos y cuando veis las consecuencias de vuestra superficialidad, deseáis la muerte. Nos dais pena.-espetó Soledad.
-Dejadme aquí. Dejadme morir. Dejadme recordar... dejadme encerrado dentro de mí.
Y Otoño se descargaba contra el manzano que no dejaba de sonreír. Otoño se encargaba de deshojarme por dentro como una margarita. El viento arrancó el collar de sonrisas desdibujadas que tenía atado al cuello. Pintó de gris mi desencanto y a cada desencuentro le salió un cuervo, preparados para atacarme los ojos. Los ojos que antes brillaban por Amor y que alguien, no sé quién se encargó de apagar.
Recordar tu sabor, dejarme llevar por tu olor. Merodear cada palmo de tu piel, Amor. El dolor se apoderaba de cada gota de sudor de mi frente. Cerrada la mente, la imaginación muerta y mi cuerpo... Alguien llamó a la puerta.
Decidí no levantarme en años.
Para nunca más decir adiós.
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