-Se ha secado el manzano del patio de luces, Soledad-expliqué-no sé si fue por dejar sus semillas marchitar, o si mi profunda ansiedad no me dejó ver su primavera y el panal que colgaba de sus frondosas ramas.
-¿Por qué tan triste? Se ha marchado. Bebe y calla-ordenó mientras se rascaba su sucio pelo.-No necesitas más explicación. Hasta al más sano arbol caduco le llega su octubre.
-¿Por qué llegas tú? al cabo del tiempo, cuando menos te necesitaba, vuelves y me golpeas con tu fétido semblante.
-Estoy aquí porque soy lo ultimo que te queda. El refugio de las horas muertas de tu cerebro, el filo del hilo que separa tu mente de la desesperación de la pérdida. Soy tu frustración y créeme, te he acompañado de lejos hasta cuando el manzano estaba en flor. Muchacho... la Melancolía es un licor muy caro y es la resaca de Amor.
-Amor se fue hace años... pero el arbolito parecía sano...-una lágrima calló de mis ojos al vaso.
-Parecía sano porque te mantenías en prorrogar su agonía con estúpidos y artificiales cuidados.
Te empeñabas en mantener vivo algo que no era Amor, era un simple arbol... por muy dulce que fuese la miel de su panal.
-Era todo tan parecido... se marchó.-En ese mismo instante, mientras cerraba los ojos buscando una respuesta que generaba, si cabe, más preguntas, Soledad besó mis labios. Fue como besar la boca a la muerte. Fue como arrancar una parte de mi interior, de lo más profundo. Fue desterrar el recuerdo de Amor para siempre.
-Y ahora que te he besado-concluyó-recuerda que esta noche, dormirás solo.
Y se marchó. Igual que se marchitó el manzano. Igual que se fue Amor. Cerrar el balcón de sus ojos.
Para nunca más decir adiós.
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