lunes, 3 de octubre de 2011

Memento III

Las gotas caían sin cesar en el cristal de la ventana del salón. Tenía los ojos cerrados y estaba tumbado boca abajo, las risas habían parado hace mucho tiempo. En esa posición, en la que llevaba meses, sentía el frío del invierno penetrar cada milímetro de mi piel con sus agujas de hielo. El viento soplaba fuerte. Quería despertar. Un trueno. Quiero despertar ya. Un relámpago... ¡¡DESPIERTA!! Abrí los ojos, no había nadie. Ni Soledad, ni Tristeza. Se habían marchado con su olor a tabaco lejos de casa.

Entre trueno y trueno, al fin pude darme cuenta de lo que en realidad estaba sucediendo: la puerta no dejaba de sonar. Llevaba sonando desde que me tumbé, mas nadie había ido a abrir. Me puse en pie, me sacudí el polvo y caminé, con paso lento y decidido hasta el umbral de la puerta, esperando encontrar el feo rostro de Soledad tras ella. Pero no era aquello lo que aguardaba tras los dinteles. Era una mujer, muy hermosa. Tez blanca, cabello oscuro, ojos color esmeralda, vestido verde ¿su nombre? Esperanza.

Pese a que fuera tronaba, venía sin paraguas y estaba completamente seca. Esgrimía una noble sonrisa en la cara, buscando la mía, como quien apunta con un florete a la cara de su adversario. Despedía un perfume embriagador.
-¿Se puede?- lo dijo con la voz risueña, adorable. La voz que hubiese deseado escuchar cada mañana al despertar, desde el día en que nací.
-Claro, adelante. ¿Qué se le ofrece a esta bella dama?- la apatía de estos últimos meses no había hecho mella en mi cortesía.
-He venido a hacerte recordar. Verás, Soledad y Tristeza se marcharon en cuanto supieron que yo estaba tras las llamadas a tu puerta. Saben que no tienen nada que hacer-guiñó un ojo y acto seguido cambió el tono de voz.- Veamos... Soledad te dijo que llevaba espiándote en la sombra desde siempre, ¿verdad? -asentí con la cabeza- es mentira, esa astrosa arpía... siempre que eres feliz junto a alguien llora de envidia. Siempre. Y no hay nadie que la console. Yo en cambio, sí que he estado detrás siempre. En los otoños, en los veranos. En las alegrías y en las tristezas. Siempre te he seguido de cerca. Pero cuéntame tú, ¿qué te ha pasado?

Antes de comenzar a hablar, nos sentamos en el sofá. Serví dos copas de whisky y dimos sendos tragos. Me aclaré la garganta y hablé:
-Se marchitó el manzano del patio-comencé con la voz rota-yo... yo sólo anhelaba a Amor. Quería ser la dulce mentira oculta tras la fachada de un verso. Quería ser la calma que se esconde tras la oscuridad de un beso. Quería abandonarme a su sonrisa mientras su abrazo se volvía intenso... quería...quería que no acabase nunca.-Y así concluyó mi momentáneo alegato.
-Si Amor se marchó, no era Amor de verdad, era algo que se parecía a ella. Igual que el manzano, si hubiese sido de verdad, no se habría marchitado. Cuando se habla de este sentimiento, si es real y correspondido, no debería acabar nunca. Por mucho que desees mantener viva la llama, si lo haces con un encendedor, se apagará nada más quitar el dedo. En cambio una hoguera dura todo lo que quieras, toda la madera que tengas para quemar en forma de días. Y a cambio tendrás luz y calor y ese olor tan característico. A eso que huele la felicidad. Recuerda quién eras antes de todo esto. Recuerda que te prometiste ser la rosa de los vientos de tu propia fortuna. Recuerda que eras el viento de la quebrada cuando sopla de levante. Recuerda que siempre quisiste ser la furia en mitad de la calma y la calma en mitad del temporal. Recuerda que lo que te hace distinto, te hace especial. Eso te llevará hacia esa persona, también especial y que la hoguera no se apagará jamás. Recuerda que el peso de tu espíritu aplastó titanes.-Dicho esto, Esperanza se puso en pie y comenzó a divagar por el salón, se mantuvo pensativa unos segundos antes de comenzar su soliloquio:

Vivo encadenada a tu piel, soy cada vez que te has caído y quien te ha obligado a alzar el vuelo. No te puse alas, pero te enseñé a volar desde pequeño. Como a todos. Pues es bueno saber que si echas a volar, puedes caer de un momento a otro, rasparte las rodillas un poco y sangrar. Pero no pasa nada. Del dolor se aprende, para bien o para mal la vida es dolor y cada día nos enfrentamos a una nueva lección. El libro nunca se acaba. Pasará el tiempo, la gente entrará y saldrá de tu vida y en ese vaivén desbocado y sin riendas, llegarás a tiempo a la estación, te montarás en el último vagón y entonces la verás. Verás esa persona por la cual morir. Esa persona por la que regalar cada aliento, cada lágrima y cada palabra de tu boca. Verás a una persona que te hará sentir especial, sólo por el hecho de dejarte ser como tú eres. Y entonces me tendrás. Tendrás mi esencia elevada a la máxima potencia y teñiré tus días de luz. Su voz será para tí la más dulce de las melodías, su tacto será más exquisito que la seda y cada noche os entregaréis, sin nada más que vuestra piel, a las llamas de Amor. Para que os consuma lentamente, para que su fuego vaya quemando el crepúsculo, como se queman los fuegos artificiales entre el firmamento en una noche de verano. Y al despuntar al alba, como recompensa, puedas contemplar su rostro, su sonrisa, su amanecer junto a tí. Sabrás entonces, que Amor ha llegado, cuando no puedas borrarte esa cara que se te pone al recordar cuánto tiempo desearías perderte entre su pelo. Compartir algo más que la vida. Sonreír por sonreír, así sin más. Anhelar el amor no vale, hay que luchar por él día a día para que no pare de crecer.
Porque en tus manos tienes la magia para encontrar. Porque en tu cabeza tienes las palabras para lograr. Porque no hay nada que Amor no pueda tumbar. Y yo que soy Esperanza, te prometo que el amor volverá.-Dijo esto, volvió sobre sus pasos y abrió la puerta- por cierto...-y con un chasquido de dedos, la tormenta arreció y el rayo más grande que yo jamás haya visto calló del cielo como un misil hacia el centro del patio, arrasando el manzano marchito por completo. El destello fue tal que me desvanecí.

Al cabo del tiempo me despertó el piar de los pájaros del exterior. Me levanté y contemplé el ventanal: era primavera. Seguía yo solo en casa, pero seguía oliendo al perfume de Esperanza y las paredes eran más verdes que nunca.

Abrir las cortinas de mis ojos. Sentir el peso de mi espíritu demoledor. Decidir entregar mi sonrisa al Sol. Salir a la calle, cerrar la puerta.

Para nunca más decir adiós.

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