miércoles, 27 de octubre de 2010

Una bandera

-¿Qué haces?-me preguntó
-En el pecho, una bandera bordar.
-¿Y qué pone?
-Libertad.

Yo tengo en el pecho una bandera
y en el puño rojo, una azul calavera
Yo tengo en el pecho una bandera
Y en tu recuerdo llevo la escombrera

Yo llevo en el alma bien escrita
y en los ojos de borrar la tinta
Yo llevo una palabra distinta
Y en tu recuerdo,por ser tú
la más bonita.




domingo, 24 de octubre de 2010

Le Grande Jazz Band

Como se pierden las estrellas en la espesura de un cielo de verano, yo me perdí en aquel antro. Ya no recuerdo demasiado bien las copas que llevaba. Todo pasaba demasiado deprisa. El cuello de mi camisa oyó a mi voz pedirle otro whisky con hielo a la camarera morena de detrás de la barra. Y mis manos fueron testigo mudo del impacto de las monedas en la mesa. Pero mis ojos comenzaron a perderse cuando sin previo aviso, las luces se vinieron abajo.

Al fondo se empiezan a mover.Andan de forma vaga. Son espíritus en traje. Un foco de luz blanca impacta contra el escenario. Un hombre con sombrero, se inclina sobre el micrófono y comienza a hablar en voz baja.
Sean bienvenidos-dice entre susurros-somos Le Grande Jazz Band y espero que les guste la velada.
Sin más dilación y como por arte de magia, comienzan a correr por el escenario. El tiempo se ralentizaba. Un piano viejo y carcomido. Una batería tosca y oxidada. Un contrabajo astillado y descolorido. Un, dos, un, dos, tres y... todo cambia de golpe.

Las yemas de los dedos del pianista percuten la primera nota. Y yo le doy otro trago al whisky. Impaciente. Ansioso. Una segunda nota. Todo va bien-insinúa el contrabajista con la mirada-todo va bien. Con la tercera nota, el batería entra de forma frenética. Me sumerjo. El de las cuatro cuerdas espera un compás...espera otro... y al tercero irrumpe con fuerza. La gente aplaude. Y yo me desabrocho la gabardina. Y la noche... amigos, la noche no sabe del frenesí que nace de ese escenario. Se miran. Cómplices del ritmo. Se mueven. Bailarines de las cinco líneas. Todo salta en mil pedazos cuando el contrabajo comienza a solear. La batería y el piano callan. Escuchan. Esperan pacientemente. Un tipo con sombrero está haciendo vibrar el diapasón a golpe de jazz. Un tipo con sombrero y tirantes blancos.

Bebo whisky al ritmo de los pasos del contrabajo. Agacho la mirada. Cierro los ojos. Y observo. Observo todos los colores que está pintando en la pared de ladrillo de mi cabeza. La misma pared que hay detrás del escenario. Turno del piano. Se sale del guión. Se escapa del ritmo marcado en un principio por el hombre del sombrero. Impone el suyo. Impone su ley. Es su momento. Hay un viejo justo en primera fila. Un viejo con traje. Golpea sus piernas al compás. Comienzo a sudar. La gente pega su cabeza a la mesa y escucha boquiabierta. El piano deja morir el ultimo acorde. El escenario se tiñe de rojo justo en el momento en el que comienza a funcionar el charles. Un señor con turbante y barba larga golpea con sus baquetas de forma magistral. Una lección de cordura a la desatada noche, a ritmo de bombo y platillo. Me imagino nadando en el mar. Me azotan las olas que son del mismo color que el sonido del timbal. Pienso que estoy parado durante minutos, quizás horas mientras el señor del turbante investiga en nuevos sitios.

La luz se vuelve azul. Los tres se unen al vendaval. Efímeros. Desnudos de cara al público. Arrastran su piel con forma de semicorchea por la tarima. Cogen un sonido púrpura. Lo dan la vuelta, lo transforman. Lo tornan verde. Lo amasan en sus manos y lo lanzan al público y lo llenan de color. Escucho las salpicaduras dentro de mi mente. Me termino de quitar la gabardina. Me cambio de ropa. Ahora estoy tan desnudo como ellos. Arrojo mi cuerpo hacia su creatividad. Conocen todos los acordes. Para ellos no hay más armadura que la de sol mayor. El Sol que estaba naciendo de sus manos. Los espectadores mueven el cuello y los hombros. Un nuevo vaso de whisky llega a mis manos. No paro de temblar. El ritmo era ahora caótico. El señor de las baquetas sudaba. Sudaba mucho. Pero tenía dos varitas mágicas en la mano. Las usaba para crear sonidos realmente oníricos. Los pies le acompañaban en su misión. El pianista fumaba. Lo hacía mientras tocaba. En las frases más cortas acompañaba cada calada con una corchea. Y una sonrisa. La sonrisa de saber que está haciendo lo que le da la gana.

Todo transcurre con normalidad. Pero un foco se mueve y se ve pasar a tres hombres negros. Trompeta. Saxo tenor. Saxo soprano. Irrumpen en el sonido dando una patada en la puerta. No llaman. En el jazz nunca se puede llamar a la puerta. Ahora la gente aplaude y se pone en pie. Llega el éxtasis, lo noto. Me quito el sombrero. Fumo y bebo. Y la boca me sabe a su sudor. De repente, el trompetista se acerca al micro y comienza a decir: "dubi, dubi, dubi, damdamdam" y cada vez más despacio y cada vez más bajo. Y se va agachando mientras lo hace. Y el resto de los músicos también. Solo quedan la batería y el contrabajo sonando cada vez menos, siguiendo el mismo ritmo. Una pareja de jóvenes espectadores está apunto de besarse, justo en el momento en el que un aluvión de sonido hace que cejen en su empeño. El amor no entiende de escalas pentatónicas. Todos entran al mismo tiempo. Todos saltan. Incluido el público. Están gritando. Se desata la euforia. Llega el momento del orgasmo. Realmente es frenético. No dejo de beber y de sudar. Estoy excitado. El del saxo tenor se movía con violencia, hacia todos los lados. Agarraba firmemente el instrumento. Al trasluz podían verse las gotas de saliva chocando contra el aire. Como gotas de vapor de agua en un espejo. El humo del tabaco inundaba los rincones. Era el banquete. Opulento. Lujurioso. Y nosotros los invitados de lujo del arte.

La trompeta y el saxo soprano se retan a duelo. Intercambian frases. Cada vez más deprisa. Hasta cansarse y morir extenuados al final del mismo compás. La música va muriendo de forma tenue. Todo va demasiado despacio. Tengo la sensación de haber estado años parado frente al escenario. Poco a poco, los instrumentos van desapareciendo en orden. Van silenciándose. Quedan de nuevo los tres del principio. Cada vez más despacio. Cada vez más lento. Se queda sólo el pianista. Percuten tres notas. Las luces se apagan. Llegaba la hora de la noche. La noche de Le Grande Jazz Band. La felicidad reflejada sobre una partitura. La vida escrita en el libro de acordes.

La vida escrita en clave de jazz.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Luna

Dos lobos caminan de noche. Oscuros y solitarios. Lo hacen lentamente por una frondosa senda de la serranía de Córdoba. Uno flaco, otro joven. Un carnero viejo y sosegado, sale de noche a pastar, cerca del lago. Alza la cabeza y ve, el brillo plateado de la redonda Luna. Sonríe confiado y sigue pastando.
Los lobos hambrientos e impacientes. Con la cabeza agachada. A penas vislumbran lo que hay en el suelo. Olfatean. Se miran fijamente por un instante infinitesimal y echan a correr.
El carnero siente frío, sabe que es el frío de la noche. Sabe que ésta es su noche. Su cornamenta oxidada y sus ojos, negros y cansados lo han visto saltar y crecer. Las pezuñas polvorientas sólo saben de kilómetros y sus patas de cargar con el peso de la vida. Pero ya estaban extenuadas. El tiempo.

-Debe estar por aquí cerca-apunta uno de los lobos-debe estar por aquí.
-No te queda mucho tiempo infeliz-sonríe con sorna el otro.
Cuando de pronto, al final de la senda, un claro emerge bajo sus patas. Al fondo un lago hilvanado en negro y con remaches de luz. La luz que suda la Luna en el reflejo del agua, se elevaba, descarada y desnuda al fondo. Entre las tupidas montañas. Al fondo del lago se ve un minúsculo punto blanco alzado entre la suave hierba. Sabe que lo han visto.

Sigue pastando pacientemente. Recuerda cuando era joven y correteaba junto con sus hermanos. Recuerda todas y cada una de sus camadas. Pero también sabe que los recuerdos son efímeros. Como una brisa de aire de madrugada, una vez que pasan no volverán. No está triste. Esta noche le ha dado el trago a la libertad con la que su vida queda totalmente saciada. La libertad que da escribir tu propio punto y final. Se acerca al agua y da un sorbo. Vuelve a mirar a la Luna. Se acercan.

Corren más aprisa. El hambre apremia. Notan el calor de la carne en su paladar y el olor de la sangre. Y este pensamiento no hace más que excitarlos más. Ya queda poco-jadea uno de los lobos-ya queda menos. El carnero siente los pasos a cincuenta metros, a veinte... ya están a su lado. Se da la vuelta pacientemente y saluda de forma cortés.
-Buenas noches amigos ¿qué les trae por aquí?
-Hemos venido a traerte la muerte-dice de forma fría el lobo más flaco.
-Hemos venido a comerte-dice su compañero.

Lejos de amedrentarse, el carnero da un paso hacia adelante.
-Y bien, aquí tenéis mi cuerpo. Tomadlo. Pero antes dejadme disfrutar de la hierba un poco más.
Los lobos se miran y asienten de forma paciente. Se posan sobre sus cuartos traseros y contemplan al carnero comer. Mientras lo hace, el de los cuernos habla:
-¿Apreciáis la vida?
-¿Qué quieres decir?-pregunta el joven con intriga.
-Vosotros, vuestra forma de vida en parte se debe a la muerte de otros. ¿Apreciáis de verdad la vida?-insiste el que fue morueco.
-Claro que la apreciamos. El que no debe sentir aprecio eres tú, que no estás resistiéndote a tu destino.-Dice el joven
-¿A caso sirve de algo resistirse al destino? Aprecio a la vida tanto, que voy a dejar darme muerte por vosotros.
-No digas tonterías, estás completamente viejo y tu cabeza ya no es lúcida.-Vuelve a intervenir el ultimo lobo.
-Vosotros no apreciáis la vida. Tenéis la conciencia de la muerte, la utilizáis para sobrevivir. No os culpo por ello-aclaró-es vuestra naturaleza. Es vuestro instinto. Pero vosotros sufriréis toda la carga de un destino que pensáis que nunca llegará.

Los lobos permanecían en silencio, observando a su inminente presa. El carnero continuaba su soliloquio.
-Cuando sólo te dedicas a matar, no sabes lo que verdaderamente significa la vida. Solo entendéis de muerte. Cuando os llegue moriréis frustrados.
-Estás empezando a hartarme-espetó de forma insolente el lobo flaco-se te acaba el tiempo viejo, tengo mucha hambre.
-Termina tu ultima cena y acabemos con ésto-replica el otro-.
-Yo tengo conciencia de la vida. Sé lo que significa. Sé lo que es el amor hacia otras cosas. Vosotros sois asesinos, pero se os escapa que también algún día debéis morir.
-No digas chorradas, viejo. ¿Quién va a poder con nosotros? somos fieros y peligrosos. Tenemos por instinto el saber matar-se explica el joven.
-¿Qué es la Luna?-pregunta el de la lana.
-¿Y eso a qué viene?-pregunta de forma agresiva el lobo flaco.
-La he visto tantas veces dentro de mi cabeza. Las tinieblas son solo anécdotas cuando viene la Luna y las aparta con la mirada. Con un simple gesto de su suave pecho. Vosotros, que no habéis visto el Sol, no sabéis apreciar el brillo de la noche. La noche brillante.
-Nosotros sí hemos visto el Sol y la Luna-intenta aclarar el joven-.
-Vosotros solo entendéis de cielos sin estrellas. De cosas que no brillan. Estáis apagados por dentro. Cuando intentéis ver el Sol, entonces una Luna siniestra y oscura os apartará. Y la noche de vuestra historia llegará de forma dolorosa. La diferencia entre vosotros y yo, reside en que para mí la Luna que alumbra la noche de mi muerte tiene un resplandor dulce. Yo he vivido viviendo. Vosotros moriréis matando.

Los lobos no parecían entender. El hambre los cegaba.
-Viejo, llegó tu momento, no aguanto más tus estupideces-el lobo flaco estaba furioso-.
-Acabad conmigo cuando queráis. Yo ya estoy preparado. Llevo preparado toda la noche, para mí no hay nada más que pueda hacer. Pero recordad que vuestra muerte no hablará con vosotros.
Mientras el carnero, con mirada tierna y cansada alzaba la vista parar mirar a la dama de las estrellas por ultima vez, los lobos se lanzaban rabiosos a por su presa. Un reguero de sangre llora hacia el lago. Sus ojos no lloran ni lágrimas. Tras acabar la fiesta, los lobos aúllan satisfechos tras el convite.

Se ve la Luna rielar en el cielo, guardiana muda del carnero muerto. La Luna ciega a los ojos de los lobos. Las piernas abiertas encima de la mesa encarando a la muerte con valentía. La muerte reconstruyendo los pedazos deshechos del tiempo. Y la vida, frágil escudo roto de los sonidos sordos del viento en sus cuerpos.



martes, 12 de octubre de 2010

La ultima gota II

Estaba atrapado en la oscuridad de la tenue luz salida de una raída lámpara de mesa. Alumbraba varias cosas: las paredes de yeso cerosas por el paso del tiempo, como magnesita; la mesa de madera vetusta y astillada de cedro; al fondo, mi maltrecha y cetrina cama, deshecha, como siempre. También alumbraba un cuadro de un jarrón de flores amarillas, oxidado y polvoriento. La suave luz, lo acariciaba todo. Menos mi negra alma.

El ventanal de mi sórdida celda, anunciaba la tempestad de la noche. Lluvia. Y deseé tenerla a mi lado, más que nunca en esa noche. Más que nunca en mi vida. Pero jamás vendría. El silencio de mi tormento, sólo se veía empañado por cuatro gotas que se inmolaban contra el cristal y el rasgar de mi pluma en un cuaderno viejo y marrón. Intenté algún soneto triste en forma de despedida. Intenté recordar cuando ella estaba, pero en mi interior sólo había frustración, rabia y dolor. Sólo recuerdo que escribí y bramé a la vez "¡VUELVE!". A continuación un alarido desgarró mis cuerdas vocales y mientras arrancaba la hoja de su espiral, comencé a llorar de forma tormentosa. Golpeé, la mesa con el puño cerrado, arañé mi cara y sentí el fuego del averno quemando mi vacío estómago. El dolor se apoderaba de cada músculo de mi cuerpo, la piel fría como el acero que me atravesó las entrañas el día que se fue.

Comencé a temblar, a toser y a blasfemar. La boca me sabía a sangre y cada vez me costaba más respirar. Pero nada era comparable al dolor que me producía el rememorar el brillo de sus ojos, cuando se despertaba a mi lado. Cada vez quedaba menos tiempo y yo lo sabía. Me puse en pie por ultima vez para intentar desvanecerme. Si abrazaba a la muerte, quizás pudiese contemplarla desde las brasas del infierno, feliz y risueña, en su nube azul. Bendije el veneno del ofidio que había llenado de ponzoña mi ser. Por un momento me hizo olvidarla.

La noche me abrazaba, llegaba con paso firme, señalándome con su acusador dedo. Por fin me uniría al silencio, quizás así la volviese a ver.
Mi cuerpo se desplomaba como por prestidigitación. Caí de bruces contra el suelo, ya no podía moverme y el dolor desaparecía por momentos.

Noté que volvía el calor de sus besos, el tacto de su piel y el olor de su pelo. Escuché su voz y contemplé absorto su silueta en el umbral de la puerta. Cerré los ojos y la ví. La última gota resbalaba por mi mejilla, transparente, burlona y atrevida.