domingo, 31 de enero de 2010

El infinitésimo bohemio (II)




2. Máximas precauciones

Beatriz se levantó aquella mañana, como todas las mañanas, posando sus dos pies en el suelo al mismo tiempo. No por superstición, era una manía que tenía desde que era bien pequeña. Sus padres no estaban, como pudo comprobar cuando abrió la puerta de su cuarto. Lo suficientemente grande para lo que requería una mujer de su edad. Las paredes eran de color verde claro, al fondo estaba el escritorio con un ordenador portatil, pegado a una pared que daba a la calle de un blanco pueblo de granada. A la izquierda una cama, completamente desecha y justo en frente, un armario y una estanteria donde había fotos, libros y toda clase de recuerdos.
No se lo pensó dos veces y esquivando a su gato negro, llamado Llagui, atravesó el salón y encendió la cafetera. El reloj de pared que había encima del ventanal, marcaba las diez en punto.

Minutos después introdujo su cuerpo en la ducha, recordaba a Dani, recordaba la tarde de ayer, recordaba que hoy hacía seis meses que se conocían. No tenía intención de dejar de sonreir, hasta que se percató que sonaba su teléfono. Pensó que sería Daniel. Sin embargo no fue así, no era su novio el que llamaba, era Él.

-¿Qué quieres?-lo dijo tan cetrina que ni si quiera parecía una pregunta.
-Tengo que verte- dijo él- tenemos que hablar.
-Tú y yo no tenemos nada de que hablar, ya quedó todo claro.
-Todo no, si nos vemos hoy, será la ultima vez que me veas en tu vida. Te lo prometo.

La propuso verse a las seis de la tarde, ese mismo dia, en el parque del Centro. Beatriz no le dio una contestación.
Un terremoto sacudía los cimientos de su mente, la cual llevaba mucho tiempo sin verse perturbada. ¿Qué tendría que decirle? desde el día en que decidió cortar la relación con él, muchos recuerdos la asaltaron, sentimientos encontrados: tristeza, melancolía, restos de amor...
pero sabía que tenia que cortar. No era del todo un mal tipo, pero tenía demasiados vicios y escasas virtudes. Para tratarse de un hombre de 25 años, se comportaba como un crío de 15, era infantil, rencoroso, tenía prejuicios a casi todas las cosas. No era celoso, en absoluto, incluso se diría que era poco cariñoso, algo despegado. Era alto, pálido y delgado; mirada oscura y un tanto perdida. Beatriz todavía no sabía que había visto en él para enamorarse. Nunca la trató mal, en absoluto, pero sus personalidades no cuadraban.

Era testarudo, orgulloso y para más inri, era susceptible a cualquier adicción: juego, alcohol y otro tipo de substancias. Sorprendentemente para Beatriz, esto último no mermó la relación, de hecho ya era un hombre más o menos formal cuando empezaron a salir, solo se emborrachaba de vez en cuando y desperdiciaba unos pocos euros jugando a las tragaperras del bar de su padre algunos domingos por la mañana.

La curiosidad despertó en ella recuerdos apagados por Daniel, no sabía que le quería decir, además la promesa de no volver a verle era un plato de buen gusto para ella, ya que sabía que si se alejaba para siempre su vida cobraría un nuevo y nítido color. Aceptó a regañadientes consigo misma. Escribió un mensaje: "A ls 6 n l park. bss". Escogió el destinatario, sin saber como ni por qué, a parte de marcar el número de su ex, también marcó el de Dani. Ella no se dió cuenta.
Encendió su portatil Toshiba de color negro, el cual apenas tenia un mes de vida. Se conectó a internet y actualizó su fotolog, una foto con un corazón rojo y un 6 blanco en el centro, con un mensaje de amor en la descripción. Sin embargo no podía parar de pensar en qué querría decirla el otro. Con su novio actual había quedado, o eso creía ella, a las 9 en punto en su casa para cenar y celebrar su medio año de relación. Sin embargo había fallado en lo más importante: las máximas precauciones. Tres corazones estaban en juego.


Eran las dos menos cuarto de la madrugada y Dani se sentía morir, había tomado una cantidad de alcohol suficiente para matar a cualquier persona no acostumbrada a beber. Él lo comenzaba a notar, seguía con la espalda apoyada contra el puente y la cabeza dandole vueltas en todos los ángulos y direcciones. Todavía no podía explicarse lo sucedido aquella tarde, le parecía absurdo y ridículo. Al menos eso fue lo que pensó antes de comenzar a vomitar hacia su izquierda. Cuando terminó tal esperpéntica escena, se desplomó del todo hacia el lado contrario donde yacía la última copa de whisky que había tomado. Apoyó la cabeza en la botella de vino, se limpió los labios con un pañuelo y recostándose en el suelo, notó como brotó la primera lágrima. Tenía que hablar con ella otra vez.


sábado, 16 de enero de 2010

El infinitésimo bohemio

1. Las raíces

... La una y media de la madrugada en el reloj del bar.
¡Hora de cerrar!- gritó el camarero, de cara bonachona y bigote tosco. Tuvo que apurar lo que le quedaba de whisky, cuando logró ver el fondo del vaso limpio, se dió cuenta de que la marea etílica le había arrancado lo poco que le quedaba de garganta... y las menos ganas de vivir.
"Pobre infeliz"- se repetía sin cesar- "pobre infeliz..."
Dando tumbos, como un elefante al que le falta una pata, se despegó de la barra americana, de aspecto rústico, se dio la vuelta para contemplar por ultima vez las cuatro ventanas que daban a la calle, la máquina tocadiscos de atrezo, que no pegaba para nada con la estética del bar, pero que estaba alli por algún extraño motivo. A la izquierda y a la derecha, sillas de madera de pino, al lado de mesitas de cristal.

Sólo había tres personas en el bar, el camarero; el jefe, algo mayor y desgastado como para intentar echar a un borracho, probablemente problemático y "el pobre infeliz". Justo antes de tambalearse contra la puerta de salida, el camarero le gritó que si quería ayuda. Se limitó a emitir algo que parecía un gruñido y atravesó el umbral que lo separaba de la fria calle.
Setecientos cincuenta centilítros de whisky, una botella entera, recorrían sus venas abrasando cada milímetro de su piel. Había llegado al punto, a ese al que quería llegar, a ese al límite de la oscuridad total y la lucided extrema. Ahora podría, por fin, hablar con él mismo. Sin interrupciones. Delante de sus ojos solo había un solar vallado, el cual parecía que iba a ser transformado en un bloque de pisos en breve.
"¿Izquierda o derecha?"- pensó. A la izquierda del bar, subía una callejuela que discurría a lo largo del entramado de edificios blancos y farolas amarillas. A la derecha, un puente de piedra
que llevaba al mar, el mar de Granada, el mar por el cual lo había dejado todo. El mar de los ojos de ella. Le quedaba algo de dinero, volvió sobre sus pasos y entró en el establecimiento.
Si necesita usted ayuda no dude en pedirla-le dijo de forma amable el camarero. El triste caballero logró articular un sonido que parecía una frase completa. "...me... orra.. po..potecha.. orr...faó...". El dueño del bar lo entendió e intentó decirle que no debería beber más. Parece que su avanzada edad le había hecho olvidar, lo dificil que es intentar razonar con un hombre que se acaba de fumar una botella entera de whisky. El borracho prosiguió: "...engo...el...inero..." y sacando un billete de diez euros se los entregó al camarero. "Po...te...lla...de...vino..." lo dijo tan alto y contundente e iba tan bien vestido, que parecía mentira que un hombre con ese porte bebiese de tal manera. Al dueño del bar le dió mala espina, para evitar problemas, aceptó el dinero, y decidió darle una botella de vino. Se quedó con el cambio. "Grrrcias...".

Se lanzó a por la puerta como un león hacia una gacela, botella en mano. Se dirigió hacia el puente, demasiado rápido, tan rápido que trastabilló y calló al suelo. Por suerte para él su botella y su traje permanecía intacto. No sintió dolor al estar anestesiado, el mundo le daba vueltas. Destapando la botella, comenzó su apasionada y tan esperada conversación con él mismo. La mejor manera de comenzar a hablar, cuando estás solo, es pensar que te ha hecho llegar a esa situación. Empezó desde el principio.

Se llamaba Daniel, tenía 23 años, una mirada oscura y afilada, como las facciones de su cara, el pelo castaño y algo rizado. Un metro setenta y cinco de estatura, complexión normal. Ni barriga, ni fibra, en general, era un jóven atractivo a simple vista. Era el invierno de 2005 y se encontraba en Granada, a 600km. de su hogar en Madrid. Hacía ya meses de aquel día, el día que cambió todo para siempre.
Durante el verano del año pasado, mientras estaba de vacaciones con sus compañeros de universidad, conoció a Beatriz. Andaluza de pura cepa, un año mayor que Daniel, ojos oscuros, melena negra, tenía hasta un lunar encima del labio junto a la nariz, que no hacía otra cosa más que realzar más sus ojos negros. Un metro sesenta de cuerpo. Un cuerpo al que Daniel juró tributo, pues nunca en su vida habia visto una mujer así, hasta esa noche. Tenía que hablar con ella, como fuese.
Aquella noche correspondía a la segunda de las vacaciones, que iban a durar aun diez dias más. La atracción fue mutua desde el primer momento y a la noche siguiente, Beatriz consiguió apartar a Daniel para ir a dar un paseo nocturno por la playa, de esos que siempre terminan "mal".
Fueron callados todo el camino, los dos lo sabían, sabía que todo era inminente, ya estaba todo hablado desde la primera vez que se miraron a los ojos. Se sentaron a escasos metros de la orilla. Se miraron, saltó una chispa. Una chispa que incendió sus labios. Daniel paso su mano por detrás de la nuca de la chica y la enredo en su pelo. En el momento en el que sus bocas se encontraron, comenzó a brillar una luz blanquecina en medio de la noche. Aquello no podía terminar. Se besaban apasionadamente, mientras se desnudaban por la arena. Beatriz no era una chica que se acostase con cualquiera, de echo su historial sexual era escaso, solo habia tenido relaciones con dos chicos, en dos relaciones largas. Pero esta vez era diferente, su cuerpo y su corazón la pedían que se dejase llevar. Daniel no se ponía freno... se estaba enamorando. Sus manos se perdían por sus cuerpos, cada milímetro de piel estaba al rojo vivo, sudaban, se llenaban de arena, suspiraban. Hicieron el amor en la playa y después se fueron a dormir al apartamento de él.
Al despertar, los dos abrazados, se dieron cuenta de lo que pasó: se habían enamorado.

Las vacaciones terminaron, fue un dia triste, pero no iba a ir a más. Tenían sus correos electrónicos y ambos tenían ya edad como para poder viajar con frecuencia. La relación continuó, sin ninguna complicación.
A los dos meses y dejándose llevar por su espíritu y sus sentimientos, Daniel se fue a vivir a Granada. Abandonó la universidad y a sus amigos y se fue sin más a vivir en una habitación de alquiler, puesto que Beatriz vivía con sus padres. Ella trabajaba. ¿Una temeridad? es posible, pero Daniel sentía que si dejaba escapar la ocasión, él ya nunca sería feliz.

En el puente, nuestro borracho protagonista soltó una carcajada a gritos... "¿...tiemerridazz? HAHAHAHA... be rio cho..." (¿Temeridad? jaja, me rio yo).
Todo el mundo tiene raíces... y si no se riegan, la planta se muere. Daniel comenzó a darse cuenta de que quizás la planta no murió por no regarla, sino porque la segaron el tallo.

Continuará

viernes, 8 de enero de 2010

Los poetas han muerto...

De los ríos que suenan, del árbol de hoja perenne, de la fina lluvia mojando cuerpos desnudos que se dejan llevar...
¿Qué ha pasado?
Vivir en Madrid, te enseña varias cosas, la primera y más importante: la ciudad es la ciudad y debes quererla tal y como es.
Vivir en Madrid te enseña a respirar, aunque el aire esté compuesto de alquitrán. Te enseña a esquivar obstáculos, aunque no los tengas que esquivar. Te enseña a no dejar de confiar en ti mismo, ni dejar de confiar en los demás, puesto que cada individuo está solo, estando rodeado de muchedumbre.

Cada mañana me hace gracia, como en algunas ocasiones, el gris suelo se agrieta y crece hierba. Sórdido contraste. Eso dice mucho de la ciudad y de sus personas.
Paseo por sus calles y a veces pienso en que vertemos el tiempo en reinventarnos un recuerdo gris, una sonrisa cetrina, una caricia en blanco y negro. Pero son tan válidas como las que se ven ahora, en televisiones digitales, a todo color y sonido estéreo.
Un torbellino de luces de neon se ha llevado a las personas y ha dejado a individuos de plástico.
Madrid.. el rápido movimiento de Madrid y su cielo, a veces te da un respiro para poder mirar y darte cuenta de que cada día todo es más frenético.
Pasamos del tono sepia-granulado, al tecnicolor y a las televisiones de LED, y Madrid sigue ahi, impune al trasiego de la gente que va cambiando de color cual camaleón.
Qué importa que le crezcan flores... el progreso las arrancará por usted. Pero la ciudad se calla y todo el mundo sigue en pie.

Pero merece la pena pararse a mirar todo esto, merece la pena darse cuenta de la reacción, cómo se te eriza la piel con un sentimiento entre tanto viandante. Aunque parezca que las cuchillas del futuro van cortando los tallos del pasado, merecerá la pena siempre que exista una historia que contar entre tanto ordenador, coche, restaurantes de comida rápida y gente en trajes con maletines imponentes.

A veces nos olvidamos de lo realmente auntentico para mimetizarnos en un mar de gente que deambula, de un lado para otro, con un movimiento hipnótico que te arrastra hasta el vértice de una parábola, que desciende desde la autosuficiencia, se refleja contra la ignorancia y asciende hacia la alienación.

Los poetas han muerto
y las bondades
y las bonitas canciones
no queda nada,
de la belleza infundada

no quedan noches con luna
ni la vida
y la luz del oscuro cielo
buscando su cuna
niña de ojos de aceituna

no existen las pasiones
y las verdades
han sido vistas en ordenadores
y los ojos verdes
han muerto en negras tempestades

la música se ha acabado
caballo alado
recorre sus quietudes
y la juventud
de su sangre se ha marchado

los poetas ya no existen
ni sus inspiraciones
ni sus ideales
y el romántico despertar
ya de nada sirve

cuando ya nada queda...
¿cómo se llamaba aquella antigua canción?

lunes, 4 de enero de 2010

La última estación

Desde hacía ya un tiempo soñaba con trenes, trenes constantemente. Trenes en marcha, trenes estrellados, trenes del revés, trenes parados, trenes que no eran trenes, trenes desde dentro, trenes desde fuera.

Sencillamente pensaba que su vida era como una frenética estacion: llena de subidas, bajadas, reencuentros, despedidas. Sin cesar.

Lo que no hizo nunca fue retroceder, ¿acaso los trenes daban media vuelta a mitad del camino?. Pero sí, a veces se paraba a saborear la situación, lo contemplaba todo, con los ojos como platos, se los frotaba, los abría aun más. Se rascaba la parte de atrás de la cabeza y decía "Sí sí sí". Y excitado volvía a caminar.

Tampoco quitó ninguna traviesa de las vías. "¿Para qué?"-se preguntaba. En el fondo sabía que las cosas que vienen atravesadas son necesarias en la vida y procuraba no darle mucho protagonismo. Solo recorrer con sus dos pies esas dos líneas paralelas(a veces de sólido metal y otras de un cristal exquisito) que se unían en el horizonte como infinitesimales luces de posición.

Mientras se enfriaba el café la contaba todo esto y sudaba y gritaba y estaba excitado, como poseído por una euforia que quién sabía de donde venía. Ella se limitó a sonreir y a decirle:
Estás como una cabra.
Y el la contestó mientras se daba unos golpes en la barriga:
Estaré loco, pero los locos somos los únicos que no descarrilamos.


Trenes desde dentro,

trenes desde fuera,

el café que se enfría

y aquel final de la vía

que nunca llega.