Beatriz se levantó aquella mañana, como todas las mañanas, posando sus dos pies en el suelo al mismo tiempo. No por superstición, era una manía que tenía desde que era bien pequeña. Sus padres no estaban, como pudo comprobar cuando abrió la puerta de su cuarto. Lo suficientemente grande para lo que requería una mujer de su edad. Las paredes eran de color verde claro, al fondo estaba el escritorio con un ordenador portatil, pegado a una pared que daba a la calle de un blanco pueblo de granada. A la izquierda una cama, completamente desecha y justo en frente, un armario y una estanteria donde había fotos, libros y toda clase de recuerdos.
No se lo pensó dos veces y esquivando a su gato negro, llamado Llagui, atravesó el salón y encendió la cafetera. El reloj de pared que había encima del ventanal, marcaba las diez en punto.
Minutos después introdujo su cuerpo en la ducha, recordaba a Dani, recordaba la tarde de ayer, recordaba que hoy hacía seis meses que se conocían. No tenía intención de dejar de sonreir, hasta que se percató que sonaba su teléfono. Pensó que sería Daniel. Sin embargo no fue así, no era su novio el que llamaba, era Él.
-¿Qué quieres?-lo dijo tan cetrina que ni si quiera parecía una pregunta.
-Tengo que verte- dijo él- tenemos que hablar.
-Tú y yo no tenemos nada de que hablar, ya quedó todo claro.
-Todo no, si nos vemos hoy, será la ultima vez que me veas en tu vida. Te lo prometo.
La propuso verse a las seis de la tarde, ese mismo dia, en el parque del Centro. Beatriz no le dio una contestación.
Un terremoto sacudía los cimientos de su mente, la cual llevaba mucho tiempo sin verse perturbada. ¿Qué tendría que decirle? desde el día en que decidió cortar la relación con él, muchos recuerdos la asaltaron, sentimientos encontrados: tristeza, melancolía, restos de amor...
pero sabía que tenia que cortar. No era del todo un mal tipo, pero tenía demasiados vicios y escasas virtudes. Para tratarse de un hombre de 25 años, se comportaba como un crío de 15, era infantil, rencoroso, tenía prejuicios a casi todas las cosas. No era celoso, en absoluto, incluso se diría que era poco cariñoso, algo despegado. Era alto, pálido y delgado; mirada oscura y un tanto perdida. Beatriz todavía no sabía que había visto en él para enamorarse. Nunca la trató mal, en absoluto, pero sus personalidades no cuadraban.
Era testarudo, orgulloso y para más inri, era susceptible a cualquier adicción: juego, alcohol y otro tipo de substancias. Sorprendentemente para Beatriz, esto último no mermó la relación, de hecho ya era un hombre más o menos formal cuando empezaron a salir, solo se emborrachaba de vez en cuando y desperdiciaba unos pocos euros jugando a las tragaperras del bar de su padre algunos domingos por la mañana.
La curiosidad despertó en ella recuerdos apagados por Daniel, no sabía que le quería decir, además la promesa de no volver a verle era un plato de buen gusto para ella, ya que sabía que si se alejaba para siempre su vida cobraría un nuevo y nítido color. Aceptó a regañadientes consigo misma. Escribió un mensaje: "A ls 6 n l park. bss". Escogió el destinatario, sin saber como ni por qué, a parte de marcar el número de su ex, también marcó el de Dani. Ella no se dió cuenta.
Encendió su portatil Toshiba de color negro, el cual apenas tenia un mes de vida. Se conectó a internet y actualizó su fotolog, una foto con un corazón rojo y un 6 blanco en el centro, con un mensaje de amor en la descripción. Sin embargo no podía parar de pensar en qué querría decirla el otro. Con su novio actual había quedado, o eso creía ella, a las 9 en punto en su casa para cenar y celebrar su medio año de relación. Sin embargo había fallado en lo más importante: las máximas precauciones. Tres corazones estaban en juego.
Eran las dos menos cuarto de la madrugada y Dani se sentía morir, había tomado una cantidad de alcohol suficiente para matar a cualquier persona no acostumbrada a beber. Él lo comenzaba a notar, seguía con la espalda apoyada contra el puente y la cabeza dandole vueltas en todos los ángulos y direcciones. Todavía no podía explicarse lo sucedido aquella tarde, le parecía absurdo y ridículo. Al menos eso fue lo que pensó antes de comenzar a vomitar hacia su izquierda. Cuando terminó tal esperpéntica escena, se desplomó del todo hacia el lado contrario donde yacía la última copa de whisky que había tomado. Apoyó la cabeza en la botella de vino, se limpió los labios con un pañuelo y recostándose en el suelo, notó como brotó la primera lágrima. Tenía que hablar con ella otra vez.