Con el empuje de mi locomotora, voy barriendo los días. Empuja la locomotora y aprieto los dientes sobre los raíles, levantando estelas de fuego tras el rastro de los bogies. Y miro al suelo, no me quiero perder el recorrido, no quiero levantar la cabeza, pues si lo hago te veo.
Te veo surcando el cielo sobre mares de nubes carmesí en el atardecer de verano y yo, loco por no poderte alcanzar, araño las vías intentando doblar las traviesas, apagando mi frustración con los fuegos de mi caldera, que late y me mantiene. Y late también la chimenea y todo es azul: me caliento, me enfrío y me desnudo. Me dejo llevar lanzándome contra curvas, balanceándome sobre mi propio peso, porque sé que no te puedo alcanzar.
Tú, que dibujas estelas en el cielo.
Yo, que sueño con imaginar el mar.
Tú, que tienes al viento por pelo.
Yo, que sólo quiero verte volar.
Y ser el viento que empuja tu rostro,
mientras no paras de sentir la velocidad.
Pero yo estoy pegado a las vías.
Y estos guardagujas, me bifurcan cada vez más.
Un nuevo giro inesperado, una estación que visitar.
Soy el tren que quema los regueros de tinta,
soñando con un día verte despegar.
Y pegarme a ti durante la carrera y comenzar a danzar,
como danzan estrellas en la noche,
sabiendo que las pueden mirar.
Y mientras en la ruta otra salida se aleja de mi, tú llegarás a otro aeropuerto para descansar.
Porque trenes y aeroplanos, mueven sueños, mueven paisajes, mueven emociones. Porque es el movimiento lo que me mantiene con vida y a la vez nos aleja y nos acerca, manteniendo este pulso macabro que me llena, que me inspira.
Porque quizás hayas vuelto, porque quizás sin aterrizar yo haya despegado. No sabremos nada más de nuestros rostros, porque tú eres del aire y yo... yo no soy de nadie. Somos puntos de no retorno esperando a ser lanzados contra el infinito, de estamparnos contra el tiempo y dejarnos llevar. De doler, de llover, de gritar, ya habrá tiempo, pues estamos en eterno movimiento dentro de este maldito equilibrio caótico-universal. Si los rayos de Sol golpean contra nuestro cristal, sólo tendremos que dejarlos pasar, si es la Luna la que se presenta sin avisar, dejaremos la puerta entornada para olvidar nuestro miedo a la oscuridad.
Y mientras tanto, de estación en estación, yo recuento los días que hacía que no te besaba, papel con tinta, los arranco del calendario y lo uso como combustible, siendo mi vida el comburente, pidiéndote perdón mientras me abraso, por haberte dejado volar, por no haberte podido atar. Por dejar que fueras libre, libre y nada más.
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