Juró deshacerse del edén en cuanto pudo. Cogió la maleta vacía, con dirección a ningún lugar y se dejó llevar.
Y voló. Se fue. Se esfumó. Como el humo de cigarro tras unos labios, como el viento tras la tormenta. Se marchó, con su aire despeinado, porque la lluvia la trajo hasta mi. Porque fundió su piel en la maraña que tejen las gotas de mi mente. Porque me dio su beso eterno bajo la cálida caricia del cristalino elemento y el fulgor que nació del rayo que nos unió. Todo ello, final y principio. Destino irrefutable del ente que nos separó. Tiempo. Silencio. Calma. Su ausencia.
Se deshizo del edén cuando pudo. Y yo, manzana podrida, vistiendo otoños bajo papeles secos. Preso de la soledad, de su soledad. Prisionero de su pérdida. Temeroso de su olvido, yazco aquí perdido, pues aquella tormenta de verano, no volverá jamás.
Ahora sólo quedo yo.
No puedo descifrar, dónde quedaste tú. Dónde quedó tu melena al viento, tu escudo desdeñado, tus ganas de hacerme acelerar. No comprendo dónde están ahora. No lo comprenderé jamás.
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