miércoles, 24 de noviembre de 2010

Campo

Me educaron para ser libre. Me educaron en los remolinos de luz que hay en los molinillos de entre el centeno. Y la espada entre la pared muda y hueca, donde ya nadie cabe, donde ya nadie habla. Ataúd con ataúd. Piedra con piedra. Me educaron para ser libre, señor. En tierra de yuntas. En tierra de martillo y pan de hogaza. Me educaron para ser como el viento, fluido, transparente y con ganas de soplar siempre. Para tener la felicidad en la frente y la dulzura en los balcones de mis pestañas cuando me atrevo a mirar, no hace falta nada más, que un corazón que quiera latir. Del campo soy, del campo vengo y contando las veredas, entre el trigo, yo me entretengo. Señor, soy indomable. Y si al yugo me quiere someter, ha de saber que con mi cayado se encontrará. Cara a cara. Que no hay más que lo que uno pueda perder, que no se pueda soñar. Y aunque no tenga dinero como usted, señor, en esto del soñar no me gana ni dios. Me educó el Sol de la jornada, y mi piel en bronce tornó. Labios deshechos por la fuerza del adiós de quiénes me rodearon. Ojos forjados a fuego de la fragua y al acero de las palabras. Lágrimas que jamás vieron nacer una penuria mía al alba. Soy el hijo del trueno, la centella relampagueante del que interponerse ose. El azote del mar cuando con su fuerza rompe las rocas de su señorío, señor.
Me compré unos zapatos raídos, con el sudor del amor de mis padres, señor. Y los zapatos que usted calza, no son más que pura lisonja, de capricho que en su egoísmo aloja y no quiere sentir. La sangre de los míos, jamás verá perecer. Pues es pura e inagotable, es incorruptible y es noble. Me río de sus lisonjas, del atropello que me provocan sus limosnas. En el campo mis manos aprendieron los colores y mis oídos rozaron las nubes. Y usted, llegado de la gran urbe, de esa nubosa y ponzoñosa sierpe gris. Usted educado por maestros nulos, por gente que no sabe nada y se creen que sí. No le queda nada más que un semblante, aparentemente majestuoso y un recuerdo luctuoso. Yo me críe así, víctima del mandil, de las mulas, del molino. Martir incansable de mi labor, porque a diferencia de usted, señor, a mí me sigue latiendo el corazón.

Porque yo nací de la cebada soñando, de la cochiquera medrando y usted, señor, no.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Miedo

Era ya casi de noche, cuando decidí entregarte una caja transparente con todo lo que soy dentro. Tenía miedo a que alguien la robase sin pedir permiso. Tú tampoco lo pediste. Abriste la puerta de un empujón. Yo simplemente sostenía la caja con los brazos extendidos al otro lado. Con los brazos extendidos y una sonrisa leve. Pero la cogiste con firmeza y la arrancaste de mi cuerpo de madera. Sin despeinarte y tan bonita como de costumbre.

-¿Qué es?-me preguntaste con curiosidad.
-Es un pedazo importante de mí-dije sin titubear-guardo el calor de unos besos, el sabor de unos abrazos y la eternidad de un te quiero efímero. Tan efímero como su pronunciación. Y algunas cosas más...
-¿Y por qué me la das?-tus ojos, siempre tan increíbles, escudriñaban lo que me acababas de quitar.
-Yo no te lo he dado, tú has querido cogerlo... solo... solo ten cuidado con ella, ¿vale?
-¿Cómo no voy a tener cuidado, tonto?-sonreías de esa forma que tanto me gusta-confía en mí.

Sellamos el intercambio con un cruce de miradas. Esos cruces donde todo queda a la imaginación, hasta que salta la chispa que lo enciende todo. Y es entonces dónde nuestros labios se encuentran y todo vuelve a tener sentido.

Pero debes de tener en cuenta, que no sólo te he dado una caja de cristal. Es mucho más importante que eso. Es lo único que me mantiene aferrado a la vida, es mi felicidad entera. No es un juego cualquiera. Antes tenía miedo de perderla... ahora tengo miedo de perderte a tí. Tengo miedo de despertar y no encontrarte a mi lado. Tengo miedo de que venga un huracán y te lleve lejos de aquí con un soplo. Tengo miedo de que desaparezcas tú, contigo mi caja y mis ganas de vivir. Algo mayor que el miedo a la muerte: es el miedo de no volver a verte. Mira dentro. Mira bien, porque lo que encontrarás dentro del arca, no es otra cosa que tú. Y el miedo... el miedo desaparece, cuando vienes y con tu sonrisa apagas la luz.

No te vayas y déjame contemplar tu oscuridad a solas un rato más. Déjame aquí contigo, que de todo el miedo, lo único que conseguí olvidar, fueron los amargos besos de la vacía soledad.
Y la caja... la caja es simplemente nada comparado con lo que me haces sentir.


lunes, 1 de noviembre de 2010

Una cara

Con la luz apagada. Una estrella azul de fondo. Recuerdo que yo te besaba, recuerdo que me mirabas y todo volvía a empezar. Solo piel contra piel. Con el mejor de los escudos: el hechizo de tu sombra y su sabor. La noche se escurría entre mis dedos casi sin poder tocarla. Como mi pluma en el papel. Como mi corazón cuando te ve. Comenzamos a besarnos sin que nos importara nada. El unico mundo que conocíamos eran las paredes de la habitación. Tú y yo. Y el resto, daba igual.

El reloj intentaba darnos patadas en la espalda, mientras yo me dedicaba a pintarte corazones en la tuya. Eran caricias convertidas en cuchillas. Notaba su filo en mi cuello, yo simplemente me dejaba cortar. La respiración era cada vez más intensa y el sudor comenzaba a bañar nuestras caras. De pronto me cogiste de la mano y me llevaste a ese lugar donde todo tiene sentido. Estábamos los dos completamente desnudos. Recuerdo que no quería pintar otras palabras que no fuesen las de tu cuerpo.

La luz de plata que entraba por la ventana bañaba tu pecho desnudo. Nos pusimos a volar sin despegarnos del suelo por un instante. Y aunque era pleno otoño, en ese mismo momento apareció la primavera y arrasó el paisaje de hojas secas. Con un soplo de viento. Con el aire que exhalaba tu boca, más fuerte que el rugir de cien huracanes. Nuestras manos jugaban a perderse y a encontrarse constantemente. Nos mirábamos fijamente con los ojos cerrados sin saber muy bien dónde estábamos. Pero con la seguridad de que encontraríamos todo lo que quisiéramos. Ya no recuerdo demasiado bien si estaba sobre tí cuando llegó la tormenta. Porque sin previo aviso, de la nada apareció una tempestad, llegaba el momento de lanzarse al mar. Llegaba el momento de abrazarnos sin más. Clavabas tus dedos en mi espalda. Mis oídos escuchaban como el temporal azotaba nuestros cuerpos. Y de como aquella noche, nos dejamos llevar en el más enfurecido de los océanos.

Muerta la tormenta, quedaban solo dos cuerpos despedazados del amor. Dos cuerpos simples y desnudos, esclavos mutuos. Inseparables y frágiles. La estrella azulada que nos iluminaba iba dejando paso a un sol dorado. Esta vez nos encontró amándonos tras las sábanas. Esta vez, cuando amaneció, el cielo vio dos caras. Yo veía solamente una. La tuya. La más bonita que jamás vi. La única a la que quise. La única que querré.