lunes, 7 de noviembre de 2016

Disparar al enemigo

Me fuí, como se va la primavera: dando por culo.
Me enredé, como hacen los mosquitos. Una telaraña más que cortar.
Me aprendí, como se aprenden los mapas y dibujé astrolabios lejos de ti.
Me harté, como se harta la Luna de la noche: sin dinero, sin abrigo, borracho.
Decidí morderme en cada paso, tirarme en cada ventanal abierto.
Encontré felicidad, lejos de tus serpenteantes movimientos.
Abrí en canal todo lo que olía a tus recuerdos:
presenté mi dimisión al edil de tu ausencia.
Y me soñé que despertaba, saltaba por la ventana y me estrellaba
contra mi impaciencia.

Y es que no todo lo que tuviste fue real. Ni todo lo que tocaste fue transparente.
No busques explicación, no la hay. Nunca fui de nadie.
Que el maquillaje de mi cara sólo esconde máscara tras máscara. Yo soy fruto de lo que viví.
Yo soy el reflejo del cristal quebrado, del agua de lluvia en mitad del mar.
Como otros mas: molinos en barrancos, sin que el viento le llegue a tocar.
Comprendí que la forma correcta de hacerlo, es a mi manera
y que prefiero escribirlo, a callarlo y que me duela.
Y me duele, el castigo de la semi ausencia de un remilgo, 
y pagar por cobarde ante esa osadía.

Y ahora que todo lo que toco en la noche soy yo,
que desafino y que me afilo en el filo de la navaja de otro cuerpo de mujer.
A fin de cuentas compartir es más que eso y en el maltrecho cerco que envuelve a mi alma
descubro poesías prosaicas traídas de otro momento, venido a menos.
Estallo contra el papel como lo hacen los grillos al anochecer,
como hacíamos con nuestros cuerpos cuando tocaba querer.
Ahora que no toca, que el vaso se ha colmado de calma,
ahora que el tiempo se detiene y que nadie escucha mis gritos,
ahora que el lamento de mis quiebros se queda en mis suspiros,
yo aquí lo digo y lo firmo:
Yo y sólo yo, soy el enemigo.


miércoles, 2 de noviembre de 2016

De trenes y aviones

Con el empuje de mi locomotora, voy barriendo los días. Empuja la locomotora y aprieto los dientes sobre los raíles, levantando estelas de fuego tras el rastro de los bogies. Y miro al suelo, no me quiero perder el recorrido, no quiero levantar la cabeza, pues si lo hago te veo.
Te veo surcando el cielo sobre mares de nubes carmesí en el atardecer de verano y yo, loco por no poderte alcanzar, araño las vías intentando doblar las traviesas, apagando mi frustración con los fuegos de mi caldera, que late y me mantiene. Y late también la chimenea y todo es azul: me caliento, me enfrío y me desnudo. Me dejo llevar lanzándome contra curvas, balanceándome sobre mi propio peso, porque sé que no te puedo alcanzar.

Tú, que dibujas estelas en el cielo.
Yo, que sueño con imaginar el mar.
Tú, que tienes al viento por pelo.
Yo, que sólo quiero verte volar.
 Y ser el viento que empuja tu rostro,
mientras no paras de sentir la velocidad.
Pero yo estoy pegado a las vías.
Y estos guardagujas, me bifurcan cada vez más.
Un nuevo giro inesperado, una estación que visitar.
Soy el tren que quema los regueros de tinta,
soñando con un día verte despegar.
Y pegarme a ti durante la carrera y comenzar a danzar,
como danzan estrellas en la noche, 
sabiendo que las pueden mirar.

Y mientras en la ruta otra salida se aleja de mi, tú llegarás a otro aeropuerto para descansar.
Porque trenes y aeroplanos, mueven sueños, mueven paisajes, mueven emociones. Porque es el movimiento lo que me mantiene con vida y a la vez nos aleja y nos acerca, manteniendo este pulso macabro que me llena, que me inspira.
Porque quizás hayas vuelto, porque quizás sin aterrizar yo haya despegado. No sabremos nada más de nuestros rostros, porque tú eres del aire y yo... yo no soy de nadie. Somos puntos de no retorno esperando a ser lanzados contra el infinito, de estamparnos contra el tiempo y dejarnos llevar. De doler, de llover, de gritar, ya habrá tiempo, pues estamos en eterno movimiento dentro de este maldito equilibrio caótico-universal. Si los rayos de Sol golpean contra nuestro cristal, sólo tendremos que dejarlos pasar, si es la Luna la que se presenta sin avisar, dejaremos la puerta entornada para olvidar nuestro miedo a la oscuridad.
Y mientras tanto, de estación en estación, yo recuento los días que hacía que no te besaba, papel con tinta, los arranco del calendario y lo uso como combustible, siendo mi vida el comburente, pidiéndote perdón mientras me abraso, por haberte dejado volar, por no haberte podido atar. Por dejar que fueras libre, libre y nada más.