martes, 4 de octubre de 2011

La Ultima Estacion II

Mi vida en imágenes es el lienzo en blanco que está aun pintándose.

Lo pinté con grises despedidas, que poblaron con sus nubarrones los paseos de mi razón. Que encharcaron con sus tormentas los huecos nimios donde ya nadie pasea, pues se marcharon. Ahora cada avenida, está poblada por muebles viejos que la vida allí dejó. Ellos son el andén, donde pueblan las lágrimas. Ellos se quedaron atrás, agitando sus blancos pañuelos al verme pasar, transportando las maletas de mi gris sonrisa.

Pinté también con azules recuerdos, como el cielo en una tarde de verano, todo lo que en su día se hizo y se dejó caer de mis labios al suelo. Todo lo que en su día trabajé. Con cada gota de cristal derramada, pinté castillos de arena (azules, claro) que yo mismo derruí. Pues hallé la paz en otro mar o simplemente me apetecía sumergirme en lo más profundo del más perdido océano. Cada persona, cada aliento que no se convirtió en gris, permanece flotando dentro del zafiro que guardo con cariño en la caja fuerte de mi memoria. Construí sobre mis baldosas azuladas una infraestructura celeste sobre la que se sostienen los raíles de mi vida, está situada en el centro del lienzo.

El violeta lo reservo para los días. Es la distancia recorrida y la que todavía está por llegar. La que me regala los frutos entre el espinado zarzal del trayecto. El color del atardecer en invierno. No hablo de inviernos crudos, hablo de inviernos que son felices, que huelen a tierra mojada, mientras salpican a la cara los rayos del Sol poniente. Avanzando boquiabierto, avanzando sin parar y con los ojos bien abiertos, sobre estos raíles que coloco sobre la infraestructura anterior. Es la distancia que me separa de los ojos que se llevarán mi vida. El tiempo que me queda hasta que el reloj decida. El calendario no indica la longitud del tramo, sólo indica que sigo en el camino y en la dirección correcta.

Lo pinté con verdes esperanzas vanas, como palabras inconsistentes de papel, atrapadas en un remolino de aire caliente. Pero también aparecen en el cuadro esmeraldas duraderas: lo que nunca se pierde, lo que da sustento al desarraigo de la desesperación. La percepción del mundo como algo que se puede cambiar. Algo tan verde que un campo de albahaca parecería descolorido. La lima con la que aderezar el cóctel de sensaciones que me acompañan. El frondoso bosque, atravesado por un puente invisible al que sólo se puede llegar si se salta, sólo si sabes que aunque caigas puedes volverte a empezar. Son de ese color las traviesas que jamás se quisieron despegar de la vía. El eje del raíl. Que huele a hierba recién cortada.

Pinto ahora de un electrizante amarillo las palabras. Las palabras que emanan de mi boca, las que dibujan a maza y cincel mis manos. Las que rozan mis oídos con sonidos transparentes, cristalinos, etéreos. Que explotan en los vuestros como el big bang. Las palabras que nacen de mi cabeza y no me atrevo a decir. Las que digo sin pensar y no me atrevo a meter en la cabeza. Las que me callo, las que me hacen callar. El mundo se mueve por esto. Por querer comprenderlas, por intentar hacer algo más. Usarlas para comunicar, transmitir, sentir, pensar, reflexionar. Son la energía, son el canal. Ellas irán surtiendo de electricidad cada palmo de la vía. No hay nada tan poderoso, pues lo único que se le asemeja en poder es el amor, y amor es, al fin, una palabra. Un verbo incorrecto puede hundirte, un adjetivo cuadrado puede elevarte al infinito. Sin ellas no podría concebirse algo así. Las mismas herramientas que agarro y plasmo en papel, pues me ayudan a volar, son mi motor y mi combustible. Mi fuente de energía. Amarillo es ácido, es limón cuando quiere escocer en las heridas. Es vainilla cuando quiere endulzar la mesa. El abanico más grande de emociones intensas.

Los postes que sujetan los cables son de color naranja. Impasibles al tiempo. Inamovibles, como titanes, realizando el estoico esfuerzo de aguantarse en pie día tras día. Reconozco en ellos los pilares en los que se sostiene y da forma a todo aquello que brota de mi mente. La inspiración que viene de la música que llevo grabada en la piel, de una conversación, de una sonrisa, de una frase en una pared. Del sentimiento. Me ayudan a acercarme un poco más a las palabras. Me aportan quietud después de ir corriendo a un ritmo frenético por la vida. Me paro, observo. Con los ojos como platos contemplo la panorámica del mundo, sin dejar de saborear cada gota de aire que respiro. Unos sutiles golpes en mi cabeza, para cerciorarme de que la información ha entrado de forma correcta y a proseguir corriendo hasta el próximo poste. Hasta que encuentre algo que me haga parar, algo que haga que se me erice la piel, que se me exciten todos y cada uno de mis sentidos. Puede ser una canción o pueden ser dos ojos. La inspiración no entiende de formas, pero la necesito para formar el mundo. Es el azahar cuando brota en primavera. Y es una primavera tan increíble, que a veces aparece en pleno otoño, cuando todo es caduco y marchito.

Por último, el medio de locomoción: un tren. Un cálido y rojo tren. Simboliza mi vida y no podría funcionar sin nada de lo anteriormente dicho. Unos vagones que serpentean por los raíles violetas, como una bicha en medio de un lago. Descosiendo telarañas traídas del fondo del mar a mis cristales. Me lleva hasta nuevas estaciones, donde hay gente que sube para quedarse. Otros se quedan en el andén, con sus maletas llenas de lágrimas y rencores. Por suerte nunca me quedo vacío, pues la vaciedad hace que me atasque, que me quede colgado en mitad de la nada. Insostenible, completamente falto de virtud, como esas sonrisas de la gente vacía que nunca viajará aquí. Cercenar el olvido de la distancia. A cada paso que doy noto estar más próximo de la última estación. Y a cada paso que daré, pues aunque no esté escrito, lo estará si me llena, si consigue convertirse en algún poste en mitad de mi camino. Si se torna sentimiento, si hace olvidarme de todo. Una burbuja perdida en las entrañas de la felicidad, que me atrape, que me aísle. Que me haga contemplar la belleza encerrada en una tormenta de cuchillos.
Cuando viajo de noche, cuando estoy atrapado entre tinieblas. Cuando la luz no llega al final del túnel, en ese mismo instante, mi alma brilla. Brilla tan intensamente que hasta el Sol parecería apagado de estar en frente. Brilla tanto que fundiría los plomos del abismo del adiós, atravesaría cada rincón, cada lugar. Sólo para deslumbrarte a ti, sólo para que me vieras pasar. Porque sigo el camino. Y lo sigo tan deprisa, que hago tambalearse los cables de alta tensión. Y disparo palabras. Disparo para esculpir sonrisas, para hacerme feliz. Para hacer brillar a los demás, tanto o más que yo. Porque la gente brilla es la única que sigue con vida, la única que vive para viajar entre andén y andén para volver a saltar.
Me mantengo recto gracias a las traviesas, mis esperanzas de que tarde o temprano, en algún andén, ella esté aguardando. Con el pelo suelto y la mirada redonda. Con el alma salada y miel en los labios. Con la piel cálida, cálida como el Sol del invierno. Y que al parar, se acerque y diga: "ábreme la puerta" y al entrar, me haga resplandecer y querer que el mundo se pare por un instante. Saborear su olor. Y seguir, porque no todo acaba aquí. Porque a veces el pavimento no está pulido del todo y recaigo en algún momento anterior. Pero pienso que se quedó atrás porque no es bueno quedarse quieto. Si me quedase, no podría estar en los lugares en los que he estado, estoy y estaré. Porque si mañana me marcho, tú no te olvidarás de mi y, yo de ti tampoco. Me esfuerzo en dejar huella en todas las paradas que hago. Me mueven sentimientos, porque probablemente la pasión sea la que me acelere demasiado, pero... ¿a quién no?

Y sigo aquí, desterrando las despedidas,
mientras guardo los recuerdos en cajas de cristal,
que llenan mis días, que me hacen respirar.
Enterrado en un mar de esperanzas,
buscando las palabras mudas
que brotan de la inspiración.
Y el tren se mueve, porque está lleno de color.
En este trayecto largo y efímero de la vida,
sigo en el camino para ver salir el Sol.
Y el Sol que sale para verme partir un día más.
En busca de cobijo, en busca de calor.
Para llegar hasta ti, para llegar a la ultima estación






lunes, 3 de octubre de 2011

Memento III

Las gotas caían sin cesar en el cristal de la ventana del salón. Tenía los ojos cerrados y estaba tumbado boca abajo, las risas habían parado hace mucho tiempo. En esa posición, en la que llevaba meses, sentía el frío del invierno penetrar cada milímetro de mi piel con sus agujas de hielo. El viento soplaba fuerte. Quería despertar. Un trueno. Quiero despertar ya. Un relámpago... ¡¡DESPIERTA!! Abrí los ojos, no había nadie. Ni Soledad, ni Tristeza. Se habían marchado con su olor a tabaco lejos de casa.

Entre trueno y trueno, al fin pude darme cuenta de lo que en realidad estaba sucediendo: la puerta no dejaba de sonar. Llevaba sonando desde que me tumbé, mas nadie había ido a abrir. Me puse en pie, me sacudí el polvo y caminé, con paso lento y decidido hasta el umbral de la puerta, esperando encontrar el feo rostro de Soledad tras ella. Pero no era aquello lo que aguardaba tras los dinteles. Era una mujer, muy hermosa. Tez blanca, cabello oscuro, ojos color esmeralda, vestido verde ¿su nombre? Esperanza.

Pese a que fuera tronaba, venía sin paraguas y estaba completamente seca. Esgrimía una noble sonrisa en la cara, buscando la mía, como quien apunta con un florete a la cara de su adversario. Despedía un perfume embriagador.
-¿Se puede?- lo dijo con la voz risueña, adorable. La voz que hubiese deseado escuchar cada mañana al despertar, desde el día en que nací.
-Claro, adelante. ¿Qué se le ofrece a esta bella dama?- la apatía de estos últimos meses no había hecho mella en mi cortesía.
-He venido a hacerte recordar. Verás, Soledad y Tristeza se marcharon en cuanto supieron que yo estaba tras las llamadas a tu puerta. Saben que no tienen nada que hacer-guiñó un ojo y acto seguido cambió el tono de voz.- Veamos... Soledad te dijo que llevaba espiándote en la sombra desde siempre, ¿verdad? -asentí con la cabeza- es mentira, esa astrosa arpía... siempre que eres feliz junto a alguien llora de envidia. Siempre. Y no hay nadie que la console. Yo en cambio, sí que he estado detrás siempre. En los otoños, en los veranos. En las alegrías y en las tristezas. Siempre te he seguido de cerca. Pero cuéntame tú, ¿qué te ha pasado?

Antes de comenzar a hablar, nos sentamos en el sofá. Serví dos copas de whisky y dimos sendos tragos. Me aclaré la garganta y hablé:
-Se marchitó el manzano del patio-comencé con la voz rota-yo... yo sólo anhelaba a Amor. Quería ser la dulce mentira oculta tras la fachada de un verso. Quería ser la calma que se esconde tras la oscuridad de un beso. Quería abandonarme a su sonrisa mientras su abrazo se volvía intenso... quería...quería que no acabase nunca.-Y así concluyó mi momentáneo alegato.
-Si Amor se marchó, no era Amor de verdad, era algo que se parecía a ella. Igual que el manzano, si hubiese sido de verdad, no se habría marchitado. Cuando se habla de este sentimiento, si es real y correspondido, no debería acabar nunca. Por mucho que desees mantener viva la llama, si lo haces con un encendedor, se apagará nada más quitar el dedo. En cambio una hoguera dura todo lo que quieras, toda la madera que tengas para quemar en forma de días. Y a cambio tendrás luz y calor y ese olor tan característico. A eso que huele la felicidad. Recuerda quién eras antes de todo esto. Recuerda que te prometiste ser la rosa de los vientos de tu propia fortuna. Recuerda que eras el viento de la quebrada cuando sopla de levante. Recuerda que siempre quisiste ser la furia en mitad de la calma y la calma en mitad del temporal. Recuerda que lo que te hace distinto, te hace especial. Eso te llevará hacia esa persona, también especial y que la hoguera no se apagará jamás. Recuerda que el peso de tu espíritu aplastó titanes.-Dicho esto, Esperanza se puso en pie y comenzó a divagar por el salón, se mantuvo pensativa unos segundos antes de comenzar su soliloquio:

Vivo encadenada a tu piel, soy cada vez que te has caído y quien te ha obligado a alzar el vuelo. No te puse alas, pero te enseñé a volar desde pequeño. Como a todos. Pues es bueno saber que si echas a volar, puedes caer de un momento a otro, rasparte las rodillas un poco y sangrar. Pero no pasa nada. Del dolor se aprende, para bien o para mal la vida es dolor y cada día nos enfrentamos a una nueva lección. El libro nunca se acaba. Pasará el tiempo, la gente entrará y saldrá de tu vida y en ese vaivén desbocado y sin riendas, llegarás a tiempo a la estación, te montarás en el último vagón y entonces la verás. Verás esa persona por la cual morir. Esa persona por la que regalar cada aliento, cada lágrima y cada palabra de tu boca. Verás a una persona que te hará sentir especial, sólo por el hecho de dejarte ser como tú eres. Y entonces me tendrás. Tendrás mi esencia elevada a la máxima potencia y teñiré tus días de luz. Su voz será para tí la más dulce de las melodías, su tacto será más exquisito que la seda y cada noche os entregaréis, sin nada más que vuestra piel, a las llamas de Amor. Para que os consuma lentamente, para que su fuego vaya quemando el crepúsculo, como se queman los fuegos artificiales entre el firmamento en una noche de verano. Y al despuntar al alba, como recompensa, puedas contemplar su rostro, su sonrisa, su amanecer junto a tí. Sabrás entonces, que Amor ha llegado, cuando no puedas borrarte esa cara que se te pone al recordar cuánto tiempo desearías perderte entre su pelo. Compartir algo más que la vida. Sonreír por sonreír, así sin más. Anhelar el amor no vale, hay que luchar por él día a día para que no pare de crecer.
Porque en tus manos tienes la magia para encontrar. Porque en tu cabeza tienes las palabras para lograr. Porque no hay nada que Amor no pueda tumbar. Y yo que soy Esperanza, te prometo que el amor volverá.-Dijo esto, volvió sobre sus pasos y abrió la puerta- por cierto...-y con un chasquido de dedos, la tormenta arreció y el rayo más grande que yo jamás haya visto calló del cielo como un misil hacia el centro del patio, arrasando el manzano marchito por completo. El destello fue tal que me desvanecí.

Al cabo del tiempo me despertó el piar de los pájaros del exterior. Me levanté y contemplé el ventanal: era primavera. Seguía yo solo en casa, pero seguía oliendo al perfume de Esperanza y las paredes eran más verdes que nunca.

Abrir las cortinas de mis ojos. Sentir el peso de mi espíritu demoledor. Decidir entregar mi sonrisa al Sol. Salir a la calle, cerrar la puerta.

Para nunca más decir adiós.