martes, 28 de noviembre de 2017

Mi vieja calavera

Eclipsado en recuerdo de tu negro sol de invierno. Creando la tensa calma de la cuerda del reloj, atravesando con sus latidos la frontera entre volver y marchar, te vi llegar. Fuera del soneto temporal, la corriente lleva a dos cuerpos nimios a ocupar un espacio finito, conjunción de matices a la hora del alba; entre los muertos de tus caricias, uno se levanta portando un estandarte con una negra calavera. El resto, mira y atiende con obsesión como clavas en mi cuerpo tus labios azules de muerte. Tus labios azules de hiel y ponzoña. ¡En un segundo, nace la nada y muere! ¡En un segundo, se llena el espacio y después se evapora! En un segundo cabe una explosión. Un cruce de miradas, unas manos recorriendo una espalda. Su cuerpo sobre el mío. Fin.

Y mañana volver a nacer, reafirmando la idea que en este triste mundo, lo único maravilloso sea del mar las olas que puedan destrozar la humanidad. Y otra vuelta más en el colchón mientras el mundo, ajeno, se viene abajo en nuestras cabezas y quedamos encerrados en la luz que hay debajo de la piel. Girones de recuerdos que tiñen de salado el humor en los ojos de aquellos que quedaron atrás, con sus miembros cercenados tras tu montería. Yo, que me creo vencedor, involuntario de mi me sonrío y pienso que no va a salir bien.

Palabras dormidas en el zaguán de algún lugar lejano, empapados en sudor por las estrellas que observan, que juzgan, que mienten, que ríen y se entretienen. Mar en calma, paisaje funesto, roto lo demás ya sólo quedó lo nuestro. Y lo nuestro no fue, ni existió. Y lo nuestro jamás tuvo vida, porque tras nacer murió y al morir, también expiré yo. Quedando después tendido y frío en un renglón a parte dentro de mi inerme salón.

Y al día siguiente ya no está y ya no queda nada. Y me encuentro, frente al pelotón de muertos portando el negro estandarte que atraviesa con tibias mi calavera. Y me encuentro conmigo mismo, frente al espejo, volviendo a sentirme viejo en sentimientos pero novato en tratos, pues hoy os dejo el legado más bello que se puede ceder: el alma obcecada con mi traje, mal bajío, del día en que te vi llegar. El traje nuevo destrozado, del día que te vi marchar.

Aunque jamás leas estas líneas, de todo el fulgor que tiñe de rojo mi sangre, te llevaste más de una tajada. Y que con esa sangre se escribe hoy esta historia.

Y de los demás muertos, nunca quise saber nada.