
Un nuevo cruce de miradas, bastó esta vez para encender la tormenta. La chispa iluminó la habitación. Pared con pared. Y un sonido seco. Sordo. Las puertas abiertas manchaban mis manos de gris y de aquel olor a tierra mojada que jamás olvidaré. Locos. Haciendo eso que tan sólo sabíamos hacer, llenarlo todo de color.
Y el reloj corre y el tiempo grita. Presos del insomnio redecoramos la vida a nuestro antojo. Amantes de la calle, como si fuésemos gatos callejeros: quizás ella estuviese en ese antro. En la autopista de la vida nos colocábamos en primera posición día tras día, teníamos una baraja de sensaciones, donde la euforia era la carta más repetida. Vivíamos sin control como la bala que sale del cañón de un borracho, sin rumbo fijo. Todo daba vueltas noche tras noche. Teníamos el ímpetu de un león y la piel del lobo que se ha comido tres corderos.
Sonando en el compacto la canción Freedom de aquel guitarrista negro que grabó su nombre en la historia de la música. Enroscábamos el coche a 200 por hora en cualquier callejuela, frenábamos, dábamos marcha atrás y saboreábamos el aire. Por si acaso, al ir tan deprisa, nos hubiésemos perdido algo. El ácido recorría mis venas como un corredor de maratón. Todo era color, los sesenta jamás acabaron dentro de mi cabeza. Y cada vez que cogía un vaso era para ver su cara en el fondo. Al querer besarla, a cada beso que le daba, el vaso se terminaba, sin querer. Y por besarla me embriagaba y sólo nos dedicábamos a correr. A correr y a sudar. La Luna nos miraba y nos decía que nos esperaba, que nos acostásemos con ella, pero yo sólo la quería a ella.
Pero no había tiempo que perder, la noche, cuanto más joven parece, más pronto muere. Y yo soy joven y tengo la sensación de estar muriendo, tan, tan deprisa, que no me quiero perder nada. Quiero viajar sin despegarme del suelo. Como viajaron aquellos héroes. El sonido inunda mis sienes. A cada latido que va y viene, cambia de color. A veces es blues, a veces es jazz, a veces es rock.
Necesitamos respirar el aire cortando nuestra cara a toda velocidad. Necesitábamos cualquier papel para fumarnos la felicidad y el Sol... el Sol sólo significaba que teníamos que irnos a nuestro ataúd. Vampiros del orgasmo. Muertos de la soledad. Aunque en mi cabeza sólo estuviese yo. Aunque en mi cabeza sólo estuviese ella y todo lo demás... todo lo demás jamás me ha importado. Tan sólo saber... tan sólo, que mañana la volveré a ver. El tren nunca frena.
Éramos como piedras lanzadas de la mano del mejor postor. Y como la noche, pensábamos que aquello nunca, nunca terminaría.
Como lo que siento cada vez que bebo y la veo. Como lo que siento noche tras noche desde que no la veo. Y aunque jamás te lo haya dicho, yo también, yo también te sigo queriendo.
Y ahora... sólo quedan restos de éste cartón deshecho, chupado por algún viajero del tiempo.