sábado, 25 de diciembre de 2010

Fiebre

La fiebre está subiendo por momentos. O eso creo. Llevo dormido dos meses o quizás dos horas, no logro saber cuánto tiempo llevo tumbado en esta posición. Quizás no esté dormido, no lo sé. La fiebre no para de subir. Oigo voces. Nadie me llama. El frío se apodera de mí. Crece como un bloque gigante de hielo en medio de un riachuelo. Está secándome por momentos. Llega el dolor con su triste balada. Oigo una música repetitiva y monótona. "Pa-pum-pa-pum..."y un susurro calamitoso. Yo soy el que susurra. Creo que me cuesta mantener la respiración. No puedo moverme. No puedo abrir los ojos. Tal vez el problema sea que no logro cerrarlos. Siento un punzante dolor en la cabeza. Noto como crecen mi pelo y mis uñas. Me raspan y me pinchan. Las sienes me palpitan y me arde la frente.

Estoy encerrado entre cuatro paredes blancas. No las veo, pero sé que están ahí. A solas con el olvido. No corre el viento. Intento pedir ayuda pero cuando mi voz, rota por el dolor, intenta articular una palabra se derrumban en el silencio que me atormenta. La fiebre no para de subir. Intento ponerme de pie. Vencer los puñales que se clavan en cada poro de mi piel. Y cuando creo haberlo conseguido vuelvo a caer de espaldas por enésima vez. Tengo la boca seca. Tengo los labios cortados. Este maldito frío está acabando conmigo. Sé que hay agua por aquí cerca. La huelo. A tientas alcanzo un vaso. Pesa muchísimo. Uso mis dos brazos para conseguir llevarlo a la boca. Cargando con todo el peso de mi cuerpo para conseguirlo. Estoy muy débil. Mis manos no aguantan la presión. Cuando el agua está a punto de mojar mis labios, ésta se evapora. El vaso se cae y se rompe en mil añicos. Desaparecen. Pero sé que hay otro vaso cerca. El agua que contenía comienza a expandirse. En cuestión de segundos todo se llena de agua. Está congelada. El nivel no para de subir hasta que me sobrepasa. Intento nadar pero no puedo moverme. Me estoy ahogando por momentos. Cuando estoy a punto de morir, el mar desaparece y caigo al suelo desde lo alto del techo.
Todo está oscuro. Pero las paredes son blancas. Yo las veo. No hay luz. Pero sé que son blancas. Sé que hay un vaso de agua. Sin embargo no puedo. No puedo luchar. Con las pocas fuerzas que tengo me llevo las manos al rostro. Comienzo a emitir lastimeros sonidos y a intentar llorar. Pero cuando las lágrimas están a punto de brotar para sanar mi llanto, vuelven hacia adentro y desaparecen. Dejándome en el cruel limbo previo de forma ilimitada.

No tengo hambre. Si comiese algo vomitaría. Pero de pronto tengo la boca llena de algo que detesto. No sé qué es. Pero no me gusta su sabor. Sin saber por qué comienzo a masticar y a tener nauseas. No quiero tragar. No quiero tragar. Toso y me atraganto. Se provoca una arcada. Pero no logro vomitarlo. Me arde el estómago. Siento como se contrae de forma violenta. Intento llorar. Intento gritar. Pero ni las lágrimas ni la voz acudieron a mi velada con el dolor. Quiero que esto se acabe. Rezo porque todo acabe. Así lo parece, cuando de pronto se abre al fondo una puerta. Veo luz. Una luz blanca. Pero la habitación blanca sigue a oscuras. Esta vez si consigo ponerme en pie y avanzo hacia la salida. Cada paso que doy se me clava como una daga afilada en cada centímetro de mi pecho. Se hunden hasta la espalda. Pero cada vez estoy más cerca. Lo estoy consiguiendo. Cuando estoy a medio palmo del umbral, me derrumbo. Me derrumbo entre un terrible sufrimiento. Mi voz consigue arañar un graznido. Y de nuevo vuelven las ganas de llorar al comprobar que ahora me encuentro de nuevo tan alejado de la puerta como al principio. Esta vez incluso más alejada. Sigo intentándolo. Una y otra vez. Una y otra vez. Sigo callendo. La puerta se sigue alejando cada vez más. Hasta que se pierde en la lejana oscuridad. Una mano me golpea con fuerza el pecho y ruedo entre gemidos. No sé que he hecho para merecer algo así. La música y las voces siguen sonando. Esta vez más fuerte. Me retumban en los oídos. Los intento tapar. Pero cuando lo consigo se vuelve más intenso todavía. Me arde el cuerpo. No logro escapar de esta pesadilla. No logro saber cuánto tiempo llevo así. Ni quién me ha llevado a este sitio.

Ahora estoy desnudo. Completamente desnudo. Y oigo unas risas estridentes. Me señalan con el dedo y gritan. Se ríen de mí. Rezo porque venga la muerte. Pero solo vienen los ecos de las carcajadas a ahondar mi profundo y enterrado cerebro. El frio no deja de perseguirme. Araño mi cara. Me produce un dolor indescriptible. Creo que he comenzado a sangrar. Oigo unos pasos que se acercan. Quizás sea ayuda. Quizás acaben con mi dolor. Pero cuando están tan cerca de mi que casi podría tocar los pies que producen ese sonido, desaparece. ¿Por qué no desaparezco yo? la eternidad me aguarda. Me lo está diciendo al oído. Me dice que no me lo merezco. Pero que me ha tocado a mí. A continuación unos labios me besan arrancándome cualquier esperanza por intentar salir de aquí. Y se esfuman, junto con mis pocos recuerdos de la felicidad. Me aguarda una noche infinita. Entre cuatro paredes blancas. No sé si estoy tumbado. No sé si estoy de pie. No recuerdo mi cara. No sé he muerto. No sé si volveré. No sé dónde está la salida. Sólo sé... que la fiebre no para de crecer.